2: Los paranoicos

20 de Agosto, año 331 del Rey Cirilo


En aquel momento, estaba yo al mando de la frontera Norte de Eresterra, establecida en una Separación. La hice limpiar de obstáculos, y así, tuvimos una vista libre, donde las amenazas se destacaban de inmediato. Además ordene iluminarla bien y tomar el control “externo” de los puentes inferiores. También, ubicamos un pequeño destacamento en cada uno de los túneles dentro de los puentes, y en todos nuestros niveles. Un cinco por ciento de la población de Eresterra vivía en la frontera Norte. Como si fuera poco, enviábamos exploradores furtivos más allá de nuestros limites, proveyendo cierta alerta temprana. Por suerte, disponíamos de la nueva red telegráfica, y así manteníamos todos los grupos en contacto. Esa información, con la de otros sectores de la frontera, se transmitía al Cuartel General que la representaba en un “cubo de situación”, una serie de planos de vidrio apilados donde las tropas se simbolizaban con figuras pintadas, movidas por largos punteros. De este modo, la plana mayor podía organizar mejor las fuerzas. Nunca más sufriríamos las incursiones sorpresivas de nuestros vecinos.

En tiempos de paz, mi tarea consistía en visitar, todo el tiempo y al azar, el plano vertical que era la frontera bajo mi jurisdicción, vigilando el cumplimiento de las normas, recabando novedades, y dando recomendaciones. Una tarea agotadora debido a su monotonía, que apartaba muchos hombres sanos y fuertes de las tareas productivas. Comprendía la decisión del Líder de no extender nuestro perímetro más allá de nuestros recursos. Muchos dominios habían caído, decía, ignorando esas limitaciones.

Acababa de llegar –junto con mis ayudantes– a la retaguardia del puesto 27, a una cuadra del frente (un puente-túnel). Un soldado del puesto, hizo el anuncio de rigor: “¡Aaaaaaaa-ten-ción, oficial presente!”, y todos se formaron y cuadraron.
–Deeeeeeees-can-sen! –Concedí.
Uno de los suboficiales tomo un papel del pequeño escritorio hasta donde llegaba el cable de comunicaciones, y me lo entrego.
–Mayor, una circular para usted.

Leí al pie del telegrama la serie de códigos de los puestos de repetición atravesados por el mensaje. El primero correspondía al Cuartel General (subsección Casa de Gobierno, subsección residencia del Líder) y el anteúltimo al centro de operaciones de la frontera Norte. Escrito con amabilidad, me ordenaba bajar al nivel 1, del Cuartel General, anticipar la latitud y longitud del punto de descenso y esperar allí un vehiculo que me llevaría de inmediato ante el Líder. Lo firmaba el coronel Laudio. No anunciaba el motivo del llamado. Por supuesto, tratándose del Gran Jefe uno cumplía las órdenes inmediatamente sin pedir detalles.

Di la siguiente orden al telegrafista:
–Mande el siguiente mensaje al capitán Nibal, del centro de operaciones Norte: Siendo la hora actual del día de hoy, se le ordena tomar el mando de la frontera Norte, en relevo del firmante, quien en lo inmediato deberá presentarse en el Cuartel General de Eresterra. Firmado, mayor Ario Zequiel.

Por supuesto que el capitán ya estaría preparado, porque los chismes corren rápido en el transparente medio de la frontera aburrida.

El soldado lo escribió, me alcanzó el formulario, lo firmé, y procedió a transmitirlo a través del manipulador. Siempre que veía una mesa de comunicaciones con su manipulador telegráfico, recordaba al creador del sistema, mi hijo. No había terminado de convencer al Líder de adoptarlo como método estándar de comunicaciones, cuando ya estaba hablando de la siguiente versión, que, según decía, permitiría escucharnos unos a otros. El muchacho logro ascender de personaje extravagante a favorito del Líder en poco tiempo. Era una pena que mi mujer no hubiera podido verlo antes de morir.

Mandé otro mensaje al Cuartel General con las coordenadas, y luego de comprobar el orden del puesto, partimos hacia la Escalera mas cercana. Caminamos con paso vivo hacia el Este durante diez minutos por el bulevar limítrofe Norte, casi desierto, que parecía ascender delante y detrás nuestro. Nos cruzamos con cuatro soldados de ronda, que saludaron a reglamento. Al fin, alcanzamos la gran escalera caracol. Como todas, ocupaba un pozo cuadrado de 50 metros de diagonal, con escalinatas de cinco metros de ancho. A diferencia de la mayoría, que se limitaba a usarlas, su antigüedad majestuosa me fascinaba. Eran un recordatorio continuo de la historia de los Hombres y la leyenda de los Dioses. Cumpliendo mi costumbre de asomarme por la recia baranda, al fondo del hueco vi los lejanos brillos del Mar Negro, y mirando arriba, la sucesión incontable de vueltas hasta el cielo oscuro. Según relataban los exploradores, la escalera se interrumpía en un nivel superior fuera de nuestros dominios. El viajero debía trepar como una araña por las paredes lisas del hueco cuadrado si pretendía seguir subiendo. Pero nadie lo había intentado, ni siquiera los exploradores furtivos, que eran una raza audaz e indisciplinada: eran locos pero no tontos. La leyenda agregaba que los Dioses dormían en la oscuridad tinta de esos niveles superiores.

Debido el estrecho control de nuestras fronteras, dentro de ellas nos movíamos con tranquilidad, así que el descenso fue rápido y alegre, como estudiantes saliendo de la escuela. Luego de media hora alcanzamos el nivel 1.
Entonces, nos sentamos a tomar aliento y a esperar.

Cinco minutos después un vehículo bajaba silencioso desde el horizonte Este, siguiendo el bulevar limítrofe Norte. Se trataba de una maquina negra de ruedas angostas y rayos cromados. El escudo de Eresterra resplandecía en sus portezuelas, una “E” plateada casi irreconocible de tanta filigrana. El vehiculo frenó amablemente a nuestro lado. Adelante, seis hombres ocupaban los pedales y uno, cerca de los pasajeros, controlaba la dirección. Atrás, uno de los dos asientos enfrentados estaba ocupado por un funcionario vestido de negro.
–Mayor –saludó el funcionario con movimiento de cabeza. Era el viejo Atias, mayordomo de la Casa de Gobierno.
–Buenos días, Atias –respondí, subiendo al carro, que se inclinó sensiblemente. Hice la venia a mis subalternos.
–Bueno, vayamos –dije.
El carro giro en el bulevar y volvió por el Este.
Por una cuestión de etiqueta, me abstuve de pedir detalles al mayordomo, quién me estudió con secreto regocijo. Sabía que moría de curiosidad, pero siguió con el juego de la discreción.
–¿Como anda su muchacho? –pregunto, solícito. Era la pregunta típica que recibía en esos tiempos.
–Supongo que bien, en su mundo. Hace varios días que no lo veo. – Estas conversaciones sociales se seguían de memoria, como una apertura de ajedrez. Mi contestación era la respuesta estándar numero uno.
–Dice el Líder que su muchacho es uno de nuestros recursos naturales.
–No le quepa duda. Ahora esta enfrascado en un telégrafo parlante.
El viejo arqueó una ceja
–Caramba. Como siga así, despertará los Dioses y le tiraran las orejas.
–Si, no tiene límites. Pero la tutela del Líder lo benefició, porque lo encausa en proyectos prácticos y lo aleja de fantasías inútiles –Y esa era mi segunda respuesta estándar.
Y así continuamos intercambiando amabilidades que fueron debilitándose, mientras el coche corría veloz por la calzada.

No quería ilusionarme, pero muy probablemente el Viejo quisiera reemplazar alguno de los elementos más ancianos de su estado mayor, por un hombre mas joven, creativo, capaz y fiel al sistema. Pero, como no era correcto ni practico andar haciendo especulaciones doradas antes de tiempo, me concentre en el camino.

El orden del paisaje era un argumento a favor de Eresterra y bastaba cruzar la frontera en cualquier sentido para entender la buena suerte de ser nosotros y de contar con el Líder. Mientras el vehiculo se deslizaba casi en silencio hacia el Este (pautado por la respiración de los pedaleros), teníamos una excelente vista en perspectiva de las galerías que terminaban en el bulevar. Algunas se reservaban a operaciones militares y estaban vacías; las restantes mostraban tráfico, aunque debido a la hora, poco y ordenado, pues el pueblo estaba trabajando, principalmente en tareas agrícolas o industriales.

Luego el carro dobló a la derecha, hacia el sur, por la galería principal (le llamábamos “Avenida Principal”), la del Cuartel General, distante todavía a varios kilómetros. Los caminos Norte-Sur, a diferencia de los transversales, eran rectilíneos, sin la ilusión del “fondo del valle”, y podía verse por ellos hasta muy lejos.

Algunas manzanas dedicadas al cultivo, lucían sin los paneles laterales, y podían verse las columnas desnudas soportando el techo, o sea, el nivel superior. Mujeres, adolescentes y niños trabajaban allí en la producción de alimentos. Pasamos por fábricas ubicadas cerca de escaleras caracol, que conducían sus chimeneas y cloacas hasta los huecos de aire. Eso y el sonoro y continuo martillar las delataba. También abundaban los parques bien cuidados, productores de aire. Pero no existía la salvaje proliferación de plantas, propia de los territorios exteriores. Los arboles en las galerías o túneles ocupaban la línea central, dividiendo el camino en las dos direcciones opuestas.

Antes de llegar al Cuartel atravesamos dos guarniciones de control, separadas por un par de kilómetros, superados con elegancia por el mayordomo, que se incorporaba, majestuoso. Su sola presencia era el pasaporte. Luego la población militar disminuyo y la urbanización tomó aspecto más distinguido. Nos acercábamos al centro geométrico del país, que el Líder se empeñaba –desde hacía muy poco– en llamar Eresterra por ignotos motivos. Esta nueva denominación bajaba lentamente al pueblo a través de la burocracia.

En esta zona central, una nueva clase de ciudadanos se hacía cada vez más notable: los comerciantes, una consecuencia de la introducción de la moneda, diez años atrás. Los comerciantes estaban modificando algunas costumbres de la sociedad. Por ejemplo, ahora nadie se sorprendía de encontrar una manzana entera, desmontada, parqueada, con una bella y original vivienda en el centro, rodeada de una verja metálica. Residencias así, propias de libros de historia, si bien eran bonitas y acogedoras, adolecían de ineficiencia, y la ineficiencia era un viejo pecado en Eresterra. Uno se preguntaba que sentido tenía un techo a dos aguas debajo del cielorraso del nivel, desperdiciando quince metros de espacio vertical. Un hogar normal ocupaba mejor el volumen: con seis plantas, se componía de funcionales pisos de metal, a veces revestidos de alfombra, y paredes desmontables de espuma plástica. En una manzana, cabían trescientos o seiscientos, según la categoría. La aparición de los comerciantes, con fácil acceso al Líder, regulados con ventajosas leyes especiales, despertó cierto resentimiento. Pero el Líder explicaba que muchas necesidades de la sociedad se resolvían más rápido con ellos y que la concesión de algunos privilegios era un precio muy bajo a pagar a cambio de los beneficios generales que se conseguían. Y eso era cierto: nuevos productos muy útiles (ciertas herramientas, ciertos materiales, ciertos alimentos), que antes escaseaban o eran directamente inexistentes, ahora abundaban, porque los comerciantes los importaban desde lugares lejanos, a cambio de otros que podíamos fabricar con mucha facilidad y que eran valiosísimos afuera. Otra de las nuevas leyes impuestas por el Líder decía que cualquiera podía comerciar, registrándose en un libro público y pagando unos impuestos proporcionales a su ganancia y que las ganancias le pertenecían exclusivamente al comerciante. Propiedad privada, le llamaban.

Yo sentía demasiada admiración por el Líder para criticarlo y si el decidía hacer algo, confiaba en que estaría bien.

En las cercanías de la casa de gobierno, los muros metálicos de las calles y avenidas lucían tan pulidos que podíamos vernos en ellos, con la regular interrupción de portones, puertas y ventanas, que nunca emergían del plano general de la superficie de los muros. También circulaba mucha más gente, funcionarios, militares y mercaderes.

Desde lejos vimos acercarse otro muro, que interrumpía el camino. Llegados a el, doblamos a la derecha, sumándonos al trafico de una avenida mas ancha. Esta avenida rodeaba la zona unificada de seis por seis manzanas de la Casa de Gobierno y Cuartel General (que ocupaba además, varios niveles arriba), complejo conocido popularmente como La Mole.

El vehiculo bordeó la acera izquierda en La Mole, buscando una entrada entre tantas. Al final se detuvo. El viejo Atias bajo rápidamente, me hizo una seña y lo seguí mientras preparaba mis credenciales firmadas y selladas por el Líder. Mucha gente circulaba por la acera y grupos de soldados vigilaban distintas puertas a lo largo de las seis cuadras continuas de frente metálico. El viejo encaró los cuatro ballesteros que vigilaban la entrada elegida.
–El mayor Zequiel, a cargo de la frontera Norte –me anunció.
Los hombres se cuadraron, saludando. Conocía a dos de ellos. Uno tomo la credencial que le alcancé, y luego de echarle un vistazo, la devolvió de inmediato, repitiendo la venia. Otro, tomo nota en un atril.
–Todo en orden, mayor. Pase.
Y así penetramos en La Mole.
Por supuesto, no era la primera vez que traspasaba sus puertas, así que ya conocía su curioso trámite de ingreso, que a tantos dignatarios extranjeros había ofendido. Llegamos a una sala con varias salidas, donde otro soldado –amablemente– me colocó una capucha negra, asegurándose de impedir mi visión por debajo del borde. Luego me hizo girar sobre mi mismo varias veces, y cuando decidió que estaba adecuadamente desorientado, me detuvo. Entonces, sentí que el mayordomo sujetaba mi brazo.
–Vamos, nos espera una caminata.
–Muy bien –respondí, respirando con precaución bajo la tela.
El viejo me guió a través de pasillos, rampas y salas, saludando otras personas, comentando banalidades y haciéndome chistes sobre los métodos de acceso al Cuartel.
Aun en tinieblas, advertí que el camino tomado era distinto en esta ocasión, como en todas, debido al tiempo invertido, y otros detalles, como la sucesión izquierda-derecha, arriba-abajo y por el tamaño de algunas cámaras atravesadas (evidenciado por el eco). Sin embargo, las precauciones de seguridad tomadas me regocijaban, tanto como a otros ofuscaba.
Se decía que La Mole era un laberinto blindado en su mayor parte, fácilmente configurable, con paredes corredizas y basculantes, trampas y nidos de ballesteros. También, que el Líder no siempre estaba en ella, y que durante el paseo ciego, bien podíamos estar saliendo del edificio y entrando en otro.
Quince minutos después nos detuvimos. Escuchaba un rumor de conversaciones a mí alrededor.

–Ya llegamos.

Me saque la capucha. Éramos unas treinta personas en un gran salón, decorado según modelos antiguos, con divanes y sillas tapizados con primor y maderas talladas. Las paredes, revestidas de tejidos multicolores, mostraban imágenes arboladas, como así también los grandes cuadros antiguos fijados a ellas. El cielorraso presentaba una bóveda inusual, pintada en degrade celeste: mas claro abajo que en la cúspide, adornada con manchas blancas, como volutas de vapor. Habiendo extraído el habitual techo plano luminiscente, los decoradores optaron reemplazarlas con... antiguas lámparas de aceite, de bronce lustrado y tubos de cristal. Por eso la iluminación, si bien agradable, era un poco penumbrosa. Cubría el piso una alfombra roja de complejo dibujo, tal vez copiado de alguna serpiente. También descubrí dos puertas blancas, muy altas, de doble hoja y ornato dorado, ambas flanqueadas por guardias. La estética había cambiado notablemente en el corazón de Eresterra desde mi última vez.

Entregué la capucha al mayordomo. Atias me palmeó afectuosamente, se despidió y se fué, y así me descubrió la puerta de entrada. La otra puerta era insistentemente vigilada por los demás que, como yo, esperaban al Líder.

Iba a sentarme, pero atraído por los cuadros, camine hasta el más cercano.

Lo raro de la escena era el fondo. Entre los árboles de un bosque se veían mas árboles, pero muy lejanos. Y entre esos, otros más, aún más lejanos. El fondo final era un telón celeste suavemente degradado como la bóveda de la sala. Tampoco veía columnas sosteniendo el techo. Obviamente, los árboles se erguían en un espacio libre muy grande. Era sin duda, una sutil obra de fantasía.

El cuadro contiguo era similar. El escenario pintado aparentaba algo mas que los 10 metros de altura estándar, diría que cien. El punto de vista de la escena era superior, y se ubicaba al borde de una elevación cubierta de pasto y pinos. Abajo se extendía una ladera con más pinos que se transformaban en puntitos con la lejanía y luego en una mancha verde continua. A continuación seguía una faja amarilla de terreno y luego algo así como una llanura metálica… no, era agua. Quede anonadado por semejante cantidad de agua: así luciría una piscina de varios kilómetros de ancho y largo. Bueno, no era tan fantasioso: debajo de nuestros pies corría el Mar Negro, de límites desconocidos. Aunque el Mar Negro fluía entre columnas…

Encaraba la siguiente pintura cuando se abrió la otra puerta, y todos nos volvimos.

Un ujier, calvo, muy delgado y elegante, vestido de librea negra, entró en la sala, miro a todos, alzó un listado entre sus manos y anunció, con esa distinguida dicción que solo se consigue con años de práctica en el corazón del poder (y también mucho engreimiento):
–Las siguientes personas me seguirán hasta el despacho del Líder. A medida que las nombre, se acercaran, y esperaran a que termine de leer la lista.

Y así se fue formando un grupito de diez hombres y mujeres, yo entre ellos.
Cuando termino de leer, el ujier nos contó nuevamente, como una gallina precavida y nos dijo:
–Bien, síganme.

Los guardias abrieron las puertas y pasamos. Esta vez, el camino era distinto, como tantas otras cosas, desde mi anterior visita. Un largo pasillo color salmón, piso de parquet y más lámparas de aceite en las paredes corría a lo largo de cincuenta pasos. Al final del pasillo seguía una escalera ascendente, y todos la subimos en orden mientras la estructura reverberaba metálicamente.

Cuando llegue, último, al nivel siguiente, quedé encandilado. Todos estaban arracimados, bloqueando la salida, mirando alrededor y debí hacer un esfuerzo para separarme del grupo y tener una vista más cómoda.

En apariencia, nos encontrábamos al borde de un bosque, bajo un cielorraso celeste cuya altura no pude determinar. Hacia un lado, el bosque era muy denso; a los costados de esa zona, raleaba, permitiendo ver cada vez más lejos: en el fondo los árboles lucían muy pequeños. En la dirección opuesta al bosque cerrado, a veinte metros de nosotros, el suelo se interrumpía en un borde abrupto, y sobre ese borde, mas abajo, se veía una lejana superficie amarilla y luego…agua… un mar. ¡Era la escena de uno de los cuadros! Tengo la inevitable manía de buscar explicaciones a lo maravilloso, tendencia que mi hijo heredó, amplificada. Y así, mientras miraba ese portento escénico, arruinaba mi sorpresa imaginando los mecanismos que la permitían. De ese modo, el cielo raso era una construcción cupular (muy grande, sin duda) con los finos paneles luminiscentes de toda la vida recortados y pegados en su interior; los árboles lejanos, miniaturas o pinturas; el acantilado, una estructura de madera revestida de pasto hidropónico; el suelo amarillo mas allá, estaba efectivamente ahí, tal vez a diez metros de profundidad; el agua a continuación también, porque se movía, pero el mar entero, tal como lucía en la lejanía... no podía existir, entonces simplemente estaba pintado; y así sucesivamente…

Los pájaros cantaban con más brío y corría una brisa agradable, seguramente producida por grandes ventiladores. En definitiva, habían logrado hacer la versión en tres dimensiones de una antigua pintura, y era en si mismo, un logro artístico. Solamente no podía explicar la ausencia de columnas… tal vez algunos de los arboles no fueran mas que columnas disfrazadas.

El ujier, acostumbrado a esta reacción de sus visitas, esperaba paciente, con una leve sonrisa en sus labios delgados.
Cuando, pasados unos segundos, la gente aparentó una cierta tendencia a explorar el entorno, carraspeó y dijo:
–Señores, el Líder nos espera.

Guiados por el funcionario, seguimos por una senda ondulante entre los arboles, hacia el núcleo del bosque, hecha de piezas duras, chatas, azuladas e irregulares (ya preguntaría que eran), separadas más o menos por la distancia de un paso. Caminamos hasta otro claro. En el centro se alzaba una construcción de paredes inclinadas hacia adentro y techo plano. Básicamente era una estructura cuadriculada de hierro, cada uno de sus cuadrados cubierto por un cristal, del piso al techo.

–La sala de juntas –anuncio el ujier.

El Líder nos recibió en la puerta, acompañado de Illiam, Jefe de la Policía de Eresterra e Imon, Jefe del Servicio Secreto.

El Líder, era un hombre mayor, pero no anciano, pues se mantenía sólido como una columna. Su barba y cabellera blanca, su expresión severa aunque bondadosa, sus rasgos fuertes pero distinguidos, eran el no va más del estilo patriarcal. Vestía una chaqueta militar azul, sin insignias, pantalones y botas. Viéndolo, era fácil vaticinarle veinte años más de gobierno. Su inflexible rutina diaria de salud era un ejemplo imitado por los hombres y mujeres de su entorno, que seguían una dieta frugal y un entrenamiento físico sin concesiones. “¡Necesito tiempo, necesito tiempo!” era una frase que siempre barbullaba, como pidiendo a los Dioses más años de vida para cumplir sus proyectos.

A medida que entrábamos, saludaba a cada uno con un apretón de manos.
–Hoy, mayor –me dijo cuando llegue hasta el– vamos a prestar especial atención a sus palabras.
–Como usted diga, señor.
–Vayan sentándose, por favor –solicitó.
Así que obedecimos y esperamos. Frente a cada silla había una copa de cristal y una jarrita de plata compartida; también un apoyahojas, hojas en blanco, plumas y tinta.
El ujier cerró las puertas de la sala y se fue, perdiéndose entre los árboles.

Hubo algunos comentarios elogiosos sobre el parque que nos rodeaba.
–Así describen los libros y los cuadros antiguos el Paraíso. Este es uno de los pocos lujos que me doy. –respondió el Viejo, sonriendo– Es el entorno perfecto para pensar en calma. Y a esta construcción –dijo señalando la habitación– le llamaban “invernadero”.

Todos admirábamos la excelente vista del parque desde la sala. Miré hacia arriba y noté que las ventanas del techo estaban abiertas. Mirando el cielorraso (impecable, se resistía a revelar su altura), estuve a un tris de preguntar como conseguían ese color celeste, pero me abstuve: no debía parecer infantilmente curioso. Imaginé entonces que habrían usado algún barniz coloreado sobre los paneles luminiscentes.

El Líder permaneció en pie, en la cabecera.
–Ahora vayamos al grano.
Nos miró largos segundos, hilando el discurso.
–Normalmente, no me encargo de cuestiones referidas a individuos. –comenzó– Lo hacen mis colaboradores. Cuando mucho, si el sujeto es importante, recibo un resumen periódico, informándome del estado de la situación. Pero en este caso hay una excepción, es sumamente importante y me toca directamente. Estoy personalmente interesado en este caso.
Nos miró a todos unos segundos.
–Muchos de ustedes saben a que me refiero. Ahora informaremos al resto.
Parecía que mis dorados sueños, sabiamente reprimidos al inicio del viaje, habían sido nada más que eso. La situación no pintaba como una honorable ceremonia de ascenso.
–Habitualmente, en el gobierno, tenemos emergencias a futuro, de todo tipo, económicas y militares. Que a veces no llegan al conocimiento del pueblo simplemente porque supimos conjurarlas. Otras veces, las amenazas no pasan de ser hipótesis incumplidas, porque algún punto desconocido de la Realidad difirió, por suerte, de nuestros pensamientos. Hacemos planes, los guardamos, y si los problemas surgen, los ejecutamos. Pero siempre trabajando a futuro.

Hizo una pausa.

–Ahora surgió una nueva emergencia, muy preocupante, totalmente imprevista, y que nos deja un escaso margen de maniobra.

Hizo otra pausa, mirándome.

–A los que no lo conocen, quiero presentarles al mayor Zequiel, a cargo de la frontera norte en estos momentos. El mayor es padre, por supuesto, de nuestro colaborador Ulio Zequiel.
Me señaló.

Si alguna vez quise ser el centro de atención, debí aprovecharlo en ese momento.
El Líder, siguió:
–Mayor, ¿cuanto tiempo hace, exactamente, que no ve a su hijo?
La pregunta me sorprendió y mientras la digería, sentí un gran miedo, como si me fuera hundiendo en el agua helada.
–¿Qué…que ha ocurrido?
El Líder me observaba cuidadosamente.
–Respóndame, por favor.
–No se, debería hacer memoria, pero hará cosa de… no se, diez días, de la ultima vez que estuve en casa. ¿Que ha ocurrido? ¿No esta en el Instituto?
–Hace siete días que desapareció. Y no solo, también falta Jandro, hijo de Artin.
–¿Jandro también?¿Como?
–Eso queremos saber.

Aparentemente, ambos, Ulio y yo, estábamos en medio de alguna infracción contra el Estado, y eso era muy peligroso. De pronto mis sentidos se aguzaron, como si caminara sobre una cornisa.

El líder hablaba como eligiendo sus palabras de arriba de la mesa.

–Mayor, su hijo, Ulio, es tan importante para nosotros como para usted. Por empezar, lo queremos y apreciamos. No necesita presentación, es un personaje bien conocido. También lo es Jandro, hijo de Artin. Los dos trabajaban estrechamente conmigo, porque yo comprendo la importancia del conocimiento, la tecnología y la cultura y me interesan mucho: son mis herramientas. Puedo decir que algo del futuro de Eresterra está, desproporcionadamente, en las manos de cada uno de ellos. Ulio desarrolló nuestro telégrafo, y estaba perfeccionando el siguiente modelo. Jandro es un experto en lenguajes antiguos y muchos otros temas. Cada uno es una fuente de nuevas ideas, muchas disparatadas, pero también, muchas otras muy útiles. Son “rara avis”, gente sin pereza intelectual, que disfrutan con lo que otros no podrían hacer ni en mil años. Por todo eso, estamos preocupados por ellos. Y estaré doblemente preocupado si esos muchachos caen en manos ajenas a Eresterra.

¿Que quería decir?, pensé. ¿Acaso se habían pasado a un reino extranjero?¿Tenían noticias de ellos? No sabia si sentir alivio o pavor.

El Líder dejo pasar unos segundos, para que digiriéramos bien sus palabras.
–Además de todo, junto con su colega, Jandro, estaba a cargo del análisis y recuperación de artefactos antiguos. Con artefactos queremos decir de todo: aparatos, objetos domésticos, libros. También, algunos de esos artefactos han desaparecido. Doctora Licia, por favor, explíquele al mayor acerca de esos objetos.

La Doctora Licia dirigía el área de historia de la Universidad de Eresterra. Era una mujercita de aspecto maternal, que nadie hubiera mirado dos veces por la calle.
La señora carraspeo un poco antes de hablar con su voz pequeña. Todos debieron estirar los pescuezos para escucharla mejor.

–Específicamente falta un manual escrito en un antiguo idioma, en un alfabeto distinto del nuestro. El libro esta escrito en “ingles”, en un alfabeto llamado “latino”, y aparentemente, lo usaba uno de los gremios prehistóricos, el de Mantenimiento. Según parece, se trata de un manual técnico del Mundo.
–¿Como es eso? –quise saber– Es decir, si se puede. –me excusé, mirando al Líder.
–Por supuesto –respondió el Gran Jefe– Doctora, puede dar más detalles al mayor…
–El libro describe detalles físicos del Mundo, con muchos planos en planta, de perfil, etc., con sus circuitos eléctricos, fluviales, aéreos, etc. También muchas funciones ocultas, sobre todo. Nuestros mapas se completarían si lo tuviéramos. Jandro estaba haciendo la traducción.
–¿Que más falta, Doctora? –insistió el Líder
–No estamos muy seguros, aún estamos haciendo el arqueo. Muchas etiquetas identificatorias se desprendieron de los objetos en la última mudanza al museo nuevo, y ahora debemos asegurarnos que el aspecto de cada artefacto no etiquetado coincida con una sola descripción del listado. Cuando esa descripción coincide con un objeto y nos aseguramos que ningún otro objeto lo hace, entonces lo tenemos identificado y lo re-etiquetamos. Y lo marcamos como “presente”. Los no marcados como “presente” serán los que faltan… o a ese grupo pertenecerán los que faltan.
–¿Cuanto tiempo cree que tardarán en terminar esa tarea?
–Lamentablemente necesitaremos un par de semanas más.
–O sea que no sabemos exactamente lo que se llevaron.
–Me temo que no– dijo la pobre mujer, sintiéndose miserable.
El Líder se volvió a mí.
–No sabemos si los raptaron, si se fueron por su cuenta, si se fueron por disconformidad o de paseo, si es una travesura o una cosa seria. O si murieron. Confiamos en que usted pueda proveernos alguna pista sobre este asunto.
Y se quedó mirándome. Era mi momento de hablar, y tenía la boca seca. La copa y la jarra, al alcance de mi mano, me miraban como desde diez kilómetros. No era el momento apropiado de hacer una jactanciosa pausa y beber un poco de agua.
Así que mi primera frase sonó ridículamente aflautada.
–No se que decir… ejem, no se como puedo resultar útil.
El líder hizo una seña a Illiam, el jefe de Inteligencia.
Illiam froto sus manos lentamente, como si estuviera lavándolas bajo un chorro invisible de agua seca.
–Usted mantenga la calma. No se preocupe por hacernos una descripción micrométrica de todo lo que vio. La memoria no funciona así. No queremos presionarlo. Si lo presionamos, su mente podría inventar detalles para completar huecos en sus recuerdos. Lo someteremos a unos cuantos minuciosos interrogatorios, tenga la seguridad. Debemos reconstruir todo y ver que provecho podemos sacar de sus respuestas. También interrogaremos otras personas. Pero la verdad la extraeremos nosotros, no usted. Se sorprendería de la cantidad de información que puede sacarse de inofensivas declaraciones, cruzadas unas con otras y analizadas sobre papel. Alguien debe saber algo acerca del paradero de estos chicos.
–Le pedimos, mayor –agrego el Líder– que vaya relajando la memoria. Tranquilo, usted es un leal elemento de Eresterra. Pero lo precisaremos para nosotros por un largo tiempo.
–Usted, mayor, sabe como funciona su hijo. Usted es un experto en su hijo –redondeó Illiam – Esa es su ventaja sobre todos los otros informantes.
A partir de allí comencé a tranquilizarme y a pensar activamente en busca de señales en mis recuerdos que pudieran haber anticipado la desaparición.
El Lider se alejó un poco de la cabecera, las manos unidas a la espalda.
–No es tarea banal irse de paseo por ahí. Es peligroso, no hay alimentos arriba de una alacena, hay que cazar, y estos muchachos no reúnen el perfil requerido para sobrevivir. Son chicos cómodos, hijos de la civilización, y además, especialmente consentidos. Por eso, una hipótesis muy creíble es que han sido raptados. Pero tanto si fueron raptados como si no, se plantea un nuevo problema: ¿como hicieron, los implicados, para desaparecer de la vista sin mínimos indicios? Si tuviéramos noticias de ellos fuera de la frontera, la situación se agravaría: ¿como hicieron para salir del país sin ser detectados? Si fue un rapto, la gravedad se duplica, porque el camino hecho en total secreto, fue doble. En resumen, además de todos los problemas suscitados, aunque ambos muchachos fueran un par de estúpidos llevando un tomate, tendríamos un grave hueco en la seguridad.

Hubo un silencio.

–Se que está de más decirlo, pero lo remarcaré: les pido encarecidamente a los presentes observar un estricto secreto de lo hablado en esta reunión. Esto pasa a ser Secreto Estatal. Si corriera la voz de lo ocurrido, no solo nos desprestigiaría, estimulando posibles ataques, sino que, en caso de tratarse de una simple fuga o travesura, los extranjeros organizarían partidas de caza tratando de hallarlos antes que nosotros, habiendo ya deducido su valor por nuestra preocupación y contramedidas. Y ni esos chicos ni los artefactos que llevan deben caer en manos extrañas. Si eso ocurriera, nuestra supervivencia podría reducirse a días. A lo mejor ya esta reducida a días.

Se volvió a mí:
–Usted conservará su jerarquía. Pero deberé relevarlo de su posición en la frontera. Eso obedece a los siguientes motivos, que son muy razonables. En primer lugar, no puedo dejar un padre apesadumbrado a cargo de una tarea delicada como la vigilancia de un territorio. Segundo: necesito que alguien –sin relación con el desaparecido– esté al mando del Norte, una posible puerta de salida de Eresterra… si ese fuera el caso de Ulio y Jandro, si estuvieran marchándose sin saludar, digámoslo así. Tercero: lo necesitamos acá, para proveernos la mínima pista que nos pueda dar. Y cuarto: es muy probable que lo ubique al frente de una expedición de búsqueda y rescate, si hay evidencias de que los muchachos están fuera de nuestro territorio.

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