28 de Noviembre, año 331 del Rey Cirilo
Luego de la conmocionante entrevista con el Líder, volví a mi domicilio, ahora silencioso y solitario. No pasó mucho antes de recibir un nuevo telegrama. Se trataba de otra citación en la Mole. Concurrí de inmediato y allí, oficiosamente, detallaron mis nuevas funciones. "Adscripto a período de capacitación a tiempo completo". Además, designaron como mi nuevo domicilio la habitación 20 del primer piso del Casino de oficinales. También me solicitaron no salir de la zona limitada por mi domicilio particular, la Mole y el Casino.
Como dicen, el hombre es un animal de costumbre, y acepté una rutina ficticia, mientras Ulio y Jandro estaban quién sabía dónde (si aún existían).
Pasaba los ratos libres entre el bufé de la oficialidad y el gimnasio. Bajo circunstancias normales, hubiera disfrutado de las comodidades del Casino, especialmente del bufé, un lugar pensado para sentirse a gusto, ornamentado con paneles de madera tallados, suntuosos sillones, retratos de habitués lejendarios, dotado de libros y piano y atendido con la mas exquisita deferencia.
Pero un peso continuo en la boca del estómago me recordaba mi verdadera situación: la de cautivo de lujo a cuenta del Estado. Sin embargo, el Líder fue muy considerado: dispuso una cobertura para justificar la ausencia de Ulio y Jandro y otra para explicar mi dedicación exclusiva al estudio de tecnologías, pero mis camaradas seguían tratándome con recelo. Es decir, además de la incertidumbre sobre mi hijo, debí soportar la cautela de mis jefes, la sospecha de mis colegas y un plan de estudios muy exigente. Cada dos o tres días, por la tarde, comparecía en La Mole (cruzando la avenida), y respondía nuevas preguntas e incluso las mismas. Nunca obtuve indicio de sus conclusiones.
A las siete y media despertaba, tomaba una ducha y a las ocho bajaba a desayunar. La planta inferior del Casino dedicaba la galeria norte a temas administrativos; la sur a cursos de postgrado, conferencias y presentaciones y la oeste al bufé, comedores y cocinas. De la cuarta ignoraba su función. Como a las nueve comenzaban las cátedras, disponía de una hora para despejarme. Las materias que cursé fueron: Conversión de energía, Metalurgia, Mecanismos de metal, Mecanismos eléctricos y Fluídica. Los sábados y domingos había evaluaciones.
Por suerte, rompí algo el aislamiento conversando con dos profesores de la Academia Militar, el doctor Natius Averius, materiólogo y el licenciado Be Undqvist, un filósofo ettoriano con el ojo derecho emparchado. Ambos adoraban hablar del tema de sus profesiones y más si el oyente era curioso como yo. Natius daba el curso de Fluídica y fue allí dónde primero oí nombrar las partículas constitutivas de la realidad, los ultimones. Debía de ser muy tosco un hombre para no sentir cierta curiosidad filosófica por el tema. Por eso, al iniciarnos en la teoría, se produjo una conmoción intelectual en clase, aunque, reconozcámoslo, amainó como si nunca hubiera existido al sonar la campana. Pero la continué con Averius en el bufé. Allí conocí a Undqvist, y desde entonces los tres nos juntábamos a conversar, a veces a grito pelado, sobre materias técnicas, científicas y filosóficas. Los otros habitúes lograron hartarse de nuestras declamaciones incomprensibles (que hubieran escuchado sin protestar de ser chismes). Algunos ignorantes se preguntaban como era posible que el Estado apoyara semejantes excéntricos. Pero en su juventud, Averius y Undqvist habían liquidado más de la porción que les correspondía de enemigos de Eresterra, y nadie con buen criterio hubiera alzado la voz contra ellos, ni siquiera en broma. Además, era bien sabido que estos excéntricos originaban nuestra ventaja sobre el resto de los pueblos del Mundo.
El continuo estado de guerra de mi patria me mantuvo en la vida militar, y así relegué mis preferencias personales. Por eso me asombraba de ver gente tan dedicada a otra cosa, como Averius y Undquist. Mi propia vocación apuntaba también hacia alguna actividad entre la ciencia y la filosofía. Durante nuestras conversaciones, estos intereses se revelaron, para beneplácito de mis nuevos amigos y la sorna de los chismosos (quienes murmuraban uno que otro refrán en relación con Ulio, del tipo “el higo no cae lejos de la higuera” (1)).
(1) Nota de A.Z.: Según la leyenda, la higuera era un árbol frutal que consumían los Dioses. Su fruto recibía el nombre de higo. No constan descripciones de su aspecto y sabor, pero su mención es muy frecuente en la literatura pre-cirílica.
Les cuento un poco de la teoría de los ultimones. Afirmaba que las cosas se hallaban constituidas por muy, pero que muy pequeñas partículas indivisibles (los ultimones), en forma simple o compuesta. Habían confirmado la existencia de al menos 40 tipos distintos. Ejemplos de materiales puros eran el cobre y el aluminio, compuestos por sus respectivos ultimones de cobre y aluminio. Sin embargo, la simplicidad terminaba allí: la mayoría de los materiales eran una muy compleja composición de ultimones, verbigracia, la madera, de la que no existían ultimones propios. La primer implicancia de todo esto decía que la materia no era continua, sino discreta. Estas nuevas ideas surgieron estudiando los gases, pues se descubrió que muchos de ellos eran en realidad el mismo conjunto de elementos combinados en distintas proporciones. Por eso, la segunda implicancia fue que gran parte de la diversidad del mundo procedía de diferencias cuantitativas o del simple reordenamiento de los mismos elementos. Otra consecuencia filosófica fué que las personas consistíamos en meros mecanismos, complicados, pero mecanismos en definitiva. Algo así como gigantescos rompecabezas sólidos armados con millones de partes infinitesimales. Y si eso parecía sugerir, para algunos, un cierto descrédito de la condición humana, significaba en realidad, lo contrario, pues tal vez, en el futuro, podríamos mejorarnos y repararnos con tanta facilidad como una caldera, y a lo mejor, acceder a la inmortalidad… o poco menos. Pero ese era un proyecto a veinte generaciones de distancia, y no lo decíamos a boca de jarro. Aun con autocensura, para la gente mas simple, estas conversaciones eran pasatiempos de locos.
Nuestras últimas discusiones giraron en torno de la teoría ettoriana de los compenzoides. Esta teoría ubicua representaba el pensamiento eresterrano tradicional y culto, totalmente ajena al común de los ciudadanos, y ni que decir de los extranjeros. Sus detractores, los nuevos científicos partidarios del lenguaje matemático, la describían como “una tautología sofisticada en rápida decadencia”. Sus partidarios, ya por entonces en retirada, afirmaban que la teoría ofrecía una metodología de investigación más que contenidos. Cualesquiera fuera la utilidad de la teoría ettoriana, ambos bandos la utilizaban asiduamente, cuanto menos para bromear, y se había convertido en una especie de vicio intelectual desde que Uan Ettore la formulara dos siglos atrás.
Por supuesto, yo era un hombre de los nuevos tiempos. Sin embargo, por respeto al profesor Undqvist, prometí leer un manual de su autoría, titulado “Una visión simple de los compenzoides”. En realidad, debía estudiarlo, pues ese viejo suspicaz podía tomarme un examen extraoficial por encima de una mesa del bufé y claro, era mi segunda intención simpatizar con alguien de llegada fácil a los estratos superiores.
Mientras comentábamos el manual de Undqvist, un empleado del Casino se acercó portando una bandeja con un sobre.
–Mayor Zequiel, un mensaje para usted.
Le dí una propina, tomé el sobre, lo giré para ocultar su sellado, lo abrí y eché un vistazo a la tarjeta. Era texto encriptado, señal que delataba su procedencia: La Mole. Probablemente una nueva cita, pero esta vez urgente, no solo por el sello rojo de la cubierta, sino por el primer cuarteto de cifras que lo iniciaba: 1157.
Detestaba recibir un recado de la jefatura en público porque muchos estaban pendientes de mi expresión, deseando, tal vez, malas noticias y la confirmación de sus chismes. Anteriormente intenté frenar el correo en la recepción, pero respondieron que si el mensaje estipulaba “urgente”, se entregaba dónde yo estuviera. Y por supuesto que no me pasaría la jornada encerrado en mi apartamento, defendiendo mi discreción. De modo que relaje el rostro, simulé leer para engañar los parroquianos (si el recado era legible significaba que no estaba encriptado y que por lo tanto, no revestía gravedad), y volví a guardarlo, junto con su funda en el bolsillo. Luego, retomé la conversación acerca del manual.
–Me gusta el estilo sintético, casi de aforismo que ha utilizado – dije leyendo a vuelo de pájaro un párrafo aquí y otro allá.
–Uno hace lo que puede – respondió cabeceando incómodo. Era sorprendente ver como se podía vulnerar un hombre endurecido como aquel, simplemente elogiándolo.
–“Compenzoide:" – leí en voz alta – "grupo de objetos cuya separación de uno cualquiera, produce la disgregación del resto”.
–En ese sentido, entonces, un ultimón no seria un compenzoide – intervino Averius, saboreando su café.
–Según ustedes no – respondió Undqvist – sin embargo, debería serlo.
–¿No postulamos que el ultimón es indivisible? –pregunté.
–Postularon los materiólogos –replicó Undqvist – pero los ettoristas sostenemos que el ultimón -por la fuerza- es compuesto.
–Como puede ver, mayor, nuestros amigos ettoristas saben subirse en movimiento al carro de la ciencia y ahora pretenden darnos lecciones. – dijo Averius con una carcajada – ¿Con que evidencias?
–Con la evidencia de la razón. Ustedes dicen que los ultimones se unen unos a otros para formar, por ejemplo, la unidad mínima de un gas. Dígame como algo indivisible y por lo tanto inerte, puede mostrar un comportamiento.
– ¿Como “inerte”? –quise saber.
–Claro, muerto, sin ninguna clase de influencia sobre su entorno ni sensibilidad ante el mismo. Si algo es indivisible, no puede tener muchas propiedades en-si, más allá de la forma, el tamaño, el color… sólo puede disfrutar en-si de propiedades estáticas. Si fuera indivisible sería también sólido, compacto, monolítico… no podría hacer nada… no podría atraer nada, no podría “percibir” nada...
–Debería ser mas preciso y menos subjetivo en su vocabulario, mi amigo –se quejó el otro.
–Esta bien, uso un lenguaje intuitivo para entendernos mas rápido.
–Bien, ¿y a dónde quiere llegar?
–Pues a la conclusión de que el ultimón no es “ultimo”, sino que es compuesto, o sea, que es divisible. Solo algo compuesto puede modificarse en-si. Repítalo conmigo: “Solo algo compuesto puede modificarse en-si”.
– ¿Y por qué cree que puede modificarse en-si? –insistió el materiólogo.
– ¿No lo ve? No por nada los ultimones se juntan. Se “necesitan”. La unión debe aportar algo a cada ultimón. Algo cambia íntimamente en cada ultimón cuando se junta con otro… o cuando se separa. Es decir, no es monolítico, en otras palabras, es compuesto, en otras palabras… no es ultimón. Su nombre ha sido mal elegido.
Por la fluidez de los discursos, presumí que la controversia era vieja entre ellos, y que sólo hacían proselitismo y pulían la retórica. Mientras tanto, el mensaje me picaba en el bolsillo y no podía concentrarme en la conversacion. Mis pensamientos vagaban por cualquier lado, tratando de hallar una excusa para retirarme, que pareciera desvinculada del mensaje.
Al final no se me ocurrió nada y el tiempo transcurrido fue suficiente desvinculación.
–Bueno, señores, me voy. – Declaré – Debo descansar un poco.
–Ya sabía que lo estábamos aburriendo. –dijo Undqvist.
–No. No estoy tan lúcido para atenderlos como es debido. Anoche dormí mal y todo este tema es demasiado sutil para escucharlo adormecido. Por supuesto, licenciado, me llevo su manual, que leeré fuera de la influencia de uno u otro. Después le comentaré, y tenga la seguridad de que lo acribillaré a preguntas.
–Será un placer.
Luego de cumplir el protocolo de una retirada digna, volví con el libro bajo el brazo y el andar tranquilo a mis habitaciones del primer piso.
Una vez dentro, desplegué apresurado sobre una mesa los elementos para desencriptar el mensaje: un block de notas, pluma, tinta y la regla vertical de equivalencias de los caracteres de uso: diez numéricos, cuarenta y siete alfabéticos (solo mayúsculas) y ocho de puntuación. A la derecha de cada uno figuraba el numero ordinal: 1 para el cero, 2 para el 1, 10 para el 9, 11 para la A, 57 para la Yu (2) y el resto para el punto, coma, dos puntos, y otros signos de puntuación.
(2) Nota de A.Z.: Para los extranjeros: Yu es la ultima letra de nuestro alfabeto de 47 letras. Otros pueblos del Mundo las redujeron a 32.
Saqué una hoja del block, y allí, en grupos de cuatro caracteres, reproduje el mensaje de la tarjeta, en renglones separados por cuatro renglones vacíos. A continuación, debajo de cada carácter escribí su número ordinal correspondiente, según la regla vertical.
Ahora intervenía la clave, que siempre debía ser mas larga que el mensaje. La última clave recibida era:
“NI UN ARMA NI UNA MUJER PUEDE HACER DE ALGUIEN UN HOMBRE, NI TAMPOCO LA MAGIA, NI HAY PODER ALGUNO QUE LO HAGA, NADA, SALVO EL MISMO.”(3)
Los de Inteligencia o eran muy creativos para componer claves o las copiaban, aunque sospechaba lo segundo. Me hubiera gustado conocer las fuentes.
Anoté cada carácter de la clave, incluidos los símbolos de puntuación, debajo de cada número recién escrito. A continuación, en el renglón vacío siguiente, escribí su número ordinal.
Estaba por comenzar la trascripción cuando escuché un llamado a la puerta.
(3) N.del A.: “Tehanu”, Ursula K.LeGuin
Me levanté, impaciente, y abrí. Un militar, gorra bajo el brazo, enfundado en uniforme de fajina inmaculado y bien planchado, hizo la venia y se presentó.
–Soy el capitán Ariel Ulco, mayor ¿El mayor Ario Zequiel?
Miré sus insignias.
–Si, capitán – respondí.
–Me han comisionado a sus ordenes, ¡señor! El resto de sus oficiales y suboficiales espera en el hall de entrada, ¡señor!
Y se quedo mirando rígidamente al frente. Yo, que en los últimos meses solo pude dar ordenes al camarero del casino, permanecí unos segundos desconcertado.
–Sus credenciales y ordenes, por favor, capitán. –reaccioné.
–Si señor. Aquí están ¡señor!
Me alcanzó una pequeña libreta. La primera hoja incluía un retrato a tinta del visitante. Viendo todo en orden, se la devolví. A continuación, tome un par de hojas que me ofreció ya desplegadas.
Era una orden, firmada por el Estado Mayor: le indicaba ponerse a mi disposición en esta fecha, hora y lugar.
–Pase, por favor, capitán, y espere a que termine una tarea. Cierre por favor.
–Señor, ¡si señor! –dijo, pasando y cerrando la puerta.
Volví a la mesa.
–Estoy desencriptando un mensaje –le expliqué – Por favor, tome asiento.
–No es necesario, señor. ¡Esperare, señor!
Daba gusto disponer nuevamente gente a mis órdenes, aunque más no fuera por unos minutos. Digo esto porque el protocolo militar podía ocultar cualquier cosa. Podía ser este el oficial que me condujera amablemente a un juicio sumario.
Seguí con el mensaje. Tenía ocho renglones escritos, separados en dos grupos de cuatro renglones cada uno. Ahora debía escribir un quinto renglón para cada grupo, que sería el mensaje desencriptado.
Dado que cada carácter del mensaje encriptado y cada uno de la clave correspondían a sendos números, restaba del primero el segundo y obtenía el número del carácter desencriptado. Si la resta daba negativo, le sumaba 1 y a continuación se lo restaba a 65. Una vez obtenido el número, lo buscaba en la regla vertical, que me decía el carácter equivalente, y lo anotaba. En el ínterin, eché un vistazo al capitán, que permanecía firme, la barbilla en alto, los pies separados, mirando un punto lejano de la pared de enfrente. Tanto mejor.
Cuando terminé, el mensaje era el siguiente:
PRESENTESE CON SU GRUPO EN +001+001+015 A LAS 2811312030 MISION CONVERSADA LIDER. SIGUIENTE AL MANDO CAP ABRIEL ULCO.
Y eso era todo. Me habían exonerado de mi condición sospechosa. Estaba al mando nuevamente. ¿Que hora era? ¡Las veinte! Faltaba media hora para presentarme. ¡No podía fallar en semejante formalidad! Y si debía iniciar la “misión conversada” eso significaba una larga travesía. Debía preparar mi equipaje.
–Capitán, usted me disculpara, pero le pediré un favor no acorde con su rango: ¡ayúdeme a empacar mientras me cambio!
– ¡Faltaba mas, señor! ¡Indíqueme, señor!
Decidí reemplazar mi vestimenta por el uniforme de fajina. Mientras tanto, enumeraba al capitán que precisaría: ropa interior, muchas medias, toallas, mas ropa de fajina, que el oficial apilaba en el interior del baúl de viaje, prolijamente doblado, todo como si de ladrillos se tratara. Si algo aprendía bien un militar, era a doblar la ropa mejor que un maestro tintorero. En diez minutos estábamos listos.
–No llamaré los botones, no tenemos tiempo. Ayúdeme a bajar mi equipaje, por favor, capitán.
A último momento vi el manual del licenciado Be Undqvist sobre la mesa, abrí un instante el baúl y lo eché adentro. Acerrojé la habitación.
–Vamos– dije. Y bajamos hasta el hall de entrada sujetando un extremo del peso cada uno.
Había poca gente, la mayoría curioseando a un grupo recién llegado, de pie en el centro: un oficial y cinco suboficiales. Se alinearon al verme con el capitán Ulco e hicieron la venia a la vez, con estruendo de telas y de tacos.
El capitán hizo las presentaciones. Les pedí paciencia otro momento y fui a finiquitar algunas formalidades con el Casino. Ademas, deje sendas notas para Averius y Undquist, excusándome por mi marcha intempestiva.
Dos minutos después estaba de vuelta.
– ¿Cuáles son sus ordenes, señor? –inquirió el capitán.
Saqué el mensaje desencriptado.
–Debemos estar en la posición + 1 + 1 + 15, dentro de veinte minutos o menos. ¿Tenemos vehiculo?
–Tenemos movilidad, mayor. Nos están esperando.
Seguido de mis hombres y dos empleados con el bagaje, salimos del Casino a paso largo, sin más trámite y ningún saludo. Encontramos las dos veredas llenas de curiosos observando una doble hilera de corceles bien pertrechados, tal vez cincuenta, la mitad montados. Quedé sorprendido. Hacia mucho que no veía caballos.
También mucho más que no cabalgaba. Fuimos hasta la cabeza del grupo, mientras miraba alrrededor por si veía mis dos amigos, pero esa gente no se molestaba por alborotos banales. Acercaron mi montura, un bonito bruto de nombre Ruano (porque simplemente era ruano (4)). Le hice unas caricias en el cuello como para iniciar la relación de buenas maneras. Siempre me amedrentó un poco la inteligencia de estos animales y por eso me resistía a usarlos y mucho más a exigirlos, aunque a veces no había más remedio. El jinete puede hacer con su caballo una amistad tan firme como con un perro, y más vale que la haga si pretende que esta bestia de 600 kilos funcione como es debido.
(4) N.del A.: De pelaje amarillento, con crines y pelos de la cola más claros.
Un soldado me pasó una golosina que ofrecí a Ruano: inmediatamente la atrapó en mi palma arqueada, con chasquido de guillotina. Después, me ubiqué a su izquierda y verifiqué el correcto ajuste de la silla. Era imposible pasar un dedo bajo la cincha y ante los tironeos la montura permanecía fija. Entonces tomé las riendas, estribé el pie izquierdo y subí de un solo movimiento, sin papelones. Tironeando las bridas experimenté unos segundos las reacciones del animal. El capitán Ulco apareció montando a mi derecha y le consulté por el equipaje. "Debidamente amarrado y a mano ¡señor!", respondió. Era un hombre organizado y comenzaba a agradarme. A continuación, pregunté si la compañía estaba lista. Hubo una seguidilla de gestos de inteligencia entre la tropa y el capitán confirmó que sí.
Entonces hice la señal de avance y toda la hilera principio a moverse, como una perezosa oruga de cien metros. De ese modo abandoné la prisión que me alojara un trimestre: al mando y con la frente en alto.
En pocos minutos logramos un trotecito parejo, seguidos de la mirada asombrada de los pobladores. Este animal se usaba sólo en expediciones fuera de Eresterra, dónde la vegetación volvía inútiles las ruedas.
Según la notación LANLO (5), debíamos dirigirnos a un sitio ubicado 1 cuadra al Norte del Punto Cero eresterrano (el Cuartel General), en el nivel 1 (que ya pisábamos) y 15 cuadras al Este de igual referencia. Por supuesto, se trataba de un complejo industrial cerrado, de seis por seis cuadras y varios niveles, bien conocido. Eran las 20.29 cuando alcanzamos su portón principal. Me identifiqué y nos hicieron pasar, con animales y todo. Un sargento, que nos aguardaba, guió la hilera, caminando adelante.
(5) Nota de A.Z.: Latitud, nivel, longitud.
El interior de la factoría conservaba la estructura de manzanas del exterior. Luego de cruzar dos calles nos detuvimos frente a la gran puerta de mitad de cuadra. El sargento me pidió que lo siguiera y sugirió que el resto podía aguardar en la cantina local. Conocedor de los tiempos de la burocracia castrense, hice un gesto de asentimiento al capitán.
Entramos a la manzana. El sargento me dirigió, entre gente muy ocupada (aparentemente en tareas de diseño, a juzgar por los tableros de dibujo), por un laberinto de pasillos y oficinas separadas mediante finas mamparas de madera, que bordeaba lo que parecia ser una zona de ensamblaje.
Llegamos a unas puertas custodiadas por fornidos infantes armados hasta los dientes. Una vez identificado, me abrieron las puertas y entré a la sala. Era muy larga, casi vacía, de techo abovedado y en penumbras. Lejos, en el centro, había un grupo de hombres en torno a una mesa de juntas, iluminada por un cono de luz. Recorrí el trecho escuchando el incómodo eco de mis propios pasos mientras todos se volvían. Al acercarme reconocí al General en Jefe del ejercito de Eresterra, Riel Acmillan y a Onn Imon, jefe del Servicio Secreto (SS). El resto eran desconocidos para mi: del ejercito, un coronel y un mayor; del servicio secreto, un teniente coronel y dos mayores.
Me cuadré, como correspondía. Todos retribuyeron el saludo. El general se acercó y me estrechó la mano.
–Me alegro de tenerlo entre nosotros de nuevo, Mayor. –me dijo, y alzando la voz me presentó: –El mayor Ario Zequiel, señores. El mayor ha superado todas nuestras investigaciones en torno a este asunto. Ahora lo pondremos al día.
Me identificó al resto de los hombres como analistas del caso.
–Próximamente, mayor, iniciará una operación cuya cara visible será de exploración pero cuyo objetivo secreto será conocido solo por los presentes, y el Líder, claro está. Siéntese, por favor, póngase cómodo. ¿Gusta un café?
Me senté enfrente pero decliné la invitación del café: harto de la infusión, no la probaría en varios meses. Sobre la mesa se veían desparramadas carpetas, plumas, gorras, vasos y tazas.
El General encendió uno de sus cigarros en el farol de grasa bajo la pantalla cónica. Debido al tabú del fuego, casi nadie fumaba. Por eso, este curioso hábito solo era visible, ocasionalmente, en la jerarquía (y era símbolo de ella).
–Bien, mayor, tenemos buenas y malas noticias para usted. En primer lugar, según nuestros espías, Ulio Zequiel fue visto vivo.
Un gran alivio me invadió y me relajé, a tal punto que todos los sonidos se volvieron ininteligibles.
– ¿Mayor, esta ahí?
–Si, General, discúlpeme.
–Como le decía, las malas son que las noticias sufren tres meses de atraso. El espía uso el calendario diecisietense, y si esta bien hecha la conversión, fueron vistos el 20 de Agosto – dijo, mirando críticamente sus papeles.
O sea, seguíamos sin saber nada, pensé.
El general continuó:
–Sorprendentemente, junto con Jandro Artin, apareció muy lejos de Eresterra, casi al otro lado del Mundo. Esto quiere decir que en apenas siete días, o menos, estos dos chicos ignorantes pudieron recorrer sanos y salvos cien kilómetros de túneles selváticos llenos de peligros, que un grupo de expertos montados y bien armados hubiera hecho en quince.
Miró a todos, detrás de la brasa de su cigarro, en la penumbra externa del cono de luz, como esperando alguna replica. Nadie abrió la boca.
–Todo eso sin contar que aún ignoramos como se fueron de aquí. Pero tenemos buenas razones para creer que lo hicieron solos. Esto lo deducimos de los faltantes de provisiones y equipamientos, es decir una cantidad tal que podría ser levantada por dos adolescentes, pero no más.
Hizo una pausa.
–Respecto de sus motivaciones, al parecer, no fueron políticas. Partieron por simple aventura y deseo de gloria. – Aquí sonrió – Esto lo sabemos porque los últimos meses no pudieron cerrar la boca e hicieron más de una sugerencia de sus planes a ciertas señoritas agraciadas, quienes siguen sin comprender que escucharon. Si deseas saber algo de un hombre, pregúntale a las beldades cercanas.
Hubo algunas discretas risas en torno a la mesa.
–Tal vez nos equivocamos con ellos y debieron estar en la línea de frente, dónde siempre hay una oportunidad para la gloria.
Hubo murmullos de asentimiento.
–Perdón, General. – Dije – ¿Bajo que circunstancias fueron vistos? ¿Que mas se sabe de los muchachos?
–Bueno, esto es lo curioso. Parece que hicieron amistad con un bandido, un guerrero renegado de los diecisietenses, un tal Omas. Un tipo peligroso, además. Hace años tratan de atraparlo pero que sepamos, no han podido. Se dice que ya asesinó a varias decenas de sus compatriotas… por una mujer que se le negó.
–Les hubiera resultado mas barato entregársela. –comento alguien.
–Extraña asociación – murmuró otro.
–El objetivo principal, mayor Zequiel, sigue siendo recuperar el libro. En segundo lugar, los artefactos, que le detallaremos. Y en tercer lugar, si están vivos, los muchachos.
–Una vez de vuelta, ¿Qué ocurrirá con ellos? –quise saber.
–Por supuesto, tendrán alguna clase de sanción. No podemos dejar de castigarlos de alguna forma. Pero continuamos con la cobertura. Por ello, Ulio y Jandro fueron designados exploradores tecnológicos, retroactivamente.
–¿Que hace un explorador tecnológico, señor? –pregunté.
–En general, buscar recursos que puedan servir con fines tecnológicos. También ensayar técnicas nuevas en situaciones de campo. Por ejemplo, nuevos sistemas de comunicación de larga distancia.
– ¿Existen esos sistemas, señor?
–Claro, así nos comunicamos con nuestros espías. –dijo, mientras exhalaba humo plácidamente.
– ¿Discúlpeme, general, pero, hemos tendido cables hasta Diecisiete?
–No, mayor. Usamos la estructura metálica del Mundo como conductor principal. Y el Mar negro como masa. Hay bastante ruido, pero sirve.
Quedé sorprendido. No sabía que estaban tan avanzados.
–Es decir, señor, que las comunicaciones son instantáneas.
–Así es. Y gracias a Ulio, mayor, que inició el desarrollo del largavoz.
– ¿Largavoz?
–Si, podemos hablarnos, además de enviar mensajes telegráficos.
Quede un momento en silencio.
–Maravilloso. – solo pude decir.
–En esta misión, usará estos nuevos artefactos. Como ya dije, la comunicación es un poco ruidosa, pero una gran comodidad respecto del sistema anterior. Aunque, para encriptar mensajes, conviene el telégrafo.
–General, ¿Y a pesar de eso, no tenemos noticias mas actuales de los muchachos?
–Al parecer, nuestro espía en Diecisiete ha sufrido alguna clase de problema “técnico”.
–Probablemente fue sospechado o descubierto –agregó Imon.
El general continuó:
–Oficialmente, la falta de estos muchachos consistió en resistirse a una orden de repliegue, lo cual no deja de ser heroico. El Líder dcidió ser indulgente con ellos. Después de todo, no son más que unos mocosos. Considera que darán mejores resultados tratados con mano blanda que con rigor.
Asentí.
–Mayor. Normalmente usted decidiría como abordar el problema que le encomendaremos. Pero dada la delicadeza del caso, hemos pensado mucho en él y le daremos una misión pre-planificada. Esta misión es un movimiento de pinzas: un extremo será pequeño, pero rápido y silencioso y trabajará primero. El otro extremo de la pinza será grande, aunque lento e indiscreto, y trabajará después. Es una combinación de operación comando con maniobra convencional. En la primera etapa se espiará y rastreará el objetivo. Una vez localizado este objetivo, se mandará la tropa convencional a ubicarse en cierta posición ventajosa. A continuación, la “punta chica” actuará sobre el objetivo y obtenido lo encomendado, inmediatamente iniciará la retirada en dirección de la “punta grande”, la tropa convencional, y a través de esta. La misión de la tropa es repeler o retrasar las contramedidas que haya. Si no las hay, tanto mejor. Hemos decidido que usted integre el extremo rápido de la pinza. Le acompañará un pequeño pero muy selecto grupo de hombres. El resto de su tropa, esa que guió hasta aquí, será dirigida por el capitán Ulco quien a su vez responderá, por supuesto, a sus órdenes. Estimamos que el capitán Ulco deberá salir lo antes posible, hacia el sudeste, con destino a la posición 5, 1, 320, según la notación LANLO-n (6).
Las coordenadas dadas por el general se referían a un punto a 5 kilómetros del limite Sur, nivel 1, 320 grados de longitud, del otro lado del mundo, muy cerca al Sudoeste de Diecisiete.
–Seguramente el capitán deberá esperar un tiempo en esa zona. Esa locación no fue elegida al azar. Tenemos refugios allí, dentro de algunas manzanas seguras. Al capitán se le proveerán las llaves, y sobre todo, del libro de ruta.
(6) Nota de A.Z: LANLO-n era la versión “natural” de la notación LANLO. El centro geométrico de Eresterra fué durante siglos el Punto 0,0,0 de nuestro sistema de coordenadas. Pero habíamos descubierto el sistema de coordenadas natural del Mundo, escrito en las paredes de los túneles y en documentos antiguos, y las autoridades decidieron adoptarlo. Sin embargo, en las cercanías de Eresterra seguíamos usando el sistema LANLO simple.
Para los logistas de transporte, el Mundo era un conjunto de “puntos seguros” unidos por “rutas”, muchas veces múltiples y alternativas, cada una con sus ventajas y desventajas. El viajero se movía del “punto seguro” A al “punto seguro” B, y para saltar de uno a otro echaba mano del libro de ruta que detallaba las distintas conveniencias (cursos de agua, gente hospitalaria, buena caza, rutas despejadas) e inconveniencias (ciertos animales o insectos, pobladores hostiles, pisos desprendidos, túneles obstruidos o aires malsanos) que podía haber entre los puntos, recomendando la mejor ruta. La información provenía de los exploradores y cada bimestre o trimestre, algunas hojas del Libro de Ruta debían ser cambiadas con actualizaciones, por eso, se lo reconocía por los tornillos mariposa de su margen.
El mayor Aldibar me pasó una carpeta por encima de la mesa. Debajo de la tapa, la primera hoja era un nombramiento como “explorador tecnológico” para Ulio, aparentemente firmado por el Líder hacía tres meses y pico.
–Verifique, mayor – dijo mi par – los documentos siguientes. Los cuatro primeros deberá entregarlos a sus destinatarios. El quinto y sexto están duplicados y el séptimo, triplicado. De esos tres, firme los originales ahora, devuélvamelos y quédese con las copias. El octavo es una orden suya para el capitán Ulco.
La burocracia del ejército de Eresterra era tan temible como sus hombres. Debajo del nombramiento de Ulio continuaba el de Jandro, luego las notas de apercibimiento con nuevas ordenes para cada uno, a saber, retornar inmediatamente a Eresterra. Debajo seguía una notificación para mi mismo, determinando mi vuelta al servicio, librándome de todo cargo; luego otra con mi nombramiento para la misión y su descripción; después la orden para recoger distinto equipamiento de los depósitos (triplicada) y finalmente la destinada al capitán Ulco, duplicada. Los presentes aguardaron con paciencia el trámite del que tenía derecho: leer los pliegos.
Por último saqué con ceremonia mi sello y lapicera fuente de campaña. Firmé y sellé los tres documentos solicitados y los devolví. También firmé por anticipado la orden que entregaría al capitán: las instrucciones eran complejas, muy técnicas. Ya la leería mejor. Luego cerré la carpeta lentamente.
– ¿Cuándo comenzamos? –pregunté al general.
–Muy pronto, mayor. El capitán debería partir en cuatro horas a lo sumo. Y usted, mañana o pasado. – el general se incorporó. – Ahora, péguese a mis talones.
– ¿Qué sigue? –oí que alguien preguntaba en la mesa.
Salimos de la sala y pude cruzar más oficinas de diseño, dónde los civiles no saludaban o saludaban sin ceremonias, con simples movimientos de cabeza. Las ventanas de las oficinas que miraban al area de ensamblaje poco mostraban, debido a cortinas en ese lugar, que por todos lados colgaban desde 10 metros de altura. El general abrió una puerta y nos adentramos a ese territorio: claramente un escenario fabril y además, febril. Era un predio industrial dónde parecía que un fabricante de calderas y otro de carpas o telones hubieran mezclado sus talleres, con gente trabajando por todos lados. Esta vez el laberinto que recorrimos fue de finas y brillosas telas, con sus pasillos ocupados de mesas dónde se hacían incomprensibles trabajos en metal o paño. Así, caminando por aquí y por allá, y muchas veces retrocediendo, esquivando gente, maquinarias y mesas, terminamos saliendo a un espacio libre, presidido por un gran pizarrón. Un grupo de hombres en ropa de trabajo, de estampa claramente militar, discutía algo relativo a los esquemas allí dibujados.
– ¿Cómo andan las cosas por aquí? – bramó el general – ¡Ariotto, reuna a los hombres!
Oí un oficial llamando a sus pares y más sujetos aparecidos detrás de las cortinas comenzaron a acercase. Por los ropajes desaliñados y sucios de grasa, debían estar trabajando en algo grande y mecánico y por algunos rictus de impaciencia deduje que venían atrasados. Comentaban algo acerca de una cadena. Conté alrededor de veinte. Muchos de ellos habían cursado materias conmigo y distinguí otro par de mis profesores. Eran hombres entre jóvenes y de mediana edad, fornidos y serios: el famoso grupo de comandos del ejército, endurecidos, sabelotodos, especialistas en tareas imposibles, todos oficiales, dónde el rango menor era de capitán. Al arrimarse al General ninguno le saludó, ni siquiera le miraron, su atención estaba centrada en el intruso, es decir, mi persona. Note que el General me presentó a los hombres pero no al revés, como quien presenta un retrato a unos compradores pero no los compradores al retrato. Les hizo un resumen explicando que el mayor Ario Zequiel estaría al mando de su próxima misión, y continuó con la enumeración de mis principales méritos militares, que no impresionaron a nadie. Al fin, parecieron concederme estatus humano e iniciaron conmigo una casual pero capciosa conversación "entre camaradas" acerca de mi experiencia de campo, con el objeto, tal vez, de calibrar mi valor, mi grado de locura, o mi capacidad de trabajar bajo presión. Después de un rato, decidieron que calificaba para respirar su mismo aire y pasaron a hablar de la misión en sí, acercándonos al mapa garabateado en una punta del pizarrón. El grafico representaba el sur del Mundo. Destacaba un complicado circuito uniendo localidades bastante alejadas entre si, de modo que, si daba crédito a las cifras escritas (frecuencias de rondas y lapsos entre puntos), batiríamos todos los records de desplazamiento en nuestras secretas correrías. En el Mundo, la prisa se paga con indiscreción, así que nuestras patrullas no tardarían en ser públicas
–Señores, el cornudo es el último en enterarse, y yo me siento igual. – dije sin pensarlo– Hay algo que no me cierra en toda esta misión, que entiendo será muy movida. ¿Como se supone que pasaremos de un lugar a otro tan rápidamente?
Los hombres se miraron, y el General volvió a sacar su cigarro, pero cambio de idea y lo guardó. Se acercó, palmeó mi hombro y dijo, simplemente:
–Acompáñeme. –Sorteó el pizarrón y desaparecio detrás de una cortina. Lo seguí.
Permanecí varios minutos sin comprender lo que veía, hasta reconocer el hueco de una de las grandes escaleras caracol. Nunca antes había visto las escaleras sin sus paredes laterales. Además, podía observar una plataforma de cinco metros de ancho por 30 de largo, extendida como un trampolín, del borde hasta el centro del hueco. Sobre ese extremo alejado descansaba un gran recipiente metálico, esférico, de 4 metros de diámetro, apuntalado por una estructura de madera. Parecía un tanque. Sobre el tanque colgaba una confusión de telas y cables originados en un punto fuera de mi vista. Recorrían el area perezosas volutas de vapor y se oía un siseo continuo.
Nos acercamos al trampolín. Veintitres metros debajo discurría el Mar Negro. Me detuve un instante a mirarlo. El general giró sobre si.
–No se preocupe, mayor, la plataforma es bien segura. ¿No sufrirá de vértigo, no?
–No, general.
–Me alegro, sígame.
Caminamos hasta el centro del hueco de la escalera. Otra visión inédita. Alcé la cabeza, pero solo vi telas suspendidas y a sus costados, algo del piso siguiente, donde la escalera también estaba descubierta.
El general señaló la esfera.
– ¿Sabe que es esto?
–A primera vista, no. Diría que una caldera. – comenté mirando la unión remachada de los metales. Noté entonces lo que parecían ventanas circulares con recios marcos de aluminio.
– ¿Ventanas?
–Efectivamente.
– ¿Para vigilar algún proceso interno?
–Mas bien, para vigilar "procesos externos". Para mirar afuera.
–No entiendo.
–Mayor, está mirando la cabina de los pasajeros. Esto es un vehículo más liviano que el aire. Es para volar.
Casi me río.
– ¿Volar? ¿Y a dónde piensan volar con esto?
–Creí que ya lo sabía. Parte del diseño fue hecho por Ulio.
–Nunca me dijo nada.
–Buen chico –murmuró el general.
El hombre hizo una pausa. Con gesto grandioso señaló la esfera y las telas sobre su cabeza y dijo:
–Volará sobre el Techo del Mundo, Mayor. Como en los relatos que usted contaba de niño a Ulio, antes de dormir.
Hola Julio.
ResponderEliminarPues como va la cosa si era necesario eso que decías, de la burocracia militar, ya que tienes a un Mayor, donde nos lleva a su trabajo y nos muestra por todo lo que tiene que pasar. Lo de las particulas es atrevido, los amigos del Mayor discuten, tal parece que planeas algo con las dichosas particulas. Suenan creibles.
Luego esa estrategia militar, movimiento de pinzas, ¿de Sun Tzu? también sé que muchas de las estrtegias de Napoleón siguen siendo actuales, yo las voy a usar, esto estuvo genial.
Y lo del globo, el factor sorpresa, no podía terminar mejor. Cuando uno lee no parece que haya sido dificil para el escritor escribir tal parrafo,¡ja!
Buen capítulo, queda la cosquilla del qué sequirá.
Bueno siento que me falta decir algo... si llego a recordarlo te digo luego. Pero creo que es sobre ortografia.
Un saludo.