4: Los fugitivos

16 de Agosto, año 331 del Rey Cirilo


Desperté alarmado. Los muchachos seguían durmiendo. Eran un par de bultos confusos emergiendo de la silueta negra del puente. 

Preste atención. El silencio era extraño. 
Tardé un rato en comprender. 
No era silencio, sino el rumor lejano de tropas marchando. 
Me acerqué a Ulio y Jandro y los zamarreé.
–Muchachos, despierten.
Dormían como en su casa, así que debí insistir. 
– ¿Que ocurre? –preguntó Ulio, sentándose de golpe.
–Viene alguien de aquel lado –susurré, apuntando al Oeste. – Agáchense.
Jandro se despertó.
– ¿Quién viene?
–Tropas. Cuerpo a tierra. Que no nos vean.
Tal vez por el letargo, siguieron las órdenes sin rechistar. Permanecimos unos minutos espiando sobre el borde del puente.
– ¿Estas seguro? –Dijo Jandro –No escucho nada.
–Claro que estoy seguro – cuchicheé –Vivo gracias a mis orejas. Y habla mas bajo. Y cuando aparezcan, silencio.
Ulio retrocedió y reviso algo detrás.
Seguí atendiendo el rumor. 
No eran diecisietenses. 
Parecían libertianos, por los roces de partes metálicas.
Ulio regresó llevando un artefacto sobre los ojos: dos tubos paralelos enfocados hacia adelante, sujetos a la cabeza por una banda de cuero.
– ¿Que es eso?
–Anteojos nocturnos –dijo mientras ajustaba una rueda al frente del aparato.
Ahora, el rumor de los marchantes era notable para cualquiera.
–Ya los escucho –confirmó Jandro.
Se oía el choque casual de metal contra metal, de armaduras, escudos y vainas. También voces, y el crujir de la vegetación aplastada.
Continuamos esperado.

–Los veo – musitó Ulio – Vienen por la izquierda. Son muchos, mas de cien.
Ulio alcanzó el aparato a Jandro, mal recibido por sus otros anteojos.
–Libertianos –dictaminó luego de unos segundos.
–Si –convino Ulio
– ¿También los conocen?
–Son nuestros enemigos. Si nos ven, estaremos en problemas.
– ¿Ellos los buscan?
–No, que sepamos –dijo Jandro.
Se miraron.
–Podrían haberse enterado de nuestra fuga –aventuró Ulio.
Jandro hizo un gesto de asentimiento.
–Deberemos movernos rápido. Podríamos transformarnos en un botín buscado por todo el Mundo. – gruñó Ulio.
Jandro me pasó el artefacto por sobre la espalda de su amigo.
Imité a Ulio, ubicando los tubos ante los ojos. Quedé pasmado. Fue como si hubiesen encendido fogatas en las alturas del Abismo. Todo se veía en tonos de verde. Cuatrocientos metros delante alcancé a divisar –fraccionada por los puentes –, una columna doble de guerreros. Levanté los anteojos. Noche. Volví a bajarlos. Día. Era extraordinario 
–Puedes mirar más lejos moviendo la rueda aconsejó Ulio.
Giré la rueda en un sentido y todo se alejó, ensanchando el campo de visión. Gire en el otro y los pequeños detalles llenaron todo, tanto, que retrocedí alarmado: podía distinguir la cara de los cabrones, que parecían mirarme. Ensayando, noté que el máximo aumento volvía inestable la vista. Al contrario, el aumento mínimo podía unir el frente y los lados en un solo cuadro, pero reducía el tamaño de la imagen y además, los movimientos propios parecían más rápidos, por ejemplo, girar la cabeza.
Jandro sacó otro anteojo similar.
Seguimos vigilando la formación. Pasarían debajo nuestro.
Ya no había tiempo para nada: el puente sería nuestro escondite.
Sentí cierta irritación. Además de las complicaciones normales de mi vida, ahora se sumaban tropas extranjeras. La cosa se complicaba. Sopesé la oferta de Ulio y Jandro. Tal vez, esos mocosos presumidos se convirtieran en mis socios. Los estudié, intentado creer que podrían sobrevivir sin una nodriza a sus espaldas.
–Ahora silencio total, los tenemos encima.
“Encima” era doscientos metros y podíamos verlos sin ayuda, debajo del próximo puente. Nos quedamos muy quietos y chatos mientras avanzaban.
– ¿Que hacemos? –preguntó Jandro
–Nada – murmuré – Alejémonos del borde y esperemos a que desaparezcan. Y preparen esas armas que tienen, por las dudas.
Así que nos corrimos al centro del puente, bajamos el perfil y permanecimos inmóviles. 
Note pequeñas luces rojas en los artefactos de los muchachos.
– ¿Qué están haciendo? ¡Nos van a ver! –cuchicheé.
– ¡Estamos preparando las antorchas! –Explicó Ulio en igual tono
– ¿No pueden apagar esas luces?
Vi que cada uno giraba, intentando ocultar los brillos.
–Ya está –informó Ulio.
–Cierren la boca –Insistí.
Con los oídos bien atentos, de espaldas al piso, el arco cargado en las manos y mirando el vientre del puente superior, esperé. 
Durante mucho tiempo logré evitar situaciones peligrosas. De pronto caía en una de ellas como un estúpido. Me insulté en silencio. Si lograban descubrirme, sería difícil salvar el pellejo, y todo por mi culpa. Debí desoír mis bobos instintos protectores.

Las tropas pasaban debajo. 
Serían dos centenares. Además del acento extranjero, se oía diecisietense. Era una incursión conjunta. Eso tenía una buena explicación: hartos de sufrir reveses tras mi persona, pidieron ayuda. Sonreí en la oscuridad. En si misma, la medida era un elogio de mis habilidades. 
Si esa expedición me buscaba, ¿les habían soplado mi posición o me rastreaban al azar?
De cualquier modo, pronto lo sabríamos. Que los Dioses decidieran. Si debía pelear, les daría batalla. Lo lamenté por los muchachos.

Sin embargo, no ocurrió nada. La tropa pasó, el rumor fue decreciendo y volví a relajarme. Ulio y Jandro levantaron la cabeza. Por señas les indiqué paciencia. Era normal que los contingentes fueran rodeados por exploradores periféricos, especialmente en la retaguardia. Esperamos media hora. 
–Bueno, ya está. – Susurré – Ya se fueron. Bajemos de aquí. Vayamos a mi refugio.
Se incorporaron. 
Ulio suspiró, largando el aire por lo bajo, mientras empuñaba el tubo que llamaba “antorcha”.
–No te hubiera servido de mucho esa cosa – le dije – Los libertianos son ballesteros hábiles.
–Ya lo sé. Pero antes hubiera quemado unos cuantos. Bueno, bajemos. ¿Vives muy lejos?
–Vivo en todos lados. 
–Que poético –comentó Ulio 
Ambos rieron, seguramente por los nervios.
Les devolví los anteojos.
–Quédatelos– dijo Ulio.
–¿En serio? – Miré a Jandro buscando confirmación. Este asintió.
–Es un regalo por tu ayuda.
–Gracias. Muchas gracias. –declaré, haciendo las pantomimas necesarias para asegurar mi agrado por el obsequio. Lo sujeté a la cabeza, sin bajarlo sobre los ojos: así era más práctico.
–Bueno, volvamos al piso.
Desanudé la soga de descenso, cambiándola por una cuerda simple y rodeé con ella un saliente metálico, dejando caer ambas puntas en la maleza.
Los muchachos juntaron sus cosas y armaron las mochilas. Después se las calzaron y aguardaron de pie.
Bajé del puente primero, en silencio, mirando los alrededores, espada en mano. Luego bajaron los muchachos, a largos tirones, quejándose por la fricción de la soga. Que socios, pensé, meneando la cabeza. Luego recuperé la soga tirando una de sus puntas, la enrollé y colgué del hombro.
Emprendimos la marcha entre la espesura por la Separación, sin entrar en las galerías perpendiculares. Entonces, me detuve.
–Esperen un momento. 
Bajé los anteojos sobre la nariz y miré al cielo.
En general podía ver hasta diez pisos de altura; no más: arriba la penumbra era impenetrable. Esta vez, la vista fue similar, pero en verde, y más profunda. Podía distinguir quizás un centenar de puentes arriba, atravesando el abismo, a mi izquierda y derecha, perdiéndose en el cielo oscuro. Fue decepcionante. Esperaba otra cosa. Sin embargo, me confirmó la grandeza del Mundo.
–Bueno, vamos –dije. 

Y dirigí la marcha hacia el Oeste.
–Tenemos una caminata – agregué al rato – Estén atentos, miren alrededor, especialmente detrás y síganme a cinco pasos. Sepárense entre ustedes también, para no hablar. Cuando abra la mano, así, paren, y no hagan ruido. Y cuando señale así, continuamos.
Durante un largo rato ignoré las galerias que se abrían a la izquierda, hasta que hallé la correcta, a 20 cuadras de la arteria principal diecisietense, entonces nos metimos en ella. Siempre cerca de las paredes, el paso ligero y agazapados. Cada tanto levantaba un brazo y nos deteníamos. Hacía las detenciones al azar, para sorprender avanzando una hipotética escolta furtiva. Las escuchas eran muy atentas, suspendiendo la respiración. Pero solo percibíamos los ruidos habituales: insectos, pájaros, pequeños animales y conductos de aire. Otra seña y seguíamos. En una esquina nos topamos con un venado, que nos miró con sus bellos ojos asombrados antes de salir a la espantada. 
– ¡Maldición! – Dije – ¡Justo ahora!
– ¿Que pasa?
–Nada. Podría haberlo cazado. Olvidémoslo.
Los muchachos (entonces no entendía por qué), cada tanto reproducían en papel las inscripciones de las esquinas, irritándome un poco, sin contar que tropezaban casi con cualquier cosa, sobre todo huesos.

La mayor parte del mundo estaba cubierta de abundantes restos de hombres antiguos. Según cuentan, en el pasado la gran familia humana llenaba el Mundo, pero llegó un momento de muerte tan masivo y súbito que no pudo seguirse los rituales funerarios. Los restos humanos entonces mutaron en selva, animales e insectos. Era común, entonces, toparse con tabas, esternones, cráneos y vértebras de personas en la maleza, las calles y las viviendas abandonadas. Salvo unas pocas áreas rescatadas por los vivos, el mundo entero semejaba un cementerio continuo. No poco temor había por los espíritus sueltos de tantos finados mal atendidos. Por eso, no se aconsejaba transitar fuera de los poblados, salvo en grupos numerosos, consejos que bien sabía, eran puras patrañas.
A trece cuadras del Abismo, encontré la manzana de ingreso directo, identificable por unas manchas, semejando una mariposa, en la cara Norte. Mucho tiempo hacía que no entraba por allí, prefiriendo los rodeos. Las planchas metálicas exhibían junturas perfectas. Abrir una manzana era una tarea difícil. Se requería fuerza, herramientas de hierro, conocimiento e ingenio. Los diecisietenses eran incapaces de hacerlo. Los libertianos podían, ocasionalmente. Cualquier ataque a su estructura llevaba tiempo y durante el proceso, sufría notables deterioros. Por eso, una manzana en buenas condiciones era casi una garantía de la virginidad de su contenido. Salvo, claro, que se tuviera la llave. Yo había cosechado llaves durante años de paciente observación de la maleza, los restos humanos y las ruinas. Debía ser el coleccionista más importante en varios kilómetros a la redonda.

Les indiqué “alto” y escuchamos. Nada anormal. Estábamos ante la puerta Norte de la manzana de la mancha mariposa, a mitad de cuadra. Encima de la entrada se alineaban verticalmente cinco pequeños balcónes rasantes, con los postigos cerrados. 
–Estén atentos. – les pedí en voz baja.
Busque en la fachada otra marca, hecha por mí tiempo atrás.
Alli estaba: dos rayas largas, una corta, dos largas. Del morral saqué un rollo de tela y lo abrí. Se trataba de una ristra de cilindros metálicos muy finos. Cada uno tenía un ojal enhebrado por un tiento de cuero, a modo de correa.
– ¿Que son? –cuchicheó Jandro.
–Llaves.
– Llaves antiguas. – Comentó Ulio –Ningún herrero podría hacerlas hoy.
–Shh, vigila. – susurré.
Encontré en un cilindro la misma marca de la pared, lo tomé y examine el extremo opuesto al ojal. Mostraba, como todos, una tarea artesanal inimitable: un patrón de pequeños agujeros siguiendo su circunferencia. Estaba limpio, y eso era importante.
La puerta, como todas, constaba de un orificio en su centro: allí conecté la llave. Inmediatamente la hoja metálica hizo un chasquido y se hundió unos centímetros. Empuje un poco la puerta, fría y pesada. Entre de costado, dando una zancada muy larga. Frené el impulso de los muchachos y les obligue a realizar la misma maniobra. Obedecieron extrañados. Luego volví a empujar la puerta contra el vano y se acerrojó sola.
-¿Que precauciones fueron esas? – quiso saber Ulio.
Me incline a escrutar el piso ante la puerta.
-Deje unas hebras en torno a la entrada, alineadas con las baldosas. – expliqué. – Aquí están, en su lugar. Por esta puerta no pasó nadie.
Me incorporé. El pasillo se veía limpio bajo el resplandor del cielorraso. En la pared, cerca de la entrada, figuraban un esquema en forma de hélice cuadrada: el plano de las plantas, con los números de vivienda, cien por planta, seis plantas.
-Parece conservarse bien – susurró Jandro.
–Debe haber un montón de cadáveres adentro. – agregó Ulio.
–No. – Aseguré.
La estructura de la manzana era normal, con una entrada a media cuadra por lado. Cada una daba a un corredor como aquel, que se unía con los otros tres en el centro, formando un pequeño espacio cuadrado, el “cubo central”. En la pared derecha del corredor, siguiendo la disposición estándar, se alineaban, parejamente distribuidas, cinco puertas metálicas, y a la izquierda, los accesos a dos subpasillos.
–La puerta está arriba. –murmuré.
– ¿Que cosa? –preguntó Jandro
– La puerta de acceso al entrepiso. Pero, en primer lugar, asegurémonos de estar solos. Preparen sus antorchas.
– ¿No revisaremos las seiscientas viviendas, no?
Sonreí. Tratándose de cuidar sus vidas, estos chicos eran increíblemente haraganes
–No, solo las entradas.
Caminamos sin hacer ruido. Cada subpasillo de la izquierda comunicaba a diez viviendas. Los dos estaban vacíos y tan pulcros como recién fabricados por los Dioses. 
A un metro de centro de la manzana, en la pared izquierda, peldaños metálicos en bajorrelieve conducían al piso superior, cruzando un hueco del techo. No habían desplegado las escaleras en pendiente, señal de que la última vez la manzana había sido habitada por gente joven.
Yo no dejaba de admirar la meticulosidad de la fabricación de los Dioses, perfecta, llena de aristas rectilíneas, ángulos en escuadra o biselados en ochavas (un motivo muy frecuente).
Me detuve otra vez, siempre a la espera de sonidos anormales. Sin embargo, la quietud era más espesa que afuera.
– ¿Que podría haber? –susurró Ulio, escéptico.
–La prudencia es la mejor armadura. – contesté.
Nos asomamos al cubo central, donde se cruzaban los pasillos, mirando a diestra y siniestra. Arriba, el hueco cuadrado continuaba hasta el cielorraso luminoso a 18 metros de altura. En cada cara del hueco se enfrentaban los balcones de los cinco subpisos superiores, Norte contra Sur, Este contra Oeste.
-Quédense acá –les pedí – voy a revisar las hebras de las otras tres puertas. Estén atentos. Y en silencio.
Luego de examinar los livianos testigos alineados con las baldosas frente a las entradas restantes, me sentí mas seguro.
Volví al centro y encabezando la marcha, iniciamos la subida por la escala, atravesando los subpisos hasta llegar al quinto.
Una vez allí, bordeamos por la izquierda el hueco central siguiendo la galería anular, ignoramos el pasillo Este y entramos al pasillo Sur.
-Síganme.
-Que limpio que esta todo –dijo Ulio
-Tiene cierta belleza –comentó Jandro.
Caminamos hasta el subpasillo más externo, doblamos a la derecha entrando en el y seguimos hasta la pared del fondo.
–Fin del camino. –anunció Ulio.
–Bien, aquí esta la puerta. – anuncié.
-¿Dónde?
-Aquí – dije, siguiendo con el dedo una hendidura muy fina en la pared de metal cepillado. Trazaba una figura rectangular desde el nivel de la cintura hasta el techo. Debajo aparecía el orificio de la llave.
–Acostúmbrense a verlas, o no sobrevivirán mucho tiempo. – Palpando la entrada, expliqué: -Por aquí pasa una de las cuatro columnas de la manzana. Ahora retírense un poco.
De nuevo saqué mi rollo. En este caso correspondía una llave más delgada. Me hice a un lado y la conecté.
Se escucho el familiar clic.
La puerta giró majestuosa sobre el borde inferior, desplegando escalones, acompañada del grato rumor de engranajes bien lubricados. El hueco descubierto contenía una escala vertical, visible también por la iluminación interior del pasaje. Subí los escalones y eché un vistazo. No se veía gran cosa, solo cinco metros de escala por encima y debajo de la puerta. Me volví.
–Atención – advertí –, la escala conduce, hacia abajo, al Mar Negro, y hacia arriba, al último nivel. Cuidado con caerse.
– ¿Hasta el último nivel?
–Eso supongo. No he subido demasiados niveles. Es posible que llegue hasta el Cielo.
Los muchachos se miraron. Ulio dejo escapar una corta carcajada.
–Esa es una interesante revelación.
–Olvídense de explorarla ahora, pues nos vamos a casa. Pasen primero – invité –, suban y deténganse frente a la primer puerta. No se preocupen por la oscuridad, las luces se encienden solas.
Se quitaron las mochilas, y entraron con torpeza al hueco, arrastrándolas, primero Ulio, luego Jandro. “Como para llegar perseguidos”, pensé, viendo sus movimientos desmañados.
Jandro detuvo su ascenso en la escala frente a un cartel.
–“Entrada permitida solo al personal técnico.” – leyó. 
Desaparecieron en el hueco y subieron. Cuando me hicieron espacio, entré, y sujeto a los peldaños, bajé la palanca que sellaba la puerta. No me moví hasta escuchar los chasquidos confirmando el cierre. 
La voz de Ulio sonaba opacada arriba del todo.
– ¿Que dice? –pregunté a Jandro.
–Que como abre la puerta siguiente.
–Tiene razón. Pásale esta llave. Atención, que no se caiga, porque es única. Enlaza tu mano en la correa, luego agarras la mano de él y pasas el lazo, así la llave no se caerá. Díselo.
–Cuantas precauciones, Omas.
Esperamos.
– ¿Y, Ulio?
Parecía haber alguna dificultad.
–No abre –comunicó Jandro
– ¿Como que no abre? –respondí impaciente. La mochila de Jandro me daba en la cara.
Más espera.
–Pregunta si debe girarla –retransmitió Jandro.
–No, o no funcionará. Debes esperar que la cerradura acepte la llave.
Otra pausa.
–Ya está –confirmó Jandro. Un momento después Jandro subía y yo tras el. Antes de trasponer la puerta de hierro eché un vistazo arriba, un reflejo infantil. En el fondo de mi corazón, temía ver el descenso mortífero de un Dios furibundo. 
Y así, todos entramos al Entrepiso, mi mundo privado dentro del Mundo.

Los muchachos aguardaron mientras yo aseguraba la entrada. Estábamos en un pasillo estrecho y bajo, rodeados de tubos y cables. Ahora mostraban sus verdaderas expresiones: lucían relajados y contentos.
–Este es mi reino, ¡el Reino de Omas! – Exclamé, señalando cada extremo del corredor. – Síganme, les mostraré los territorios más cercanos, mis aposentos y los suyos.
– ¿Hay habitaciones aquí?
–Aunque no lo crean, aquí vivían personas.
– ¿Otros refugiados?
–No parece. Más bien gente bien establecida, con cuartos pensados para ellos desde el inicio de los tiempos. Seguramente, eran los tataranietos de los Dioses.
– ¿Porque los tataranietos y no los hijos? –preguntó Jandro.
–Porque los parientes más cercanos hubieran ocupado viviendas mas dignas, supongo. Oye, no te tomes en serio todo lo que digo, ¿quieres?
Para decirlo fácil, el Entrepiso consistía en pasillos paralelos orientados de Norte a Sur, interconectados por ocasionales pasadizos de Este a Oeste, la mayoría muy bajos. Los pasillos se interrumpían por puertas acerrojadas, cada cuatrocientos metros. Las paredes las formaban caños, tubos y cables horizontales de variados diámetros, colores y texturas, sujetos prolijamente cada trechos iguales y todos numerados. La luz provenía pequeños rectángulos blancos en el cielorraso cada tres metros. Lo más molesto del Entrepiso era su altura escasa, bien temida por mi coronilla. Sin embargo, mis invitados la encontraron muy cómoda.
–Antes que nada, vayamos a comer algo. – Anuncié mientras caminaba – Cuando los encontré estaba esperando alguna presa, mi ocupación principal, pues siempre es bueno tener reservas. Sin embargo, acabo de descubrir que las tengo de sobra. Si puedo llamarlas así.
– ¿De que hablas?
–Ya verán.
Una cuadra al sur de la entrada, las tuberías y cables doblaban hacia arriba en ambas paredes y el espacio liberado permitía un pasaje transversal. Doblamos a la izquierda. En el muro derecho seguían otras puertas. Abrí la primera, sosteniéndola para las visitas.
– Entren, por favor. Están en su casa.
Los chicos permanecieron en el umbral, estudiando el espacio.
– ¿Que pasa? – Dije, socarrón – ¿Nunca vieron una mesa?
– ¡Ah, bueno! – exclamó Ulio. 
– Ahora entiendo – respondió Jandro –, porque no quieres marcharte. 
En realidad, no era nada extraordinario. La típica cocina humana: una mesada circundante, con armarios, alacenas, una pileta con grifos y una mesa rodeada de sillas en el centro. De las paredes descubiertas colgaban ollas, cucharones y cuchillos. Al fondo se abrían dos puertas más.
–Ya les dije que vivió aquí gente y muy cómoda. Siéntense. Dejen las mochilas allí, en el piso.
– ¿Hace cuanto que vives aquí?
–Dos años, más o menos, dos después de mi huida.
– ¿Y como lo descubriste?
– Buscando cualquier reborde donde esconderme. No hay como estar en problemas para encontrar soluciones.
–O no.
–Bueno, depende de que madera estés hecho. Primero descubrí las llaves. Más tarde, para que servían. Y luego de muchos ensayos, encontré algunas puertas donde funcionaban. Todavía tengo varios centenares que probar en otros miles de cerraduras. Es uno de mis pasatiempos. 
Toqué la llave que llevaba al cuello.
–Esta fue la primera. Me venían persiguiendo y debí escabullirme bajo unos arbustos. A mi costado pronto descubrí un esqueleto, yaciendo como una amante. Me espanté tanto que casi preferí salir a pelear. Pero me contuve. – Completé, riéndome. – Los tipos se perdieron. Ya más en calma noté la llave en el pescuezo del difunto, así que la tomé. Desde entonces, es mi amuleto. De tanto en tanto, al pasar por allí, saludo al finado y le dejo flores.
– ¿En serio? –preguntó Jandro.
–Si.
–Yo creí que un guerrero como tú era pura garra y colmillos. –comentó Ulio.
–Un guerrero común sí. Pero yo soy mejor, porque soy capaz de temer. Bueno, veamos que tenemos para almorzar, con que les puedo convidar. A ver, síganme.
Caminé hasta una de las puertas del fondo.
–Ustedes que saben leer, tal vez sepan de que se trata esto.
Los muchachos se asomaron. Era un cuarto cubierto del piso al techo de latas similares a las que les viera consumiendo.
–Son raciones, Omas, estas rodeado de comida. ¡Y tú cazando en la selva!
–No lo sabía. Pero si se trata de ese moco rosado que comen ustedes, me temo que seguiré cazando.
Los muchachos comenzaron a leer las etiquetas.
–Guiso de lentejas.
–Caballa en aceite. ¿Que será una caballa?
–Sopa de arvejas.
–Vianda de carne.
–Jamón cocido.
– ¡Café! ¡Aquí hay un cuarto kilo de café!
– ¿Tienes donde hacer fuego, Omas? – preguntó Ulio.
–No fuego, pero sí algo parecido. Ven. Poseo algunas comodidades que los reyes del Mundo nunca vieron.
Volvimos a la cocina.
–Mira esto.
Nos detuvimos frente a un cubo metálico, con manijas delanteras y cuatro pequeñas rejillas de hierro distribuidas con simetría en su cima.
–Ahora pon tu mano sobre una de las rejillas, sin tocarla… no, más arriba, más arriba.
Y pulsé una de las manijas. La rejilla entró en incandescencia inmediatamente. Ulio retiró la mano, asustado, pero volvió a acercarla, extasiado.
– ¡Electricidad! ¡Solo puede ser electricidad! ¡Jandro! ¡Ven a ver esto! ¡Que contento que estoy! Yo trabajo con electricidad.
– ¿Electricidad? ¿Qué es eso?
–Es una especie de fluido seco e invisible, que transporta calor. Pasa por el metal y lo calienta. Es muy peligroso – me advirtió alzando un dedo.
–Aquí hay azúcar –anuncio Jandro acercándose con una caja.
Se quedo mirando el fogón mágico.
–Electricidad.
–Es lo que estoy diciendo. Si desarmáramos esto, podríamos encontrar los terminales eléctricos y usarlos para… bueno, para distintas cosas.
–Por favor, muchachos, no desarmen nada, que este fogón me ha sido muy útil hasta ahora. 
–O podríamos ubicar los cables que llegan hasta ella. –insistió.
–Ni lo piensen. Ahora vean esto otro, tengo más sorpresas para ustedes. Miren esto.
Los guié hasta otra caja metálica, abriéndola.
–Miren aquí.
Había grandes trozos de carne, la mayoría cuartos traseros y costillas de venados y otros mamíferos, cubiertos de un polvo blanco. Lo primero que notaron fue el frío que salía de la caja.
–Eso es carne. Tóquenla.
–Esta como piedra. Que frío. ¿Que es ese polvo? ¿Sal? ¿Azúcar?
Junte un poco entre las manos.
–Une tus manos, Ulio.
Le pase un poco. El chico la olisqueo y frunció el ceño.
–Pero, que frió que está. ¿Que es?
–Ya verás. Espera un poquito.
Me conseguí una olla.
-Viértelo adentro.
 Lo hizo y coloqué el recipiente en la rejilla encendida.
–Esperen un poco.
Cuando el montículo blanco se disolvió en agua, se quedaron de una pieza. Jandro mojó el dedo y lo probó.
–Agua. Ni más ni menos. ¿Cómo es posible?
–No sé. –respondí. Simplemente el frío transforma el agua en polvo. Y con más frió, en algo parecido al vidrio, como esto.
Y les señale algunos ejemplos dentro de la caja con carne.
–Lo útil de la caja es que conserva la carne más tiempo. Y sin olores.
Con tantas novedades, aquellos muchachos divagantes se dedicaron a teorizar y discutir, casi olvidando la comida pendiente. Al final, pude encauzarlos y entre los tres decidimos hacer una cocción sin igual. Huérfanos de madre (y padre, en el caso de Jandro) habían desarrollado ciertas habilidades culinarias que sacaron a relucir durante la preparación del estofado.

A la hora estaba listo y pudimos distendernos más aun frente a nuestros platos llenos. Se trataba de un caldo rojo donde pululaban guisantes y trozos de carne, natural y enlatada, que olía muy bien. Jandro hipotetizó, malicioso, acerca de la antigüedad de los ingredientes, pero no logro impresionarme. En un santiamén Ulio preparó otra olla, de café, fabricando sobre la marcha una cosa para separar las partículas oscuras del brebaje, usando un trozo de tela (que sacrificó de una prenda) y una lata vacía de comida, perforada en el fondo con su antorcha y la llamó “filtro”. Mientras “filtraba” la infusión, disertó acerca de las temperaturas correctas del agua, de los varios trucos para evitar que se estropeara, y de los síntomas visuales de un café bien hecho. Aún recuerdo aquella comida como una de las mas deliciosas que haya probado nunca y debí reconocer formalmente que los antiguos sabían almacenar gustosos alimentos, so pena de perder mi parte del tanto tiempo ignorado deposito.
En la mitad de la ingesta, Ulio, que siempre dejaba vagar sus pensamientos, interrumpió el relato de mis andanzas contra mis ex-camaradas.
–Omas, me olvidaba decirte. En los estantes de arriba del cuarto de víveres hay unas latas pesadas de las que solo se ve el culo, que muestran un estampado de madera. ¿No me alcanzarías una?
– Está bien – dije resignado, en mi nuevo papel de niñero. Me levante y lo acompañe. En efecto, arriba del todo y al fondo se veían los cilindros tan bien pintados. 
–Yo mismo las guarde hace dos años, porque llenaban la caja de frío. – Expliqué mientras forcejeaba con ellas – Trato de no modificar demasiado las cosas, no sea que vuelvan los dueños y encuentren todo al revés. Aquí están. Un poco abolladas, porque las metí medio por la fuerza. Contienen líquido – comenté.
– ¿Todavía crees que puedan volver los dueños?
Me encogí de hombros.
–Nunca se sabe. Hay que ser respetuoso con las cosas de los Dioses.
Ulio leyó uno de los cilindros y sonrió.
–Me temo que haremos una excepción con esto. Tuve una buena intuición. ¡Jandro! ¡Prepara tres tazas nuevas!
Y volvió con su descubrimiento en brazos.
–Buenas noticias, aquí tenemos cinco litros de cerveza. Las horas pasadas leyendo ociosamente enciclopedias, han dado su fruto.
Ambos muchachos se concentraron frenéticamente en leer las declaraciones del recipiente, que recomendaba ser bebido frío. Cinco nuevos tubos fueron devueltos a la caja de frío y ubicados sin contemplación sobre mis presas.
– ¿Nunca tomaste cerveza, Omas? 
–No solo tomo, sino que también tengo, amén de vino. Muchos de aquellos que intentaron matarme pagaron su osadía con alcohol, además de con su vida. No los invité porque me parecieron demasiado jóvenes, pero ahora que lo pienso, después de haber abandonado su hogar ya pueden decidir por su cuenta. Así que deberé resignarme y compartirlo con ustedes.
Dicho esto, me reincorporé y fui a buscar las susodichas bebidas.
– ¡¡Muy bien, Omas!! – Aplaudieron detrás mío – ¡¡Omas, Omas, Omas!!
–¡Además, ya tengo 18 años! – agregó Ulio, algo fastidiado.
–¡Y yo 19!.
–¡Crecen lento los hombres en Eresterra! – respondí, a grito pelado desde el pasillo.
Los muchachos se limitaron a tomar cerveza, y más que nada la cerveza de los Dioses, que era suave, clara y espumosa, ligeramente dulce, con un curioso cosquilleo que la amarga y oscura cerveza diecisietense no tenía. En la conversación que siguió, Ulio, algo chispeado y arrastrando la lengua, me llamó la atención sobre los inconvenientes de ignorar leer y de todo lo que me había perdido por tal causa. A continuación, los invitados se liaron en una discusión sobre que me convenía más, si aprender el alfabeto antiguo o el moderno. Quise intervenir en esas decisiones acerca de mi futuro, pero mi opinión al parecer, no importaba. Al final, dictaminaron que me enseñarían el alfabeto antiguo, que era el verdadero, y que más conocimiento acarreaba. Como seguía sin comprender, pedí más detalles y Ulio, entonces, enhebro un discurso más o menos así:
–Omas. Desde tiempos muy antiguos los Hombres han tratado de retener el sonido del habla en marcas, para así conservar el conocimiento y las palabras de los sabios. Ha habido muchos sistemas pero, sin duda, el mejor consiste en representar los sonidos cerrados y los sonidos abiertos independientemente. Por ejemplo “mmmmmmm” de “mesa” es un ejemplo de sonido cerrado y “e” es un sonido abierto. O bien “a” o bien “u”. Etcétera.
Fue a su mochila y volvió con un lápiz y un libro, de esos en blanco que se usan para anotar. En el futuro vería que Ulio y su lápiz eran inseparables y que difícilmente diera una explicación sin enarbolar uno.
–En la Escritura Antigua, que vamos a enseñarte, este símbolo representa el sonido “mmmmmmm” y le llamamos “Eme”. Los símbolos para sonidos cerrados son llamados “consonantes”. Este otro representa la “e” y lo llamamos simplemente “E”. Hemos identificado, básicamente, cinco sonidos abiertos, y los llamamos “vocales”. Entre vocales y consonantes hay veintiséis símbolos. Si recuerdas estos símbolos y sus sonidos… ¡aprenderás a leer y escribir! Un privilegio que pocos tienen, Omas.
–Un privilegio reservado a reyes. –subrayó Jandro.
–Se dice que el rey de Libertia no sabe leer. –apuntó Ulio.
– ¿En serio? 
– Tal cual. Ahora bien –prosiguió mi maestro –, el conjunto de estos símbolos (o letras) es denominado “alfabeto”. En mi país, Eresterra, usamos un alfabeto de muchas más letras que el antiguo. Ese es uno de los motivos por el que desechamos enseñártelo.
Respiré aliviado. Bastante terrible me parecía ya, sin conocerlo, un alfabeto de veintiséis letras: más letras hubiera sido una barrera infranqueable.
– ¿Cuantas letras tiene tu alfabeto?
–Cuarenta y siete. Pero sigo. ¿Has oído hablar del Rey Cirilo?
–Por supuesto, no soy tan ignorante. Ese Rey unificó a los Hombres hace muchos siglos, antes de la Ultima Caída.
–Muy bien, así es. –Aprobó Ulio
–Antes de continuar. ¿Por que se le llama la Ultima Caída? ¿Cuantas Caídas hubo?
–Bueno, en primer lugar, la Primer Caída, la que nos separó de los Dioses. Luego siguieron varias. La que vino después del Rey Cirilo fue la Ultima Caída.
Hicieron una pausa para que yo asimilara los vastos períodos de la Historia.
–Pues bien – retomo Ulió –, ese rey además de unificarnos, nos enseñó, de nuevo, el perdido arte de leer y escribir.
Y acá intervino Jandro:
–Y por lo que pensamos nosotros (en nuestro país no estarían de acuerdo), el Rey Cirilo nos enseñó un alfabeto nuevo, uno inventado por el mismo, para ocultarnos la Historia Verdadera. 

Pude notar las mayúsculas en “Historia Verdadera”.
– ¿Cómo es eso?
–Es simple. En esa época éramos todos ignorantes, iletrados, salvo muy pocos. 
–Gracias. –dije.
–Perdóname, Omas. –se excusó, encogiéndose de hombros. – ¡Pronto dejaras de serlo! Bueno, como decía, fue muy fácil imponer su sistema. Y si alguien encontraba información escrita en el sistema antiguo, pues no la podía leer.
–Pero, ¿porque piensan que oculto información y deformó la Historia?
– ¿Y que otra explicación cabe? ¿Por qué tomarse el trabajo de imponer otro alfabeto?
– Pero, ¿Por qué lo haría?
– ¿Quién lo sabe? Tal vez logremos averiguarlo algún día. Pero es un hecho. Otro hecho es que prácticamente han desaparecido los libros antiguos.
– Pero, no entiendo. –Dije, sintiéndome suspicaz, porque el Rey Cirilo era un honorable personaje de las crónicas humanas – ¿Si se tomó el trabajo de educarnos, enseñándonos su alfabeto, porque a la vez, se preocuparía por digamos, no educarnos acerca de los hechos pasados?
Jandro me miró con cierta pena, o eso me pareció.
–Porque, Omas, para producir mas cosas en una sociedad, hay que estar mejor educado, y para eso es mejor saber leer y escribir. Eso le conviene a cualquier buen gobernante. Pero ellos, el Rey Cirilo y sus fieles, controlarían que información se transmitiría con el alfabeto.
Ulio volvió a la carga.
–El Rey Cirilo fue quién además, derroto la Rebelión de los Fontaneros.
– ¿Ah, si?
Los Fontaneros eran los Malos de la Historia. “Falso como un fontanero” era un refrán muy extendido por el Mundo.
–No hay muchos detalles en la Historia que nos enseñaron. Su nombre sugiere que se ocupaban de cañerías. Y estaban en contra del Rey Cirilo.
– ¿Omas, has visto cañerías en algún sitio? –preguntó Jandro.
– ¿Yo? No. ¿Dónde?
Pensé un momento. 
Estaba rodeado de cañerías.
–Efectivamente, Omas. Los Fontaneros vivían en el Entrepiso. Eran los especialistas del funcionamiento del Mundo.
Sentí un escalofrío. Un poco por la emoción de estar sentado, seguramente, donde lo habían hecho personajes que hoy componían la Historia.
–Y digo yo –y preparé mi pregunta, como para sorprenderlos – ¿Han podido echar algún vistazo a un libro antiguo, alguno que hable de la Historia Verdadera?
–Si, algo. –Respondió Jandro – La mayoría de los que vimos quedaron en Eresterra, donde nadie los sabe leer. Nuestro Líder los sospecha importantes, por eso no los quemó, y por el contrario, los guarda con cuidado. En cierto modo, nuestro Líder es un trasgresor de las enseñanzas del Rey Cirilo. Sigamos. Con Ulio descubrimos un secreto, que hasta ahora callamos muy bien, y que hoy te confiaremos, porque te consideramos un amigo.
–Gracias –dije. Estos chicos estaban comenzando a caerme simpáticos. 
–Atención, Omas –dijo Ulio, expectante.
–Te cuento, Omas. –Continuó Jandro – Nuestro idioma, el lenguaje común que hablamos todos, variantes mas, variantes menos, originalmente, se llamaba “Inglés”. 
–Suena metálico. – comenté, y repetí – “Inglés”.
Y saboreé la palabra, imaginando que la gente antigua lo habría pronunciado igual. Pero reaccioné – ¿ese nombre es el secreto?
–No, no, Omas. Atiéndeme. Los textos antiguos, eliminados y ocultos por Cirilo y sus seguidores, escritos en el antiguo alfabeto, también están en ingles. Como lo están los textos escritos en el alfabeto actual. Simplemente el Rey Cirilo cambio sus letras. 
– ¿Y ese es el secreto?
–Ay, muchacho –se lamentó Ulio.
–No, sino lo que esto significa. –Siguió Jandro, paciente – Significa que una vez que supimos las equivalencias entre los dos alfabetos… –Hizo una pausa, separando las manos y alzando las cejas, con una sonrisa. Ambos chicos asintieron, para que yo largara la evidente conclusión.
–Si, ¿que?
–Quiere decir, Omas, ¡que pudimos leer los Libros Antiguos de corrido!
Hubo un silencio.
–Aja, ¿y que decían de importante?
Parecieron decepcionarse un poco.
–Muchas cosas, Omas, muchas cosas. – dijo Ulio.
– ¿Y como saben que son ciertas?, porque supongo que pusieron su fe en ellos.
–Efectivamente, Omas, supones bien. Y este viaje es para confirmarlo. No somos de los que creen las palabras simplemente porque están escritas.
Hicimos otro silencio.
–Bien – dije –, ¿y que cosas portentosas dicen esos libros?
Se miraron.
–Es lo que vamos a contarte ahora. –respondió Ulio, con su mejor aire de suficiencia.




2 comentarios:

  1. Veo que ya terminaste el capítulo 4. Ya lo leeré con calma, por alguna razón no puedo entrar al otro portal de EY, deben tener problemas con el servidor, porque ya probé con varias pc.
    Bueno, saludos.

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  2. Hola Manipulador. Si, ese EY esta a punto de morirse. Esta sufriendo, parece, ataques internos y externos (bombardeos de pings). Otra explicacion es que tenga tanto exito que no de abasto.

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