10 de Agosto, año 331 del Rey Cirilo
El contingente de los Hombres Libres detiene su marcha en las cercanías de la frontera de Los Diecisiete. Los Diecisiete carecen de naciones vecinas: lindan con la selva, la tierra sin dueño. A la vera de un caudal de agua proveniente de una fuga de los pisos superiores, ciento treinta y ocho hombres de doscientos ocho, se acicalan, un poco rudamente, como guerreros que son. Es decir, limpian sus corazas, escudos y armas. Algunos, hasta se lavan la cara, enjuagan la boca y ordenan el cabello. Es menester dejar buena impresión de los Hombres Libres (en especial, entre las mujeres de Los Diecisiete, cuya belleza, dicen los rumores, no tiene igual). No se preocupa de eso quien los manda, el general Ose, ejecutor de Agelan, Señor de los Hombres Libres y Líder de la Federación de Tribus, en cuyo nombre viene. Ose posee casi cuanta mujer decida su capricho, solo limitado por razones de orden jerárquico y protocolar, y además, ha viajado confortable desde Libertia en palanquín, como corresponde a su rango.
Los sesenta y cuatro portadores de paquetes miran esos cuidados con cierta sorna, aprovechando la pausa para recuperar el respiro y tomar agua. Luego de tales prolegómenos, la tropa forma en doble hilera, fraccionada en grupos de cuatro parejas, produciendo una cadena de 16 grupos. Cada dos grupos hay un suboficial a cargo, a la derecha, fuera de línea, fiscalizando el orden, y cada cuatro suboficiales hay un oficial. Les cuento que el ocho es uno de los números sagrados de los Hombres Libres, pero mas sagrado es el dos, y aun más, la dupla del uno y el cero. Los guerreros libertianos, como hombres cabales, no saben leer, pero si reconocer los números escritos. Podría yo invitar los lectores a espiar el alma de algunos de estos luchadores, y hacer un muestreo estadístico: entonces hallaríamos cierto secreto desasosiego por el nombre del pueblo que tienen delante. Un pueblo no debe llamarse Diecisiete, de modo tan imperfecto y a contramano de un múltiplo de dos u ocho. Aunque no lo crean, esa imperfección puede traer mala suerte, tal vez no a ellos, pero si a sus visitantes. Y a lo mejor esa es la intención. ¿Como explicar, sino, que tan frágil comunidad hubiera sobrevivido a los siglos?
Mientras hacia mi relato, tal vez ustedes fatigaron sus dedos sumando y hallaron que olvide cinco viajeros. No lo hice. Se trata de los menos importantes de la misión. Cuatro de ellos son palanquineros. El quinto, el menos importante de todos, es Icardo, el eresterrano, también llamado “¡Eh, perro!”, o mejor, “¡Eh, perra!”. Icardo se recibió de esclavo el día de su captura, en una de las tantas refriegas entre Libertia y el país del Viejo Loco, o sea, Eresterra. Para sorpresa de sus captores, Icardo es alfabeto, oprobio que comparte con muchos de sus paisanos. Por motivos fuera del alcance de sus guerreros, el Señor Agelan encontró útil al prisionero y perdonó su vida, ubicándolo cerca suyo, en discreto plano. Icardo, entonces, cambio de oficio, dedicándose a escribir en tablillas las órdenes de su nuevo amo, que luego llevarían mensajeros hasta donde otros Icardos desentrañarían sus secretos. Y trabajó el escriba con tal belleza, que los receptores de las misivas tomaron aún más estima por el Señor Agelan, que además de intrépido hablaba como un sabio. En reconocimiento, el Señor de Libertia le corto a Icardo ambos meñiques, un rasgo aristocrático, en consonancia con el místico ocho. Y así, algunos prisioneros nativos de la tierra del Viejo Loco cotizan como dispositivos de encriptación/desencriptación de mensajes, porque casi nadie sabe leer. De ese modo, importante información viaja a través del Mundo más segura que en boca de muerto. (Por todo esto, a decir verdad, Icardo tiene cierta importancia, más, por respeto a los adustos guerreros libertianos, no lo diremos en voz alta).
Y ese es todo el contingente.
Ya formados, izan los estandartes (rojos y negros), y, debido a la naturaleza mayormente protocolar de la misión, inician una fanfarria con clarines y tambores. A paso lento marchan hasta el puesto fronterizo distante a 500 metros, encabezados por un pelotón de ocho (los portadores de estandartes), seguidos por la litera (flanqueada por Icardo), continuados por el resto de los guerreros.
La fanfarria, por supuesto, tiene por objeto subrayar el carácter amistoso de la visita, anticipada por mensajeros: un grupo de atacantes nunca se anunciaría con instrumentos musicales (aunque se conoce un pueblo salvaje y pollerudo que sí lo hace, en los niveles altos del Mundo). Las roncas voces cantan con fuerza pero sin gracia unos versos. Se trata de la conocida canción “¡Oh, que filosas son las espadas libertianas!”, versión apocopada para no ofender oyentes extranjeros.
Luego de varios minutos de caminar, en pocos metros la avenida se despeja de brézales, dando lugar a una calzada mas propia de zonas habitadas, con los muros metálicos libres de enredaderas. A cien pasos espera el comité de bienvenida, donde se ve otro palanquín. Más allá, dos filas de guerreros diecisietenses, de espaldas a cada muro, dignas y firmes, hacen un ancho pasillo de honor a la tropa forastera, honor que, a decir verdad, los visitantes, soldados al fin, hubieran declinado. Derecho por esa vía se llega al centro del poblado de Los Diecisiete.
Las cabeceras de ambos grupos se enfrentan, cumpliendo protocolos. Mientras ellas hacen sus arreglos, nosotros evadiremos tan aburridos asuntos y retrocederemos hasta la tropa libertiana, donde hay unos personajes que nos interesan.
Son tres (¡oh, perdón, Dios de los Números!): Icolas y Aniel, hijo y sobrino del Señor Agelan, respectivamente, y Ristotle. Estos hombres no son guerreros cualesquiera. Bueno, entre nosotros, los dos primeros no pasarían un examen minucioso: están allí más bien de paseo, beneficiados por su parentesco, aunque se espera que los años limen sus aristocráticas aristas y afilen otras. La tropa, a sus espaldas, los llama Plic y Pluc. El tercero es el que vale. Ristotle es un verdadero Portador de la Muerte Lejana. Para portar la Muerte Lejana, primero es menester haber demostrado valía como soldado convencional en muchas misiones y con diversas armas. Pocos candidatos pueden lograrlo ya que las Muertes Lejanas son apenas once (¡oh, perdón de nuevo!) y se guardan y mantienen con amor desde hace siglos. A fin de proteger mejor estas raras armas, sus portadores viajan en medio del contingente. Volvamos a Ristotle. Como cabe esperar de un soldado tan dedicado, es huraño entre los huraños. Su habilidad singular, reconozcámoslo, ha impreso cierta teatralidad a todos sus actos, inclusive el caminar, y un observador externo, entre los 138 guerreros enseguida lo señalaría, diciendo: “ese hombre es especial”. Para más singularidad, Ristotle porta la Muerte Lejana en un largo paquete rectangular que lleva en brazos (además de su gladio y ballesta reglamentaria). Así, rígido, mirando al frente, espera que los protocolos concluyan.
Asomémonos a los pensamientos de Ristotle. Ristotle esta repasando la misión encomendada. Desde hace tiempo, el poblado de Los Diecisiete es hostigado por un hombre, un solo guerrero llamado Omas. Este Omas renegó de su tribu y no contento con tal herejía, se dedicó a castigar su antiguo hogar tomando las vidas de otros guerreros, y con tan buena suerte que ni muriendo dos docenas de veces podría pagar sus culpas. Dicen que usa las flechas y la espada con maestría impar. Con la hoja es un remolino mortal, y sabiamente se ubica tan cerca de sus adversarios que los arqueros no se atreven a dispararle. Con el arco es tan rápido que puede soltar una salva precisa mientras un arquero normal cumple un ciclo de disparo. Además, es un maestro en el arte del camouflage y el desplazamiento furtivo. En definitiva, las tropas diecisietenses le tomaron miedo, y como siempre, el miedo se revistió de superstición, y ahora arguyen que simples hombres no pueden enfrentarse a un espectro. Ristotle sonríe para si y escupe al costado. Acaricia la Muerte Lejana entre sus brazos y sigue pensando.
Los diecisietenses sabían de la Muerte Lejana y su Jefe, Arcelo, pidió ayuda al Señor Agelan, su aliado. Por supuesto, Agelan exigió detalles. Sabiendo de la beldad de las mujeres dicisietenses (de las cuales poseía varias en el harén), quedó muy impresionado con el siguiente mensaje de Arcelo mencionando la “hermosa Arla” como centro del conflicto. Hombres rodeados de bellezas como los diecisietenses usarían el adjetivo “hermosa” por algo muy especial. Entonces Agelan, propuso en su respuesta librarlos del “espectro” a cambio de la hermosa Arla, argumentando además que, en el improbable caso de no vencerlo, desviaría las iras de Omas hacia otro enemigo. Por cortesía, no aclaró lo obvio, que ese “otro enemigo”, los libertianos, serían un hueso mucho mas duro de roer que sus preocupados amigos.
Arcelo tardó un poco en responder, pero al fin accedió, y así fue como se organizó el contingente y allí esta Ristotle ahora.
Lo que mantiene contrito a Ristotle, son las ordenes secretas recibidas de su Señor. Esas ordenes la comparte con Ose, su jefe inmediato, y sus compañeros Portadores. El guerrero Omas, no debe ser muerto. El astuto Agelan sabe que un hombre como aquel vale más vivo que finado, y antes de matarlo ofrecerá al campeón la oportunidad de pasarse a sus huestes, como ha hecho otras veces. Hay una admiración natural, de guerrero a guerrero, y así como un esteta no puede destruir una obra de arte, un verdadero soldado no puede matar impunemente un luchador superior sin darle una chance.
Esta decisión de Agelan acarrea a Ristotle dos problemas: uno de orden técnico y otro de prestigio. El problema técnico es: ¿donde herirle sin inutilizarle? El único punto que se le ocurre a Ristotle son las nalgas, en su opinión, un sector inútil de la anatomía. Pero un disparo de frente o de atrás podría comprometer la zona baja de la columna vertebral, así que debería tener a su victima de perfil antes de dispararle. El hombre debe poder recuperarse luego del ataque, y poder usar sus piernas, sus brazos y su cabeza. Por eso, no debe tocar esos puntos, y tampoco las articulaciones, todas importantes. Un problema técnico secundario son sus colegas. ¿Como facilitarles la tarea, si debían actuar? No confía mucho en su pericia.
Debido a la estructura cuadricular de las galerías, con cuadras de cien metros, la idea es encerrar la víctima en la trampa “H”. Esta –dicen– es una letra bárbara, y Ristotle, que se avergüenza de conocer las propias (conocimiento que tiene a bien ocultar), debe aprender otra más. Lo perverso de esta letra, además de su extranjeridad, es que no se pronuncia. Lo útil es su forma, que ayuda a describir objetos similares. Imaginemos la estructura cuadricular de calles (o túneles, como quieran llamarlos), vista de arriba. Con cinco cuadras podemos formar la “H”. Dos cuadras hacen el trazo lateral izquierdo y otras dos el derecho. En medio tenemos la “cuadra central”. Allí había que encerrar la victima. Presten atención. Un portador de la Muerte Lejana (Ristotle, el mejor) se ubicaría a doscientos metros del centro de la cuadra central, en la misma calle. El segundo Portador se ubicaría en el trazo lateral izquierdo, a doscientos metros de la cuadra central. Y el tercer portador, a la derecha. Además, la zona estaría rodeada por guerreros convencionales libertianos, y mas al exterior, por (aliviados) diecisietenses.
El ataque lo iniciará Ristotle. Si la víctima se evadiera tomando alguno de los dos trazos laterales, los otros portadores se harían cargo. Jaque mate, sin riesgos. No era honorable, pero si seguro.
Les digo en confidencia que el prestigio del Portador es social, no marcial. Matar a distancia y a salvo nunca podrá ser considerada una virtud guerrera, por muy sutiles que sean los medios para lograrlo. Esa es una razón adicional para elegir el Portador entre probos luchadores y así, no transformarlo en un paria.
Hablando de prestigio, ya mencionamos cierto problema de esa índole. Por orden del Señor Agelan debía solo herir la victima, pero ese disparo sería una mancha en su historial público de matador. No por nada su arma era llamada la “Muerte” Larga. ¿Alguien había oído hablar acaso de la “Herida” Larga? Se presentaba la oportunidad honrosa de mostrar la utilidad de “su” arma contra un combatiente superior, pero no, debía herir a Omas y ser falible. ¿Quien entendería la delicada proeza de herir benignamente a distancia? El pueblo solo aplaudía la muerte. El plan era que, a continuación y con prisa, Ose “tomara la decisión” de no matarlo, atrapándolo con su guerreros. Y así, contra la voluntad de su anfitrión Arcelo (que de salir vivo Omas, le desearía juicio sumario, tortura y muerte), llevarlo hasta Libertia. El precio político lo pagaría Ose, quien deberá inventar un modo de escamotear el reo a los diecisietenses. Agelan supone que Arcelo no arriesgara el virtual protectorado De Los Diecisiete por una mujer.
Las verificaciones fronterizas deben haber terminado porque se reinicia la marcha.
Encerrado en sus pensamientos, así entra Ristotle en territorio diecisietense. Al rebasar, el final del contingente, la línea fronteriza, la tropa anfitriona abandona la posición de firmes y marcha a sus lados en actitud protectora, actuación paradójica a los ojos forasteros.
Mientras avanzan, ambos grupos de soldados se comparan, por ocio y con disimulo, como evaluando el desenlace de un hipotético combate. Los anfitriones son altos, livianos y rápidos; sus invitados, robustos y musculosos. Los primeros solo visten telas, los segundos agregan corazas y cascos. Unos esgrimen venablos, arcos y flechas, escudos amplios de cuero y ocasionales espadas de variados diseños; los otros, alabardas, ballestas, escudos pequeños de metal y el gladio estándar de hierro, cuyos primeros cinco centímetros, dicen, son mortales. De ese combate visual los visitantes se creen ganadores; toman la escena como el epítome de la calidad sobre la cantidad, y recuerdan, además, que vienen a sacarles las papas del fuego. De pronto, sin mediar acuerdo, reanudan el canto a grito pelado.
Retornemos a la cabeza del contingente.
Sentado en su litera bamboleante, mientras escucha los vozarrones destemplados de la tropa machacar la canción y observa con indiferencia pasar las cuadras, el general imagina una olla de agua hirviendo. Es la metáfora del estrato superior de Libertia, con Agelan en la cúspide. El líder, astuto, mantiene sus colaboradores en continua competencia, y así cambian sucesivas generaciones de comandantes, purga tras purga, porque Agelan teme de continuo ser depuesto por ellos. Igual que las burbujas del agua hirviendo, los colaboradores que ascienden vuelven a bajar, pero sin regresar a la cima, complotados por el estrato inmediatamente inferior. Lástima, piensa Ose: en su devoción por la causa, lo entendió demasiado tarde.
¿Como pudo ser tan estúpido y dejarse despojar de su ejército? Ahora carecía de poder real. Además, enviar un general a una tarea banal como atrapar un bribón, por muy hábil que este fuera, es un gesto de desprecio, razona, aunque Agelan lo revistió de misión diplomática y señal de amistad hacia un soberano amigo, que no debía inquietarse con la visita de una tropa numerosa. Como si fuera poco, la tarea es una trampa en si, pues Agelan lo condena a incurrir en su ira, es decir, a fracasar. Si muere el reo (posibilidad harto probable), Ose fracasará. Si no muere, Ose deberá quitárselo a Arcelo, quién por supuesto, se ofenderá y así también, Ose fracasará, pues deshonrara a su Señor. Hay otra posibilidad, que es convertir el timo al líder local en una ventaja para el. Podría convencer a Arcelo de la necesidad de apartar a Omas de Diecisiete y no transformarlo en un mártir, pues sabe del apoyo que goza entre elementos locales disconformes, a las puertas de una rebelión. Así explicaría, de paso, que Omas pudiera escabullirse tanto tiempo. Absolutas mentiras, por supuesto y sin embargo, muy probables, y como no existe líder sin paranoia, está seguro de persuadirlo. También, sumará la argumentación clásica del beneficio futuro, que el consentimiento le reportaría frente a Agelan.
No obstante, piensa Ose, hasta esa hábil salida le depara el fracaso. Pues Agelan desconfiará aún más de un subordinado tan sutil, sellando su suerte. La conclusión de este intríngulis es, directamente, rebelarse contra su Señor. Pero ¿puede hacerlo con un centenar de hombres? Llegados a este punto, Ose imagina improbables pactos con Arcelo bajo la suposición –no tan errada– de hegemónicas aspiraciones de Agelan sobre Diecisiete. También considera a Icardo, caminando a su derecha: ese ex-soldado inteligente, podría ser liberado y transmitir información importante al Viejo Loco. Después de todo, tal vez le demuestre a su Señor que él, Ose, vale mas como aliado que como enemigo.
La avenida resuena con la marcha regular de los hombres, y pobladores curiosos se acercan a observar.
Luego de media hora se aproximan al centro político de Diecisiete (la Plaza del Palacio), en la rivera Sur del Lago Falso, una rareza topológica del Mundo.
Muchos siglos atrás una hecatombe derrumbó varios niveles, del primero al séptimo. Del primer nivel, cayo al Mar Negro un óvalo de quince manzanas de diámetro mayor. Progresivamente menos de los siguientes, y del séptimo, una manzana entera. De resultas, se formo una gran caverna que es el espacio libre mas grande conocido, después de las Separaciones. Aquí, el Mar Negro esta a la vista, y no es negro.
Se piensa que buena parte de las armas y los nuevos artefactos circulantes por el Mundo se fabricaron a partir del metal restante del desastre. De ese modo, de a poco, el volumen se fue limpiando. Y aun hoy, los diecisietenses siguen vendiendo ese hierro al extranjero.
Las tropas marchan en sentido horario en torno al Lago Falso, hacia el punto opuesto, frente a la Plaza del Palacio. A su derecha, Ose puede estudiar el mar descubierto a sus anchas, desde el Este. Hay algo extraño, forzado, en la visión de ese ovalo verdoso que se niega a ser horizontal y plano. En realidad, siente que sigue el camino al pie de una sierra líquida (aunque él nunca vio una sierra). La rivera opuesta, a un kilómetro y medio, luce más alta que la cercana. Sin embargo, el agua no fluye hacia abajo, hacia Ose, como espera su intuición, sino de izquierda a derecha, naciendo morosa bajo la costa Sur y desapareciendo bajo la costa Norte, hacia ignotos lugares del subsuelo del Mundo. Para agregar portentos, la superficie del agua no es plana, sino ligeramente cóncava y también en el sentido de la corriente. Toda esta escena puede verse gracias a los planos luminiscentes recuperados del mar y vueltos a poner, tapando los túneles interrumpidos arriba por el derrumbe. Así se forma una irregular cúpula luminosa, y Lago Falso se convierte, además, en el lugar mas claro del Mundo. Algunos chorros de agua salen de la bóveda, entre las placas de luz, generando una llovizna continua, que cae, no en vertical, sino curvándose de Este a Oeste, hasta el mar, que se eriza como la piel de un pollo verde. Las plácidas barcas que pescan allí, evitan esas zonas de lluvia. El general nota una larga cuerda uniendo cada barca a la costa Sur. También ve algunos pilares dispuestos en cuadrícula que apenas asoman del agua: los soportes del desaparecido nivel 1.
Pero Ose no esta de humor para el turismo, y redirige su atención hacia la meta. Está impaciente por superar los obstáculos rituales, conversar con Arcelo y hacerlo su aliado.
El contingente forastero arriba a la Plaza del Palacio. Según directivas recibidas por los oficiales libertianos de sus pares diecisietenses en la frontera, podrán ubicarse en el centro de la Plaza dispuestos en ocho grupos paralelos de dieciséis guerreros, con sus cuadros directivos delante, las armas en ristre y firmes, si así lo desean, porque entienden de la necesidad estética del hombre de armas de mantener digna la actitud aun en casa ajena. Sin embargo, tendrán prohibido cantar. En ambos extremos de la plaza, cuadros de tropas criollas, mas numerosas y en posición de descanso, enmarcarán los visitantes, expresando así que Arcelo, el líder anfitrión, autoriza y protege los extranjeros amigos allí apostados.
Para beneplácito de los libertianos, el frente de la plaza esta adornado en profusión con la unión de los colores de ambos pueblos: rojo, negro, amarillo y verde; hay mucha gente reunida que los saluda e incluso una banda de música, que emprende una melodía incomprensible y disonante.
Volvamos al hombro de Ristotle. Nuestro hombre experimenta cierta indiferencia hacia todos estos arreglos y en general, los eventos sociales. Digámoslo ya, Ristotle es un poco raro. Detesta las multitudes y el ruido, ama la tranquilidad, el silencio, los planes bien meditados y los asuntos técnicos, preferencias muy adecuadas para un asesino furtivo. Sus colegas sienten por él cierto temor místico y lo sospechan inhumano, ignorando que la mente del Portador está apenas un poco fuera de sintonía de las suyas, y eso en algunos pocos rubros, pero esas pequeñas diferencias lo condenan a vivir dentro de una burbuja de cristal. A través de ese cristal imaginario, Ristotle mira entre el publico las bonitas mujeres de todas las edades, reunidas en busca de nuevos genes, que intercambian sonrisas con los libertianos, para muda irritación de los varones locales. Los colegas de Ristotle se codean entre ellos, intercambiando posiciones de apetecibles piezas. Solo han visto algo parecido en el fugaz florecimiento de las niñas libertianas, desgraciado misterio atribuible tal vez a la errónea alimentación, al trabajo rudo que deben realizar, o a la mera rutina.
Las féminas diecisetenses vienen en todos los colores, aunque predomina la piel muy blanca, el pelo negro y lacio, que usan recogido; los ojos inmensos de pestañas densas; los cuellos finos y las mejillas aduraznadas. Son delgadas, de cintura estrecha y alta y notables nalgas redondas. Gustan usar vestidos livianos, breves y coloridos, ajustados a la cintura con una faja. Y, como los visitantes, parecen encontrarse hoy en estado de ebullición. Esta noche, aparentemente, la hermandad liberto-diecisietense producirá en nueve meses encantadores bebes que contribuirán a la riqueza genética de estos viejos vendedores de hierro y pescado. Aunque su principal activo es, sin que nadie lo diga, estas damas, que adornan con dignidad lejanos harenes del mundo. Así que los varones diecisietenses suspiran resignados, pensando que los hombres pueden defenderse de muchas cosas, menos de sus propias mujeres.
Ristotle medita, melancólico, que solo bajo circunstancias muy específicas podría conquistar una de esas muchachas, en alguna situación esencialmente similar a las montadas para derribar sus victimas. Descreído de sus chances, intenta detener la emotividad, mirando el mundo de manera objetiva. Entonces percibe que sus compañeros Icolas y Aniel han desaparecido y también los oficiales y el general Ose. Es decir, han penetrado al Palacio a cumplir su misión. Presentarán al hijo y sobrino de Aguelan como insignes Portadores y futuros ejecutores del favor, relegándole al anonimato, cuando serán solo torpes ayudantes. Nada de autocompasión, se dice, preparando su paciencia para resistir las próximas horas de tedio y plantón.
Mira la fachada del Palacio, intentando imaginar la escena desarrollada en su interior, conocedor al menos de los pasos básicos del protocolo y los tiempos de cada uno. Eso que llaman “Palacio” es sólo una manzana normal, pintada de manera creativa, simulando muros de piedra, ventanas inexistentes y pliegues arquitectónicos, incluidas las sombras. Sobre el muro a la izquierda de la plaza, recién lo repara, hay un gigantesco “17” pintado sobre el metal y desgastado por el tiempo. Esos símbolos deben ser los supuestamente impresos por los Dioses en épocas lejanas, que originaron el nombre del país, y que son objeto de veneración. De modo que, por consideración a los lugareños, descubre su cabeza ante la cifra y hace una adecuada pausa antes de mirar hacia otro lugar y encasquetarse nuevamente.
Las tropas libertianas son recorridas de continuo por sargentos cascarrabias, quienes aplican ocasionales planazos en los flancos acorazados de algunos guerreros, salidos de madre en su empeño de retribuir el saludo de las damas que les sonríen y guiñan el ojo. No sea que la misión fracase por unos pocos tontos incapaces de controlar sus testículos.
Al rato algunos sargentos son llamados al frente del cuadro y vuelven con la nueva de ordenar posición de descanso. Los soldados se distienden, depositan la impedimenta en el piso y se sientan encima, intercambiando cantimploras y quitándose cascos. El estado anímico de toda la plaza se suaviza y el público se acerca a conversar con los forasteros, especialmente las damiselas.
Ristotle imita al resto, y descansa sobre su mochila, sin soltar nunca La Muerte Lejana, como si mimara un monstruoso bebe rectangular.
Delante suyo dos adolescentes asombrosamente delicadas están prendidas a los bíceps de un colega y conversan con él en voz baja, mirándolo con fiera voracidad. Lo que no podrían hacer tres lanceros diecisietenses van a lograrlo dos tiernas púberes en un abrir y cerrar de ojos. Ristotle sospecha que las defensas generales de este pueblo son más eficientes que el hierro y menos esotéricas que la imposibilidad del diecisiete de ser dividido por dos u ocho.
Para morigerar la envidia, Ristotle mira hacia otro lado y se encuentra de cerca con unos muslos bien curvados. Mira hacia arriba, donde descubre un par de ojazos enfocándolo. Caramba, alcanza a pensar, estamos rodeados. El no lo sabe, pero es un hombre bien parecido, y como dijimos al principio, lo envuelve una especial aureola de oscuro poder que obviamente ha tirado de esta mujer.
–Hola guerrero –dice ella con cierta burla, los brazos en jarras– ¿que haces, tan abrazado a tu arma? Deberías compartir ese peso con alguien más.
–Quisiera hacerlo –responde, sonriendo a su pesar– pero no puedo separarme de ella.
–No te preocupes, eso es muy normal, no me gustaría un hombre separado de su hierro, pero podrías al menos mostrármelo un poco y hasta prestármelo.
La mujer es mayor que el, tendrá unos treinta años, y en la apariencia es una decisietense típica, pero no su talante. Su sonrisa es pequeña y dura y sus ojos le recuerdan las alas extendidas de un cuervo. Ya conoce esta clase de mujeres: las únicas que no le temen, las guerreras mayores de las sábanas, que hartas de los hombres comunes buscan nuevos sabores y experiencias escabrosas.
–A cambio, te puedo prestar las mías, ¿que te parece?
El se ríe y ella se sienta al lado, pegándosele. Sin esperar más, Ristotle la rodea con su brazo. Estimulado por tan elástico contacto, su interior comienza a bullir.
Luego de intercambiar unos besos profundos ella le propone hospedarse en su casa. La mente militar de Ristotle vuelve a funcionar e imagina un retorcido complot mediante el cual la amable gente de Diecisiete seduce sucesivos regimientos y se apodera de las Muertes Lejanas. Pero espanta esas imaginaciones con unos manotazos de racionalidad y contesta:
–Está bien, pero antes deberé dejar en custodia esta arma –le explica palpando la caja.
–¿Tan importante es?
–No puedo andar llevándola de aquí para allá como una espada o una ballesta. Mírala.
Y abre la caja para ella.
Adentro, larga, oscura, lustrosa y antigua, yace la Muerte Lejana.
Hasta una ignorante como esa mujer comprende que presencia una obra tecnológica de los Dioses: nunca ha visto un metal tan bruñido y perfectamente moldeado. Ahora su voz refleja respeto y asiente. Impresionada por la tenebrosidad de su hombre, se aprieta a él con mas fuerza.
El rango de Ristotle es equivalente a teniente del ejército. En operaciones de campo, solo depende de la autoridad mayor de su división. Durante desplazamientos masivos de la división y las ceremonias protocolares, depende de cualquier oficial. Diferente es la situación de los otros dos Portadores: su jerarquía es apenas menor a general y en la práctica son veedores de Agelan. Por estos motivos Ristotle debe esperar mansamente el retorno de sus oficiales antes de mover un solo pelo. Sin embargo, cuado retornan, las nuevas son buenas. Toda la tropa libertiana es invitada a un festín en compañía del líder Arcelo, y además, pueden traer sus nuevas amigas. Esto, piensa el Portador, explica muchas cosas. Pero no piensa mas, y mira los armeros libertianos retirando espadas y ballestas. Cuatro de ellos, sosteniendo una lona de cuatro manijas, circulan entre los soldados, que depositan allí sus armas, pues no se debe entrar al Palacio pertrechado de filos. Ristotle, sin embargo, espera por el jefe de los armeros, Ristram, que gracias a los Dioses, ahí viene. Sin mediar palabra, el Portador apoya la caja en el piso mientras el armero extrae una pequeña llave, que es usada para acerrojar dos cerraduras. Después, entrega la llave al Portador y se retira con la Muerte Lejana respetuosamente abrazada, como si llevara la bandera de Libertia.
Finalizado ese tramite, Ristotle y Arisa, guerrera mayor de las sabanas, caminan presurosos y felices hasta la entrada del palacio dentro de una corriente de gente alegre, impaciente por ocupar un lugar en el gran salón de agasajos.
No describiremos todos los detalles. Baste decir que el salón es inmenso y que posee un segundo piso en forma de herradura, enmarcando el piso debajo. Allí cenaran exclusivamente las tropas diecisietenses, aunque abajo también. Guirnaldas y banderas en las paredes y colgando del techo, repiten los colores de la fachada, como también los manteles y centros de mesa. En la planta baja, la mesa principal (donde estarán los lideres), se dispuso bajo el extremo cerrado del primer piso, abarcando su ancho y el resto, en perpendicular, a lo largo del salón.
Transcurrida media hora el salón esta a rebosar, y al fin, llega el general Ose (seguido de sus oficiales e Icardo), a quién sus soldados saludan con una ovación. El petiso general responde orgulloso al bramido, alzando una mano, y se dirige a la cabecera. Minutos después aparece el líder Arcelo, entre sonar de clarines, mientras los presentes se incorporan. Arcelo es un poco más alto y digno que el ejecutor de Agelan, carece de barriga, aunque le ralea el pelo. No viste como un guerrero sino, como un comerciante, y completa su atuendo amarillo con una capa verde echada tras los hombros. Una hilera de dignatarios lo sigue.
Los hombres se acomodan y comienzan los discursos, que no son muy largos. Icardo debe leer el saludo de Agelan, que dice agradecer a los Dioses esta oportunidad de servir a su par en esta ocasión, pues se siente en deuda con la indudable cortesía diecisietense. Luego Ose se incorpora y agrega, de su propia cosecha, con lenta y profunda voz, mirando a los ojos, estar dispuesto a correr riesgos personales en la defensa de Diecisiete, que, a su juicio, es un trocito del Paraíso en este mundo brutal, y que deberá seguir siéndolo, para regocijo de todos aquellos que se sienten hombres. Sus frases son bullangueramente aprobadas por todos, en especial por las damas que, radiantes, aplauden frenéticas con gráciles manitos.
Por supuesto, Arcelo, también satisfecho, agradece las atenciones de su invitado y lanza algunos dardos contra aquellos que a contrapelo de sus compatriotas y de la entusiasta opinión de gentes extranjeras enamoradas de Diecisiete, no han sabido amar su propia tierra, mereciendo, entonces, la peor suerte. Más aplausos y además pullas contra tales desagradecidos.
Arcelo hace una señal y comienza el festín, con el raudo circular de la servidumbre, llevando manjares y bebidas a todas las mesas. A estas alturas, dado el bullicio, solo es posible conversar con los vecinos cercanos.
Los únicos no muy contagiados por el ambiente festivo son Plic y Pluc (les recuerdo, Icolas y Aniel, hijo y sobrino del Señor Agelan), quienes solo conversan entre si, mientras parten pan y esperan que les sirvan.
Arisa esta muy ocupada masajeando a Ristotle bajo el mantel, por eso el Portador ha tardado unos segundos en advertir que algo extraño ocurre. La algarabía ha decrecido al nivel de un rumor.
De espaldas a la pared del fondo de salón, a cuatro metros del medio, Ristotle levanta la vista y puede apreciar la escena con claridad. Entre las mesas centrales, avanza una muchacha de amplio vestido verde y larga cabellera negra, escoltada de otras dos.
La mujer camina sin prisas, despreocupada, con acompasado vaivén de caderas y hombros, hacia el líder Arcelo, saludando ocasionalmente a los lados, con tanta tranquilidad como por sus propios aposentos. Todas las miradas la siguen, extasiadas unas, envidiosas otras, y esos segundos que demora en llegar a la mesa principal, parecen minutos.
La joven hizo algo tan sencillo como llegar tarde, saludar lo mas granado de los presentes con una inclinación y sentarse en la silla que sus damas le separaron. Pero fue como si un viento de luz atravesara todo el salón.
–¿Quien es esa mujer? –pregunta Ristotle a su amiga.
Ella le clava los dedos en el muslo.
–La que te trajo aquí –susurra irónica–, la mujer capaz de mover tropas y provocar la muerte.
El portador todavía puede verla caminando, como si nunca se hubiera sentado. Hay una pizca marcial en esa belleza, que realza sus dotes de mujer, como un poco de carbón realza el hierro haciéndolo acero. Y es la paradójica solidez de sus hombros delgados y elegantes, la elástica seguridad de su paso, cierta secreta cualidad atlética que, adecuadamente entrenada, piensa Ristotle, harían de ella una guerrera temible. Es su actitud sencilla, desprovista de coquetería, la mirada directa y racional de sus grandes ojos azules, la que contiene otra clase de belleza y que llega al corazón de todos: la calidad. Porque esa es una verdadera dama, capaz de reducir las otras a mujerzuelas. Que se olvide ya, Agelan, de una muñeca más en su harén: esa mujer lo gobernara a él. Esa es la impresión intima de los varones recién llegados y el Portador entiende que Arcelo, sabiamente, exportará a Libertia un arma mortal, más peligrosa que un erizo armado de mil Muertes Largas, y siente un súbito respeto por él.
Ajena a los pensamientos y ensueños que ha provocado, la dama Arla apenas come, erecta y silenciosa, observando los hombres de Estado con el descuido de una tigresa frente unos simples y viejos mastines de guerra.
Mientras Arisa reclama su atención, Ristotle piensa si, en toda la historia humana, alguna vez, la belleza de una sola mujer pudo haber provocado tanta discordia entre los Hombres.
El contingente de los Hombres Libres detiene su marcha en las cercanías de la frontera de Los Diecisiete. Los Diecisiete carecen de naciones vecinas: lindan con la selva, la tierra sin dueño. A la vera de un caudal de agua proveniente de una fuga de los pisos superiores, ciento treinta y ocho hombres de doscientos ocho, se acicalan, un poco rudamente, como guerreros que son. Es decir, limpian sus corazas, escudos y armas. Algunos, hasta se lavan la cara, enjuagan la boca y ordenan el cabello. Es menester dejar buena impresión de los Hombres Libres (en especial, entre las mujeres de Los Diecisiete, cuya belleza, dicen los rumores, no tiene igual). No se preocupa de eso quien los manda, el general Ose, ejecutor de Agelan, Señor de los Hombres Libres y Líder de la Federación de Tribus, en cuyo nombre viene. Ose posee casi cuanta mujer decida su capricho, solo limitado por razones de orden jerárquico y protocolar, y además, ha viajado confortable desde Libertia en palanquín, como corresponde a su rango.
Los sesenta y cuatro portadores de paquetes miran esos cuidados con cierta sorna, aprovechando la pausa para recuperar el respiro y tomar agua. Luego de tales prolegómenos, la tropa forma en doble hilera, fraccionada en grupos de cuatro parejas, produciendo una cadena de 16 grupos. Cada dos grupos hay un suboficial a cargo, a la derecha, fuera de línea, fiscalizando el orden, y cada cuatro suboficiales hay un oficial. Les cuento que el ocho es uno de los números sagrados de los Hombres Libres, pero mas sagrado es el dos, y aun más, la dupla del uno y el cero. Los guerreros libertianos, como hombres cabales, no saben leer, pero si reconocer los números escritos. Podría yo invitar los lectores a espiar el alma de algunos de estos luchadores, y hacer un muestreo estadístico: entonces hallaríamos cierto secreto desasosiego por el nombre del pueblo que tienen delante. Un pueblo no debe llamarse Diecisiete, de modo tan imperfecto y a contramano de un múltiplo de dos u ocho. Aunque no lo crean, esa imperfección puede traer mala suerte, tal vez no a ellos, pero si a sus visitantes. Y a lo mejor esa es la intención. ¿Como explicar, sino, que tan frágil comunidad hubiera sobrevivido a los siglos?
Mientras hacia mi relato, tal vez ustedes fatigaron sus dedos sumando y hallaron que olvide cinco viajeros. No lo hice. Se trata de los menos importantes de la misión. Cuatro de ellos son palanquineros. El quinto, el menos importante de todos, es Icardo, el eresterrano, también llamado “¡Eh, perro!”, o mejor, “¡Eh, perra!”. Icardo se recibió de esclavo el día de su captura, en una de las tantas refriegas entre Libertia y el país del Viejo Loco, o sea, Eresterra. Para sorpresa de sus captores, Icardo es alfabeto, oprobio que comparte con muchos de sus paisanos. Por motivos fuera del alcance de sus guerreros, el Señor Agelan encontró útil al prisionero y perdonó su vida, ubicándolo cerca suyo, en discreto plano. Icardo, entonces, cambio de oficio, dedicándose a escribir en tablillas las órdenes de su nuevo amo, que luego llevarían mensajeros hasta donde otros Icardos desentrañarían sus secretos. Y trabajó el escriba con tal belleza, que los receptores de las misivas tomaron aún más estima por el Señor Agelan, que además de intrépido hablaba como un sabio. En reconocimiento, el Señor de Libertia le corto a Icardo ambos meñiques, un rasgo aristocrático, en consonancia con el místico ocho. Y así, algunos prisioneros nativos de la tierra del Viejo Loco cotizan como dispositivos de encriptación/desencriptación de mensajes, porque casi nadie sabe leer. De ese modo, importante información viaja a través del Mundo más segura que en boca de muerto. (Por todo esto, a decir verdad, Icardo tiene cierta importancia, más, por respeto a los adustos guerreros libertianos, no lo diremos en voz alta).
Y ese es todo el contingente.
Ya formados, izan los estandartes (rojos y negros), y, debido a la naturaleza mayormente protocolar de la misión, inician una fanfarria con clarines y tambores. A paso lento marchan hasta el puesto fronterizo distante a 500 metros, encabezados por un pelotón de ocho (los portadores de estandartes), seguidos por la litera (flanqueada por Icardo), continuados por el resto de los guerreros.
La fanfarria, por supuesto, tiene por objeto subrayar el carácter amistoso de la visita, anticipada por mensajeros: un grupo de atacantes nunca se anunciaría con instrumentos musicales (aunque se conoce un pueblo salvaje y pollerudo que sí lo hace, en los niveles altos del Mundo). Las roncas voces cantan con fuerza pero sin gracia unos versos. Se trata de la conocida canción “¡Oh, que filosas son las espadas libertianas!”, versión apocopada para no ofender oyentes extranjeros.
Luego de varios minutos de caminar, en pocos metros la avenida se despeja de brézales, dando lugar a una calzada mas propia de zonas habitadas, con los muros metálicos libres de enredaderas. A cien pasos espera el comité de bienvenida, donde se ve otro palanquín. Más allá, dos filas de guerreros diecisietenses, de espaldas a cada muro, dignas y firmes, hacen un ancho pasillo de honor a la tropa forastera, honor que, a decir verdad, los visitantes, soldados al fin, hubieran declinado. Derecho por esa vía se llega al centro del poblado de Los Diecisiete.
Las cabeceras de ambos grupos se enfrentan, cumpliendo protocolos. Mientras ellas hacen sus arreglos, nosotros evadiremos tan aburridos asuntos y retrocederemos hasta la tropa libertiana, donde hay unos personajes que nos interesan.
Son tres (¡oh, perdón, Dios de los Números!): Icolas y Aniel, hijo y sobrino del Señor Agelan, respectivamente, y Ristotle. Estos hombres no son guerreros cualesquiera. Bueno, entre nosotros, los dos primeros no pasarían un examen minucioso: están allí más bien de paseo, beneficiados por su parentesco, aunque se espera que los años limen sus aristocráticas aristas y afilen otras. La tropa, a sus espaldas, los llama Plic y Pluc. El tercero es el que vale. Ristotle es un verdadero Portador de la Muerte Lejana. Para portar la Muerte Lejana, primero es menester haber demostrado valía como soldado convencional en muchas misiones y con diversas armas. Pocos candidatos pueden lograrlo ya que las Muertes Lejanas son apenas once (¡oh, perdón de nuevo!) y se guardan y mantienen con amor desde hace siglos. A fin de proteger mejor estas raras armas, sus portadores viajan en medio del contingente. Volvamos a Ristotle. Como cabe esperar de un soldado tan dedicado, es huraño entre los huraños. Su habilidad singular, reconozcámoslo, ha impreso cierta teatralidad a todos sus actos, inclusive el caminar, y un observador externo, entre los 138 guerreros enseguida lo señalaría, diciendo: “ese hombre es especial”. Para más singularidad, Ristotle porta la Muerte Lejana en un largo paquete rectangular que lleva en brazos (además de su gladio y ballesta reglamentaria). Así, rígido, mirando al frente, espera que los protocolos concluyan.
Asomémonos a los pensamientos de Ristotle. Ristotle esta repasando la misión encomendada. Desde hace tiempo, el poblado de Los Diecisiete es hostigado por un hombre, un solo guerrero llamado Omas. Este Omas renegó de su tribu y no contento con tal herejía, se dedicó a castigar su antiguo hogar tomando las vidas de otros guerreros, y con tan buena suerte que ni muriendo dos docenas de veces podría pagar sus culpas. Dicen que usa las flechas y la espada con maestría impar. Con la hoja es un remolino mortal, y sabiamente se ubica tan cerca de sus adversarios que los arqueros no se atreven a dispararle. Con el arco es tan rápido que puede soltar una salva precisa mientras un arquero normal cumple un ciclo de disparo. Además, es un maestro en el arte del camouflage y el desplazamiento furtivo. En definitiva, las tropas diecisietenses le tomaron miedo, y como siempre, el miedo se revistió de superstición, y ahora arguyen que simples hombres no pueden enfrentarse a un espectro. Ristotle sonríe para si y escupe al costado. Acaricia la Muerte Lejana entre sus brazos y sigue pensando.
Los diecisietenses sabían de la Muerte Lejana y su Jefe, Arcelo, pidió ayuda al Señor Agelan, su aliado. Por supuesto, Agelan exigió detalles. Sabiendo de la beldad de las mujeres dicisietenses (de las cuales poseía varias en el harén), quedó muy impresionado con el siguiente mensaje de Arcelo mencionando la “hermosa Arla” como centro del conflicto. Hombres rodeados de bellezas como los diecisietenses usarían el adjetivo “hermosa” por algo muy especial. Entonces Agelan, propuso en su respuesta librarlos del “espectro” a cambio de la hermosa Arla, argumentando además que, en el improbable caso de no vencerlo, desviaría las iras de Omas hacia otro enemigo. Por cortesía, no aclaró lo obvio, que ese “otro enemigo”, los libertianos, serían un hueso mucho mas duro de roer que sus preocupados amigos.
Arcelo tardó un poco en responder, pero al fin accedió, y así fue como se organizó el contingente y allí esta Ristotle ahora.
Lo que mantiene contrito a Ristotle, son las ordenes secretas recibidas de su Señor. Esas ordenes la comparte con Ose, su jefe inmediato, y sus compañeros Portadores. El guerrero Omas, no debe ser muerto. El astuto Agelan sabe que un hombre como aquel vale más vivo que finado, y antes de matarlo ofrecerá al campeón la oportunidad de pasarse a sus huestes, como ha hecho otras veces. Hay una admiración natural, de guerrero a guerrero, y así como un esteta no puede destruir una obra de arte, un verdadero soldado no puede matar impunemente un luchador superior sin darle una chance.
Esta decisión de Agelan acarrea a Ristotle dos problemas: uno de orden técnico y otro de prestigio. El problema técnico es: ¿donde herirle sin inutilizarle? El único punto que se le ocurre a Ristotle son las nalgas, en su opinión, un sector inútil de la anatomía. Pero un disparo de frente o de atrás podría comprometer la zona baja de la columna vertebral, así que debería tener a su victima de perfil antes de dispararle. El hombre debe poder recuperarse luego del ataque, y poder usar sus piernas, sus brazos y su cabeza. Por eso, no debe tocar esos puntos, y tampoco las articulaciones, todas importantes. Un problema técnico secundario son sus colegas. ¿Como facilitarles la tarea, si debían actuar? No confía mucho en su pericia.
Debido a la estructura cuadricular de las galerías, con cuadras de cien metros, la idea es encerrar la víctima en la trampa “H”. Esta –dicen– es una letra bárbara, y Ristotle, que se avergüenza de conocer las propias (conocimiento que tiene a bien ocultar), debe aprender otra más. Lo perverso de esta letra, además de su extranjeridad, es que no se pronuncia. Lo útil es su forma, que ayuda a describir objetos similares. Imaginemos la estructura cuadricular de calles (o túneles, como quieran llamarlos), vista de arriba. Con cinco cuadras podemos formar la “H”. Dos cuadras hacen el trazo lateral izquierdo y otras dos el derecho. En medio tenemos la “cuadra central”. Allí había que encerrar la victima. Presten atención. Un portador de la Muerte Lejana (Ristotle, el mejor) se ubicaría a doscientos metros del centro de la cuadra central, en la misma calle. El segundo Portador se ubicaría en el trazo lateral izquierdo, a doscientos metros de la cuadra central. Y el tercer portador, a la derecha. Además, la zona estaría rodeada por guerreros convencionales libertianos, y mas al exterior, por (aliviados) diecisietenses.
El ataque lo iniciará Ristotle. Si la víctima se evadiera tomando alguno de los dos trazos laterales, los otros portadores se harían cargo. Jaque mate, sin riesgos. No era honorable, pero si seguro.
Les digo en confidencia que el prestigio del Portador es social, no marcial. Matar a distancia y a salvo nunca podrá ser considerada una virtud guerrera, por muy sutiles que sean los medios para lograrlo. Esa es una razón adicional para elegir el Portador entre probos luchadores y así, no transformarlo en un paria.
Hablando de prestigio, ya mencionamos cierto problema de esa índole. Por orden del Señor Agelan debía solo herir la victima, pero ese disparo sería una mancha en su historial público de matador. No por nada su arma era llamada la “Muerte” Larga. ¿Alguien había oído hablar acaso de la “Herida” Larga? Se presentaba la oportunidad honrosa de mostrar la utilidad de “su” arma contra un combatiente superior, pero no, debía herir a Omas y ser falible. ¿Quien entendería la delicada proeza de herir benignamente a distancia? El pueblo solo aplaudía la muerte. El plan era que, a continuación y con prisa, Ose “tomara la decisión” de no matarlo, atrapándolo con su guerreros. Y así, contra la voluntad de su anfitrión Arcelo (que de salir vivo Omas, le desearía juicio sumario, tortura y muerte), llevarlo hasta Libertia. El precio político lo pagaría Ose, quien deberá inventar un modo de escamotear el reo a los diecisietenses. Agelan supone que Arcelo no arriesgara el virtual protectorado De Los Diecisiete por una mujer.
Las verificaciones fronterizas deben haber terminado porque se reinicia la marcha.
Encerrado en sus pensamientos, así entra Ristotle en territorio diecisietense. Al rebasar, el final del contingente, la línea fronteriza, la tropa anfitriona abandona la posición de firmes y marcha a sus lados en actitud protectora, actuación paradójica a los ojos forasteros.
Mientras avanzan, ambos grupos de soldados se comparan, por ocio y con disimulo, como evaluando el desenlace de un hipotético combate. Los anfitriones son altos, livianos y rápidos; sus invitados, robustos y musculosos. Los primeros solo visten telas, los segundos agregan corazas y cascos. Unos esgrimen venablos, arcos y flechas, escudos amplios de cuero y ocasionales espadas de variados diseños; los otros, alabardas, ballestas, escudos pequeños de metal y el gladio estándar de hierro, cuyos primeros cinco centímetros, dicen, son mortales. De ese combate visual los visitantes se creen ganadores; toman la escena como el epítome de la calidad sobre la cantidad, y recuerdan, además, que vienen a sacarles las papas del fuego. De pronto, sin mediar acuerdo, reanudan el canto a grito pelado.
Retornemos a la cabeza del contingente.
Sentado en su litera bamboleante, mientras escucha los vozarrones destemplados de la tropa machacar la canción y observa con indiferencia pasar las cuadras, el general imagina una olla de agua hirviendo. Es la metáfora del estrato superior de Libertia, con Agelan en la cúspide. El líder, astuto, mantiene sus colaboradores en continua competencia, y así cambian sucesivas generaciones de comandantes, purga tras purga, porque Agelan teme de continuo ser depuesto por ellos. Igual que las burbujas del agua hirviendo, los colaboradores que ascienden vuelven a bajar, pero sin regresar a la cima, complotados por el estrato inmediatamente inferior. Lástima, piensa Ose: en su devoción por la causa, lo entendió demasiado tarde.
¿Como pudo ser tan estúpido y dejarse despojar de su ejército? Ahora carecía de poder real. Además, enviar un general a una tarea banal como atrapar un bribón, por muy hábil que este fuera, es un gesto de desprecio, razona, aunque Agelan lo revistió de misión diplomática y señal de amistad hacia un soberano amigo, que no debía inquietarse con la visita de una tropa numerosa. Como si fuera poco, la tarea es una trampa en si, pues Agelan lo condena a incurrir en su ira, es decir, a fracasar. Si muere el reo (posibilidad harto probable), Ose fracasará. Si no muere, Ose deberá quitárselo a Arcelo, quién por supuesto, se ofenderá y así también, Ose fracasará, pues deshonrara a su Señor. Hay otra posibilidad, que es convertir el timo al líder local en una ventaja para el. Podría convencer a Arcelo de la necesidad de apartar a Omas de Diecisiete y no transformarlo en un mártir, pues sabe del apoyo que goza entre elementos locales disconformes, a las puertas de una rebelión. Así explicaría, de paso, que Omas pudiera escabullirse tanto tiempo. Absolutas mentiras, por supuesto y sin embargo, muy probables, y como no existe líder sin paranoia, está seguro de persuadirlo. También, sumará la argumentación clásica del beneficio futuro, que el consentimiento le reportaría frente a Agelan.
No obstante, piensa Ose, hasta esa hábil salida le depara el fracaso. Pues Agelan desconfiará aún más de un subordinado tan sutil, sellando su suerte. La conclusión de este intríngulis es, directamente, rebelarse contra su Señor. Pero ¿puede hacerlo con un centenar de hombres? Llegados a este punto, Ose imagina improbables pactos con Arcelo bajo la suposición –no tan errada– de hegemónicas aspiraciones de Agelan sobre Diecisiete. También considera a Icardo, caminando a su derecha: ese ex-soldado inteligente, podría ser liberado y transmitir información importante al Viejo Loco. Después de todo, tal vez le demuestre a su Señor que él, Ose, vale mas como aliado que como enemigo.
La avenida resuena con la marcha regular de los hombres, y pobladores curiosos se acercan a observar.
Luego de media hora se aproximan al centro político de Diecisiete (la Plaza del Palacio), en la rivera Sur del Lago Falso, una rareza topológica del Mundo.
Muchos siglos atrás una hecatombe derrumbó varios niveles, del primero al séptimo. Del primer nivel, cayo al Mar Negro un óvalo de quince manzanas de diámetro mayor. Progresivamente menos de los siguientes, y del séptimo, una manzana entera. De resultas, se formo una gran caverna que es el espacio libre mas grande conocido, después de las Separaciones. Aquí, el Mar Negro esta a la vista, y no es negro.
Se piensa que buena parte de las armas y los nuevos artefactos circulantes por el Mundo se fabricaron a partir del metal restante del desastre. De ese modo, de a poco, el volumen se fue limpiando. Y aun hoy, los diecisietenses siguen vendiendo ese hierro al extranjero.
Las tropas marchan en sentido horario en torno al Lago Falso, hacia el punto opuesto, frente a la Plaza del Palacio. A su derecha, Ose puede estudiar el mar descubierto a sus anchas, desde el Este. Hay algo extraño, forzado, en la visión de ese ovalo verdoso que se niega a ser horizontal y plano. En realidad, siente que sigue el camino al pie de una sierra líquida (aunque él nunca vio una sierra). La rivera opuesta, a un kilómetro y medio, luce más alta que la cercana. Sin embargo, el agua no fluye hacia abajo, hacia Ose, como espera su intuición, sino de izquierda a derecha, naciendo morosa bajo la costa Sur y desapareciendo bajo la costa Norte, hacia ignotos lugares del subsuelo del Mundo. Para agregar portentos, la superficie del agua no es plana, sino ligeramente cóncava y también en el sentido de la corriente. Toda esta escena puede verse gracias a los planos luminiscentes recuperados del mar y vueltos a poner, tapando los túneles interrumpidos arriba por el derrumbe. Así se forma una irregular cúpula luminosa, y Lago Falso se convierte, además, en el lugar mas claro del Mundo. Algunos chorros de agua salen de la bóveda, entre las placas de luz, generando una llovizna continua, que cae, no en vertical, sino curvándose de Este a Oeste, hasta el mar, que se eriza como la piel de un pollo verde. Las plácidas barcas que pescan allí, evitan esas zonas de lluvia. El general nota una larga cuerda uniendo cada barca a la costa Sur. También ve algunos pilares dispuestos en cuadrícula que apenas asoman del agua: los soportes del desaparecido nivel 1.
Pero Ose no esta de humor para el turismo, y redirige su atención hacia la meta. Está impaciente por superar los obstáculos rituales, conversar con Arcelo y hacerlo su aliado.
El contingente forastero arriba a la Plaza del Palacio. Según directivas recibidas por los oficiales libertianos de sus pares diecisietenses en la frontera, podrán ubicarse en el centro de la Plaza dispuestos en ocho grupos paralelos de dieciséis guerreros, con sus cuadros directivos delante, las armas en ristre y firmes, si así lo desean, porque entienden de la necesidad estética del hombre de armas de mantener digna la actitud aun en casa ajena. Sin embargo, tendrán prohibido cantar. En ambos extremos de la plaza, cuadros de tropas criollas, mas numerosas y en posición de descanso, enmarcarán los visitantes, expresando así que Arcelo, el líder anfitrión, autoriza y protege los extranjeros amigos allí apostados.
Para beneplácito de los libertianos, el frente de la plaza esta adornado en profusión con la unión de los colores de ambos pueblos: rojo, negro, amarillo y verde; hay mucha gente reunida que los saluda e incluso una banda de música, que emprende una melodía incomprensible y disonante.
Volvamos al hombro de Ristotle. Nuestro hombre experimenta cierta indiferencia hacia todos estos arreglos y en general, los eventos sociales. Digámoslo ya, Ristotle es un poco raro. Detesta las multitudes y el ruido, ama la tranquilidad, el silencio, los planes bien meditados y los asuntos técnicos, preferencias muy adecuadas para un asesino furtivo. Sus colegas sienten por él cierto temor místico y lo sospechan inhumano, ignorando que la mente del Portador está apenas un poco fuera de sintonía de las suyas, y eso en algunos pocos rubros, pero esas pequeñas diferencias lo condenan a vivir dentro de una burbuja de cristal. A través de ese cristal imaginario, Ristotle mira entre el publico las bonitas mujeres de todas las edades, reunidas en busca de nuevos genes, que intercambian sonrisas con los libertianos, para muda irritación de los varones locales. Los colegas de Ristotle se codean entre ellos, intercambiando posiciones de apetecibles piezas. Solo han visto algo parecido en el fugaz florecimiento de las niñas libertianas, desgraciado misterio atribuible tal vez a la errónea alimentación, al trabajo rudo que deben realizar, o a la mera rutina.
Las féminas diecisetenses vienen en todos los colores, aunque predomina la piel muy blanca, el pelo negro y lacio, que usan recogido; los ojos inmensos de pestañas densas; los cuellos finos y las mejillas aduraznadas. Son delgadas, de cintura estrecha y alta y notables nalgas redondas. Gustan usar vestidos livianos, breves y coloridos, ajustados a la cintura con una faja. Y, como los visitantes, parecen encontrarse hoy en estado de ebullición. Esta noche, aparentemente, la hermandad liberto-diecisietense producirá en nueve meses encantadores bebes que contribuirán a la riqueza genética de estos viejos vendedores de hierro y pescado. Aunque su principal activo es, sin que nadie lo diga, estas damas, que adornan con dignidad lejanos harenes del mundo. Así que los varones diecisietenses suspiran resignados, pensando que los hombres pueden defenderse de muchas cosas, menos de sus propias mujeres.
Ristotle medita, melancólico, que solo bajo circunstancias muy específicas podría conquistar una de esas muchachas, en alguna situación esencialmente similar a las montadas para derribar sus victimas. Descreído de sus chances, intenta detener la emotividad, mirando el mundo de manera objetiva. Entonces percibe que sus compañeros Icolas y Aniel han desaparecido y también los oficiales y el general Ose. Es decir, han penetrado al Palacio a cumplir su misión. Presentarán al hijo y sobrino de Aguelan como insignes Portadores y futuros ejecutores del favor, relegándole al anonimato, cuando serán solo torpes ayudantes. Nada de autocompasión, se dice, preparando su paciencia para resistir las próximas horas de tedio y plantón.
Mira la fachada del Palacio, intentando imaginar la escena desarrollada en su interior, conocedor al menos de los pasos básicos del protocolo y los tiempos de cada uno. Eso que llaman “Palacio” es sólo una manzana normal, pintada de manera creativa, simulando muros de piedra, ventanas inexistentes y pliegues arquitectónicos, incluidas las sombras. Sobre el muro a la izquierda de la plaza, recién lo repara, hay un gigantesco “17” pintado sobre el metal y desgastado por el tiempo. Esos símbolos deben ser los supuestamente impresos por los Dioses en épocas lejanas, que originaron el nombre del país, y que son objeto de veneración. De modo que, por consideración a los lugareños, descubre su cabeza ante la cifra y hace una adecuada pausa antes de mirar hacia otro lugar y encasquetarse nuevamente.
Las tropas libertianas son recorridas de continuo por sargentos cascarrabias, quienes aplican ocasionales planazos en los flancos acorazados de algunos guerreros, salidos de madre en su empeño de retribuir el saludo de las damas que les sonríen y guiñan el ojo. No sea que la misión fracase por unos pocos tontos incapaces de controlar sus testículos.
Al rato algunos sargentos son llamados al frente del cuadro y vuelven con la nueva de ordenar posición de descanso. Los soldados se distienden, depositan la impedimenta en el piso y se sientan encima, intercambiando cantimploras y quitándose cascos. El estado anímico de toda la plaza se suaviza y el público se acerca a conversar con los forasteros, especialmente las damiselas.
Ristotle imita al resto, y descansa sobre su mochila, sin soltar nunca La Muerte Lejana, como si mimara un monstruoso bebe rectangular.
Delante suyo dos adolescentes asombrosamente delicadas están prendidas a los bíceps de un colega y conversan con él en voz baja, mirándolo con fiera voracidad. Lo que no podrían hacer tres lanceros diecisietenses van a lograrlo dos tiernas púberes en un abrir y cerrar de ojos. Ristotle sospecha que las defensas generales de este pueblo son más eficientes que el hierro y menos esotéricas que la imposibilidad del diecisiete de ser dividido por dos u ocho.
Para morigerar la envidia, Ristotle mira hacia otro lado y se encuentra de cerca con unos muslos bien curvados. Mira hacia arriba, donde descubre un par de ojazos enfocándolo. Caramba, alcanza a pensar, estamos rodeados. El no lo sabe, pero es un hombre bien parecido, y como dijimos al principio, lo envuelve una especial aureola de oscuro poder que obviamente ha tirado de esta mujer.
–Hola guerrero –dice ella con cierta burla, los brazos en jarras– ¿que haces, tan abrazado a tu arma? Deberías compartir ese peso con alguien más.
–Quisiera hacerlo –responde, sonriendo a su pesar– pero no puedo separarme de ella.
–No te preocupes, eso es muy normal, no me gustaría un hombre separado de su hierro, pero podrías al menos mostrármelo un poco y hasta prestármelo.
La mujer es mayor que el, tendrá unos treinta años, y en la apariencia es una decisietense típica, pero no su talante. Su sonrisa es pequeña y dura y sus ojos le recuerdan las alas extendidas de un cuervo. Ya conoce esta clase de mujeres: las únicas que no le temen, las guerreras mayores de las sábanas, que hartas de los hombres comunes buscan nuevos sabores y experiencias escabrosas.
–A cambio, te puedo prestar las mías, ¿que te parece?
El se ríe y ella se sienta al lado, pegándosele. Sin esperar más, Ristotle la rodea con su brazo. Estimulado por tan elástico contacto, su interior comienza a bullir.
Luego de intercambiar unos besos profundos ella le propone hospedarse en su casa. La mente militar de Ristotle vuelve a funcionar e imagina un retorcido complot mediante el cual la amable gente de Diecisiete seduce sucesivos regimientos y se apodera de las Muertes Lejanas. Pero espanta esas imaginaciones con unos manotazos de racionalidad y contesta:
–Está bien, pero antes deberé dejar en custodia esta arma –le explica palpando la caja.
–¿Tan importante es?
–No puedo andar llevándola de aquí para allá como una espada o una ballesta. Mírala.
Y abre la caja para ella.
Adentro, larga, oscura, lustrosa y antigua, yace la Muerte Lejana.
Hasta una ignorante como esa mujer comprende que presencia una obra tecnológica de los Dioses: nunca ha visto un metal tan bruñido y perfectamente moldeado. Ahora su voz refleja respeto y asiente. Impresionada por la tenebrosidad de su hombre, se aprieta a él con mas fuerza.
El rango de Ristotle es equivalente a teniente del ejército. En operaciones de campo, solo depende de la autoridad mayor de su división. Durante desplazamientos masivos de la división y las ceremonias protocolares, depende de cualquier oficial. Diferente es la situación de los otros dos Portadores: su jerarquía es apenas menor a general y en la práctica son veedores de Agelan. Por estos motivos Ristotle debe esperar mansamente el retorno de sus oficiales antes de mover un solo pelo. Sin embargo, cuado retornan, las nuevas son buenas. Toda la tropa libertiana es invitada a un festín en compañía del líder Arcelo, y además, pueden traer sus nuevas amigas. Esto, piensa el Portador, explica muchas cosas. Pero no piensa mas, y mira los armeros libertianos retirando espadas y ballestas. Cuatro de ellos, sosteniendo una lona de cuatro manijas, circulan entre los soldados, que depositan allí sus armas, pues no se debe entrar al Palacio pertrechado de filos. Ristotle, sin embargo, espera por el jefe de los armeros, Ristram, que gracias a los Dioses, ahí viene. Sin mediar palabra, el Portador apoya la caja en el piso mientras el armero extrae una pequeña llave, que es usada para acerrojar dos cerraduras. Después, entrega la llave al Portador y se retira con la Muerte Lejana respetuosamente abrazada, como si llevara la bandera de Libertia.
Finalizado ese tramite, Ristotle y Arisa, guerrera mayor de las sabanas, caminan presurosos y felices hasta la entrada del palacio dentro de una corriente de gente alegre, impaciente por ocupar un lugar en el gran salón de agasajos.
No describiremos todos los detalles. Baste decir que el salón es inmenso y que posee un segundo piso en forma de herradura, enmarcando el piso debajo. Allí cenaran exclusivamente las tropas diecisietenses, aunque abajo también. Guirnaldas y banderas en las paredes y colgando del techo, repiten los colores de la fachada, como también los manteles y centros de mesa. En la planta baja, la mesa principal (donde estarán los lideres), se dispuso bajo el extremo cerrado del primer piso, abarcando su ancho y el resto, en perpendicular, a lo largo del salón.
Transcurrida media hora el salón esta a rebosar, y al fin, llega el general Ose (seguido de sus oficiales e Icardo), a quién sus soldados saludan con una ovación. El petiso general responde orgulloso al bramido, alzando una mano, y se dirige a la cabecera. Minutos después aparece el líder Arcelo, entre sonar de clarines, mientras los presentes se incorporan. Arcelo es un poco más alto y digno que el ejecutor de Agelan, carece de barriga, aunque le ralea el pelo. No viste como un guerrero sino, como un comerciante, y completa su atuendo amarillo con una capa verde echada tras los hombros. Una hilera de dignatarios lo sigue.
Los hombres se acomodan y comienzan los discursos, que no son muy largos. Icardo debe leer el saludo de Agelan, que dice agradecer a los Dioses esta oportunidad de servir a su par en esta ocasión, pues se siente en deuda con la indudable cortesía diecisietense. Luego Ose se incorpora y agrega, de su propia cosecha, con lenta y profunda voz, mirando a los ojos, estar dispuesto a correr riesgos personales en la defensa de Diecisiete, que, a su juicio, es un trocito del Paraíso en este mundo brutal, y que deberá seguir siéndolo, para regocijo de todos aquellos que se sienten hombres. Sus frases son bullangueramente aprobadas por todos, en especial por las damas que, radiantes, aplauden frenéticas con gráciles manitos.
Por supuesto, Arcelo, también satisfecho, agradece las atenciones de su invitado y lanza algunos dardos contra aquellos que a contrapelo de sus compatriotas y de la entusiasta opinión de gentes extranjeras enamoradas de Diecisiete, no han sabido amar su propia tierra, mereciendo, entonces, la peor suerte. Más aplausos y además pullas contra tales desagradecidos.
Arcelo hace una señal y comienza el festín, con el raudo circular de la servidumbre, llevando manjares y bebidas a todas las mesas. A estas alturas, dado el bullicio, solo es posible conversar con los vecinos cercanos.
Los únicos no muy contagiados por el ambiente festivo son Plic y Pluc (les recuerdo, Icolas y Aniel, hijo y sobrino del Señor Agelan), quienes solo conversan entre si, mientras parten pan y esperan que les sirvan.
Arisa esta muy ocupada masajeando a Ristotle bajo el mantel, por eso el Portador ha tardado unos segundos en advertir que algo extraño ocurre. La algarabía ha decrecido al nivel de un rumor.
De espaldas a la pared del fondo de salón, a cuatro metros del medio, Ristotle levanta la vista y puede apreciar la escena con claridad. Entre las mesas centrales, avanza una muchacha de amplio vestido verde y larga cabellera negra, escoltada de otras dos.
La mujer camina sin prisas, despreocupada, con acompasado vaivén de caderas y hombros, hacia el líder Arcelo, saludando ocasionalmente a los lados, con tanta tranquilidad como por sus propios aposentos. Todas las miradas la siguen, extasiadas unas, envidiosas otras, y esos segundos que demora en llegar a la mesa principal, parecen minutos.
La joven hizo algo tan sencillo como llegar tarde, saludar lo mas granado de los presentes con una inclinación y sentarse en la silla que sus damas le separaron. Pero fue como si un viento de luz atravesara todo el salón.
–¿Quien es esa mujer? –pregunta Ristotle a su amiga.
Ella le clava los dedos en el muslo.
–La que te trajo aquí –susurra irónica–, la mujer capaz de mover tropas y provocar la muerte.
El portador todavía puede verla caminando, como si nunca se hubiera sentado. Hay una pizca marcial en esa belleza, que realza sus dotes de mujer, como un poco de carbón realza el hierro haciéndolo acero. Y es la paradójica solidez de sus hombros delgados y elegantes, la elástica seguridad de su paso, cierta secreta cualidad atlética que, adecuadamente entrenada, piensa Ristotle, harían de ella una guerrera temible. Es su actitud sencilla, desprovista de coquetería, la mirada directa y racional de sus grandes ojos azules, la que contiene otra clase de belleza y que llega al corazón de todos: la calidad. Porque esa es una verdadera dama, capaz de reducir las otras a mujerzuelas. Que se olvide ya, Agelan, de una muñeca más en su harén: esa mujer lo gobernara a él. Esa es la impresión intima de los varones recién llegados y el Portador entiende que Arcelo, sabiamente, exportará a Libertia un arma mortal, más peligrosa que un erizo armado de mil Muertes Largas, y siente un súbito respeto por él.
Ajena a los pensamientos y ensueños que ha provocado, la dama Arla apenas come, erecta y silenciosa, observando los hombres de Estado con el descuido de una tigresa frente unos simples y viejos mastines de guerra.
Mientras Arisa reclama su atención, Ristotle piensa si, en toda la historia humana, alguna vez, la belleza de una sola mujer pudo haber provocado tanta discordia entre los Hombres.
Alguien se ha robado los acentos!
ResponderEliminarSorry. No puedo leer así.
Y por qué contada en tiempo presente?
Mientras escribia el capitulo recordaba "Materia Gris", de William Hjortsberg. Ese estilo me gusto y procure imitarlo. Pero yo soy yo :( y Hjortsberg es un capo.
ResponderEliminarAh, me olvidaba de decir que Materia Gris esta escrita en presente. Ese punto de vista omnisciente lo seguire escribiendo asi.
ResponderEliminarYa tiene acentos, ¡y toda la obra!
ResponderEliminarRecién acabo de estrenar blog, asi que por aquí estaremos.
Saludos!!
¿Manipulador, cual es tu blog? Iremos a hacer hinchada !
ResponderEliminarJulio Duran