1: Los parias

15 de Agosto, año 331 del Rey Cirilo

¿Quién hizo el Mundo?
Los Dioses.
¿Por qué hicieron la selva y los animales?
Para alimentarnos.
¿Por qué hicieron el Mar Negro?
Para depurar el Mundo.
¿Por qué hicieron las Manzanas?
Para asegurarnos vivienda.
¿Por qué hicieron los Túneles?
Para darnos libertad.
¿Para qué hicieron las Escaleras?
Para darnos más libertad.
¿Por qué cercaron el Cielo?
Para resguardar Sus Sueños.
¿Por que decaímos los Hombres?
Por desobedecer a los Dioses.
¿Cual es la primera misión de los Hombres?
Sobrevivir.
(Hubo quien dijo que la verdadera misión fue olvidada)
¿Cuán grande es el Mundo?
El Mundo no tiene fin.
¿Que hay bajo del Mar Negro?
Nada.
-Letanía de los diecisietenses



Hubo una época en que el mundo estaba completamente ocupado; hoy existen algunos pueblos aislados por la selva, que se dicen “naciones”. Entonces, según cuentan los mas viejos (a su vez enterados en su juventud por otros viejos), amén de mas numerosa, la gente era más longeva y trabajaba menos. No puedo entender como, sin trabajar, podían vivir más. Parece una contradicción. Tal vez tenía que ver con los Dioses. Los Dioses vivían entre nosotros, y también mantenían abiertas las puertas del Paraíso, que podía visitarse. La selva en el mundo se limitaba a zonas establecidas para ella y le llamaban “granjas”. El piso de las galerías estaba a la vista, limpio y brillante. No había animales peligrosos sueltos. Ni hombres peligrosos sueltos. Pero algo paso entre los Dioses. Se cerraron las puertas del Paraíso y nunca más se los vio. Nos olvidaron. Y con su olvido comenzó el desorden y la decadencia de los Hombres. O tal vez anticiparon nuestra decadencia y dedicaron sus favores a otros Hombres más virtuosos, en otros lugares del universo, que según dicen, existen.

Mi nombre es Omas. Nací en un poblado cuyos integrantes se llaman a si mismos los Diecisiete. Por supuesto que no somos diecisiete, somos muchísimos más, varios miles. Tal vez, inicialmente fuimos diecisiete. En una pared de la Plaza del Palacio, hay dos símbolos –según los ancianos, escrito por los Dioses-, que significan, juntos, Diecisiete. Uno parece un hombre de pie y de perfil, derecho, con los brazos a los costados, mirando a nuestra izquierda. El otro, a la derecha, parece otro hombre de perfil pero que señala al primero. Bueno, de ahí nuestro nombre. Extraña manera de representar los números tenían los Dioses. Yo hubiera dibujado diecisiete hombrecitos.

Mi historia es sencilla. Crecí, llegue a la adolescencia cumpliendo las obligaciones de los jóvenes, pase mi ritual de hombría y todo discurrió tranquilo hasta que Arla, la hija del medico principal de Diecisiete, que también crecía, se transformo en lo que es ahora. Me enamore simplemente porque era hermosa. Su piel era blanca y resplandeciente como el techo encendido. Su largo cabello lacio, oscuro como el techo apagado. Sus pómulos altos dibujaban una hendidura deliciosa y suave en cada mejilla. Tenía los ojos tan asombrosamente grandes que mirarla a la cara –si te atrevías- era como situarse frente a dos espejos azules. Su mirada altiva era la de una reina. Su cuerpo elegante, una promesa y una amenaza. De haber nacido animal hubiera sido una gran gata, como esas que podemos ver a varios días de marcha, más allá del abismo Norte. Criterios tontos tiene el hombre para enamorarse, pero así es uno, y no puede evitarlo. Había cientos de hembras jóvenes disponibles, pero yo, envanecido por mis habilidades guerreras, creí ser moneda de cambio suficiente y me encapriche con ella.

Luego de un par de años de cortejos no retribuidos y ante mi insistencia, un funesto día y públicamente, declaró que jamás me correspondería, porque, según dijo, este servidor era demasiado simple para sus pretensiones.

No entendí esa parte. Pero sí la entendieron los otros festejantes presentes, quienes prorrumpieron en carcajadas. Alter, un tonto engreído de la aristocracia se rió sin disimulo en mi cara. A partir de allí, todo transcurrió muy rápido, y aún hoy no estoy seguro como fue exactamente los primeros segundos. Lo desmayé de un solo golpe. Estaba ciego de furia.  Inmediatamente se lanzaron sobre mí los guardias del Palacio. Por puro reflejo terminé a tres con mi lanza en pocos movimientos, sin recibir un rasguño. Efectivamente, soy un hombre fuerte y buen guerrero y hasta puedo luchar pensando distraídamente en otras cosas. Conocedores de mi habilidad, el resto de la tropa se retiró a distancia prudencial y cargó sus arcos, dispuestos a ultimarme. Fui más rápido y eliminé media docena de arqueros con mis flechas, antes de verme obligado a esquivar las suyas. En un instante, la plaza del Palacio se transformó en un campo de batalla. Mis antiguos compañeros tomaron posiciones en lugares ventajosos, fuera del alcance de mis saetas (y yo de las suyas) y a voz de cuello exigieron que me entregara. Entonces recién entendí que en esos pocos segundos me había transformado en un paria.

La gran mayoría de la soldadesca diecisietense ocupaba posiciones en la frontera o estaba cazando y la guardia del Palacio era reducida. Apliqué contra ellos la misma furia que antes reservara contra los enemigos de Diecisiete, especialmente motivado bajo la mirada de Arla. No fueron rivales. En una rápida sucesión de retiradas y ataques los aniquilé, grupo tras grupo. La población huyó de la plaza limitándose a mirar de lejos y a gritar improperios.

Estaba cumpliendo mi deber para con los caídos, rematándolos, cuando vi una figura acercándose sin temor. Era ella. Me sentí súbitamente locuaz.

–La belleza es tu escudo, mujer. Te aprovechas de esa protección para herir sin cortar ni pinchar. Pues bien, estos muertos son tuyos. La próxima vez pensarás dos veces antes de usar la lengua.
Su respuesta fue pronta, clara y serena. No levantó la voz, pero debió escucharse a una cuadra de distancia.
–Que los Dioses te perdonen, porque ni yo ni Diecisiete lo haremos jamás. Prepárate para morir, Omas, porque no saldrás indemne de esta. Puedo ofrecerte mi cadáver, es lo único que tendrás de mí.
–No me ofendas, no ataco mujeres. Y no deberían culparme. Me obligaron a defenderme.
Ella respondió, pálida y sibilante:
–No tienes excusa Omas. Sólo los niños o las mujeres pueden darse el lujo de perder el control.
–Pues yo soy una clase especial de hombre. Soy un guerrero. De mi no se ríe nadie y es deber de los demás tratarme con cuidado. Adiós.

Debí apurarme porque llegarían refuerzos. Junté algunas armas y me fuí, sin mirar atrás, extrañamente vacío, seguido de gritos e insultos lejanos. Yo solo había destruido mi mundo como un idiota.

Oculto durante días, pensé alternativamente en mi mismo y en Arla. Sobre ella, que ya no era el objeto de mi amor y deseo. De angel exquisito de la feminidad descendió al nivel de arpía envenenadora de hombres, propiciadora de peleas y muerte. En consecuencia, por tan poca cosa, o mejor dicho, por nada, yo había estropeado mi vida y acortado mi futuro. Sobre mi mismo, no sabía como juzgarme. ¿Era un idiota? ¿Una mala persona? ¿Un criminal? ¿Un hombre con honor arrastrado por las circunstancias? Según como lo mirara, a veces me hundía en la vergüenza, sin hallar un solo atenuante que me justificara; otras, me convencía de haber actuado correctamente: los demás debían correr con la culpa de haberme subestimado. Yo era un guerrero. No se juega con un guerrero como no se juega con una espada.
Después dejé de pensarlo. La suerte estaba echada. Ya no había vuelta atrás. Nunca me perdonarían.

Desde entonces anduve solo por las galerías selváticas, cazando, alerta ante posibles enemigos, añorando mi hogar y la compañía humana. A veces pensaba en Arla, tratando de recuperar mis antiguas emociones por ella, pero el mal estaba hecho. El dulce estimulo de su belleza, mi estrella inspiradora, mi norte, se había desvanecido. Ya no sentía deseos, ni de ella ni de ninguna. Carecía de motivos para vivir, salvo el parco, sordo y ciego instinto de autoprotección.

Muchas veces fantaseé con alguna proeza de compensación para con mi pueblo. Disparates en la mente de un desesperado. Porque, peor aun, las sucesivas y crecientes partidas de castigo que enviaron a fracasar contra mi, me hundieron cada vez mas en una deshonra irredimible.

Entonces me aleje, dedicándome a recorrer el mundo.
En realidad no decidí recorrer el mundo de buenas a primeras. Ocurrió que en el curso de mis cortas exploraciones conocí dos parias más, porque solo los parias se atreven a enfrentar las incertidumbres del orbe, fuera de la protección de los suyos.

Estaba yo dormitando sobre uno de los puentes del abismo Norte, cuando los descubrí. ¿Ya les hable de los abismos? Pues bien, son dos, el Norte y el sur (aunque dicen que hay más). Son zonas sin techo. Se llega a través de los túneles. A ver si lo explico mejor. Una vez que salimos a un abismo podemos ver que estamos en su fondo. Dos muros infinitos enfrentados por unos cincuenta metros. Lo poco que se puede ver, porque la única luz sale de las cuevas: el abismo Norte no tiene luz propia (y el sur tampoco). El suelo del abismo Norte (y también del sur) esta casi obstruido por vegetación del más variado follaje y tamaño. Y se produce algo curioso: su altura sube suavemente en la lejanía, en dos direcciones: hacia el Este y el Oeste. Aparentemente es posible salir del abismo, como por una rampa. Pero es una ilusión. No importa cuanto camines en una u otra dirección (si la vegetación te deja): nunca subirás. Si tomas una referencia en la pendiente ante ti, cuando llegas a ella te parece estar aun en la hondonada, y lo que era la hondonada se presenta como una pendiente que has dejado atrás. Mirando arriba no se ve gran cosa, solo los muros que seguramente llegan hasta el cielo, los puentes uniendo ambas paredes y más arriba aun, en la oscuridad, algunos pequeños puntos de luz, que a veces se apagan o se prenden o incluso se mueven. Con respecto a los puentes, en realidad no lo son. Pues sus extremos tocan pared cerrada. Pero igual son puentes, ya que por su interior hueco podemos pasar de un lado a otro del abismo si subimos a los niveles superiores. Dicen en mi pueblo que los Dioses les dieron otra función: la de ser los soportes del Mundo. Hay muchos puentes y dispuestos regularmente. El vientre de los más cercanos al piso están a veinte metros de altura. Los subía usando cuerdas y pasaba allí la noche, previa revisión de su cima, no fuera que me sorprendieran otros hombres, bestias o alimañas.

El hecho es que estaba arriba del puente, repito, adormilado, cuando los escuche. Me asome con cautela y los vi, vente y pico metros debajo. Eran dos adolescentes. Tenían sus desgreñadas cabezas juntas y estudiaban una gran tela. Estaban discutiendo algo. Por como hablaban y vestían supe que no eran de los Diecisiete. ¿Que estaban haciendo esas criaturas tan lejos de su hogar? Inmediatamente colegí que sus mayores no estarían lejos. De nuevo, tuve una visión de mi mismo yendo velozmente hasta mi pueblo, advirtiéndoles de un posible peligro, en un acto de redención. Pero también imagine que no me creían, que me apresaban y que luego me asesinaban ritualmente. Y justo cuando daba yo mi último suspiro (probablemente empalado), aparecían los enemigos en la Plaza del Palacio, dándome la razón. Por enésima vez, recapacité. Nunca obtendría el perdón de los míos, salvo que trajera a los Dioses de vuelta. Seguí mirando y escuchando.

De la gente de este mundo, solo los niños y los adolescentes despiertan mi automática simpatía e instinto protector. Debería incluir las mujeres bellas, pero entonces esa categoría estaba, como ya dije, dolorosamente vetada. No se que pasa con la gente cuando crece, a donde va a parar su gracia, como es que nos transformamos en individuos hostiles, lentos y grisáceos. Pero la gente jovencita me regocija y me hace creer que tal vez las personas pudiéramos ser mejores, si lográramos interceptar ese espíritu maligno que se nos cuela por algún resquicio del cuerpo: ese es el comienzo de la adultez. Tal vez esa simpatía fue la que me hizo actuar sin pensar. Cuando vi el gran gato blanco a cincuenta metros de distancia de ellos, acechando entre la maleza, tome mi arco, inserte una flecha en la cuerda, la tense, apunte al gato y solté el proyectil. Recién entonces lance un grito de advertencia. Escuche un rugido. Tire la soga anudada al piso (estaba sujeta a una protuberancia del puente) y llegue abajo en pocos segundos. Saque la espada mirando alrededor y les grite:
-¡Suban! ¡Un gato cerca!
Di un rodeo por la zona escudriñando la espesura, exigiendo la sensibilidad de mis oídos al máximo, pidiéndoles silencio por señas. Pero ellos me miraban a mí, asombrados. Vi un movimiento fugaz en la lejanía y escuchamos un sordo maullido de resentimiento. Eso me preocupo. Un gran gato herido es peor que uno sano. Por un largo tiempo tendría que estar más alerta de lo acostumbrado. De cualquier modo, por ahora, se había alejado. Me volví a los forasteros, envainando.
–¿De donde son, muchachos? –Pregunté en un susurro– ¿Que andan haciendo por aquí?
–¿Le pegó al gato? –preguntó el mas bajito y moreno.
–Si, le pegué. Solo esta herido, así que hay que andar alertas. No hablen muy alto. La zona es peligrosa
–¿De que esta hecha esa espada? ¿Puedo verla? –cuchicheó el mas alto
Así, con una total indiferencia hacia mi persona, y sin recibir las gracias, nos conocimos.
Pero así son los chicos. Debí explicarles que el metal había sido de una puerta, que la fabricó el mejor maestro de metales de mi gente y que había ganado el arma al recibirme de hombre, indicando con el tono que ellos aun no lo eran. Uno de los dos, el rubio y mas alto, llevaba ante sus ojos y montado sobre su nariz un artefacto a través del cual miraba. Ese era Jandro y el otro era Ulio.
–Latón categoría 5 –murmuro Jandro con aire de entendido– ¿como lo afilas?
–Con una piedra que guardo en mi bolsa –respondí
–¿Piedra? –preguntaron al unísono– ¿de donde sacaste una piedra?
Yo proseguí con mi cantinela adulta– ¿como llegaron hasta aquí? ¿No saben que la zona es peligrosa? Hay que andar alertas y en silencio. ¿De que pueblo son?
–Nuestro pueblo no tiene nombre –dijo Ulio sonriendo socarronamente– Creo que nos llamamos “Nosotros, los mejores”. Y queda muy lejos de aquí.
–¿Y como llegaron?
Los muchachos se miraron.
–Y… yendo por allí, yendo por allá…
–No entiendo. ¿Andan curioseando?
–Bueno, estrictamente hablando, estamos haciendo un mapa del Mundo.
En ese momento yo no tenía el vocabulario actual, y debo reconocer que logre expandirlo gracias a ellos, pero eso es otra historia. Así que cuando me hablaban yo no entendía la mitad y la otra mitad la intuía.
–Un mapa –repetí– ¿Que es un mapa?
–Esto –dijo Ulio alzando la gran tela que tenía en mano. Era una tela muy fina y frágil y mostraba líneas formando un esquema incomprensible.
–Es un dibujo que representa las cosas que hay en una zona –respondió pacientemente Jandro– Para no perderse. Para que les sirva a otros. A cualquiera –se apresuro a decir.
–Muchachos –les anuncié irónicamente me temo que tendrán mucho trabajo. Cualquiera sabe que el Mundo no tiene fin.
–¿Y quien te ha dicho eso? –Inquirió Ulio
–Cualquiera lo sabe –repetí, haciendo un gesto de impaciencia con las manos– Lo dicen los ancianos. Está escrito en libros. Están perdiendo el tiempo.
–El supuesto fundamental de nuestra expedición –dijo Jandro tiesamente– es justamente que el mundo SÍ tiene limites –dijo remarcando el si y alzando un fino dedo índice.
–¿Ah si? ¿Y donde estaría ese limite?
–Pues debemos estar cerca –respondió– La última etiqueta de latitud la vimos un par de días atrás y decía diez y ocho. ¿No has visto la etiqueta diecisiete?
–Yo soy del Pueblo de los Diecisiete –respondí golpeándome el pecho– O lo era…–agregue, recordando mi condición.
–¡Muy bien! –Exclamó Jandro– O sea que vienes de aquel túnel –dijo señalando el origen del mas cercano resplandor.
–¡Habla mas bajo! –Le reté– Así es –respondí– No sabía que mi pueblo fuera tan conocido.
–No es conocido para nada –explico Ulio– simplemente hacia allá esta la latitud 17.
–Escuchen, muchachos, ¿porque no subimos al puente donde estaremos más seguros y me explican todo?
Les pareció bien, y luego de algunos intentos, subieron por la soga anudada, torpemente, ayudándose con los pies, a diferencia de los jóvenes de mi pueblo, que podían hacerlo a pulso.

Llegaron agitados pero encantados con la perspectiva.
–¿Como hiciste para enganchar la soga aquí? –inquirió Ulio
–Con esto –dije mostrándoles la gran tuerca atada al extremo de la soga. –Lanzo la soga hasta que queda atrapada en alguna protuberancia como esta y luego subo.
–Con ese procedimiento –dijo Ulio mirando pensativamente hacia arriba– podríamos llegar al eje del Mundo.
–Una inútil proeza atlética –comentó Jandro– Hay que encontrar los límites externos.
–¿Que es el eje del Mundo? –quise saber
–¿Por qué dijiste que eras del Pueblo de los Diecisiete? –quiso saber Ulio, ignorando mi pregunta y remarcando dolorosamente la palabra “era”.
Ahí debí contarles mi triste historia. No se inquietaron, al punto de que dudé de ser escuchado, pero sí, me estaban escuchando. En tanto, se acomodaron en el suelo cruzando las piernas y echando mano de sus mochilas, sacaron unas latas. Las abrieron y con cucharas se dedicaron a comer una pasta rosada, que me la identificaron como carne. Me dieron a probar, pero rechace cortésmente la invitación. No imaginaba que clase de animal baboso podría tener una carne tan blanda. Seguí con mi historia.
Luego de escuchar, quedaron en silencio, interrumpidos por pequeños eructos, como compartiendo mi pena.
–Aunque ya estoy acostumbrado –les aseguré– ¿No estarán ustedes en un aprieto parecido, no?
Se miraron
–Bueno, más o menos –reconoció Jandro–, la verdad es que nos están persiguiendo. Si nos atrapan, nos castigaran. Pero los hemos despistado.
–Pero no nos mataran como a ti –aclaro Ulio balanceándose despreocupado de izquierda a derecha sobre su trasero.
–¿Que fue lo que hicieron?
–Pues, nos robamos esto –dijo Ulio mostrando otro objeto de su mochila, que no reconocí a primera vista-… y otras cosillas mas. Je je.
–¿Que es eso? –pregunte
–¿Hablas de libros y no los reconoces? –Se rió Ulio– Tu sabiduría me anonada. Eres como el maestro de arquería que llego a desconocer los arcos, de tan avanzado.
Acerco el libro a mis ojos. Había símbolos en la portada, pero en esa época yo ignoraba el arte de leer.
–¿Que dice? –pregunte, ocultando la vergüenza de mi propia ignorancia.
–Te lo diré –dijo Ulio, leyéndolo con voz sonora–“Discovery. Manual del personal de mantenimiento. Versión 1.2.1”.
Luego lo abrió y lo ojeo rápidamente. Vi esquemas y tablas.
–Hay muchas cosas útiles aquí. –comento con una risilla. A continuación lo volvió a guardar en su mochila.
–¿Y de que se trata? –quise saber.
Jandro me miro pensativamente.
–Dada las circunstancias, es conocimiento muy peligroso. Y el conocimiento conlleva responsabilidad. –Dijo, como si en vez de sus mejillas imberbes portara una luenga barba de sabio– Así que no podemos detallártelo.
Hizo un silencio
–A pesar que en otra época fue información banal y rutinaria –agregó con un murmullo, como para si.
–Tenemos que agradecerte, Omas, que nos hayas defendido –dijo Ulio
Era hora, pensé, tomado por sorpresa
–No hay de qué. –Respondí– Después de todo pertenecemos a la gran familia de los Hombres.
–Podríamos incluir a Omas en nuestra expedición –dijo Ulio a Jandro
Jandro me evaluó severo, ajustando el extraño artefacto sobre su nariz.
–Es posible.
–¿Nos acompañarías en nuestro viaje, Omas? ¿Tienes alguna otra cosa que hacer?
–Ya sobrevivir en una zona conocida es bastante difícil, niños. ¿Porque complicarla alejándome hacia lugares desconocidos?
–Para hacer algo útil en la vida, Omas –sentenció Jandro, como un anciano moralista.
–¿Mas útil que sobrevivir? –me reí en sus narices.
–La vida es algo más que sobrevivir –Insistió Jandro– Debes dejar en el mundo algo más que un cadáver putrefacto. Debes hacer que te recuerden.
–Bueno, podría ir a mi pueblo y con paciencia, exterminarlos a todos.–dije amargamente.
–Así no quedaría nadie para recordarte –le amonestó Ulio.
–No me refiero a eso –siguió Jandro–, sino a hacer algo socialmente útil, algo que hasta tus enemigos reconozcan, algo que tenga un mérito incontestable.
El mocoso tenía algo de razón.
–Algo que tu querida Arla no tenga mas remedio que admirar. –agregó Ulio con un revoleo de ojos.
–Ya no me interesa Arla.
–Luego de vencer guerreros en lejanos lugares del Mundo podrías mandarlos de peregrinación al pueblo 17, a presentar sus respetos a la hermosa Arla, la que no tiene igual, por orden de Omas, el luchador invencible –siguió Ulio con tono de estar tomándome el pelo.
–Hubiera sido una buena idea, en otras circunstancias. –Reconocí– ¿de donde sacas esas ocurrencias?
–Educación clásica.
–Y también podríamos encontrar los confines del mundo y tal vez, hasta mejorarlo un poco –continúo Jandro.
–Déjenme pensarlo.
–De paso, viviríamos una gran aventura –aseguró Jandro.
–Y además, juntos, seríamos una temible fuerza de combate. –insistió Ulio, separando sus manos como para graficar el gran tamaño de esa fuerza.
–Es cierto, nuestros adversarios podrían morirse de risa mirándolos –y me eche a reír ante el aspecto desvalido de la pareja.
Con un movimiento rápido, Ulio llevo su mano al cinto, empuño un brillante tubo corvo, apunto al suelo debajo del puente… y una llamarada se levanto de la vegetación iluminando los alrededores con un bramido.
Di tal salto que casi caigo del refugio.
–Que diablos es eso ?!!
–Ulio!! –Reprochó Jandro– ¡Vamos a llamar la atención!
–Discúlpame, Jandro. Tenia que convencer a nuestro amigo.
Note que Jandro tenía otro tubo similar en el cinto.
–Es otra de las cosas que nos robamos y que nos ha mantenido a salvo hasta ahora –aclaró Ulio guardando el tubo– ¿No pensaras que atravesamos kilómetros nada más que armados de nuestra buena suerte?
Volví a sentarme.
–¿Puedo ver eso? ¿De donde lo sacaron?
–Shhh!! No grites. Tal vez más adelante. ¿Bueno, que nos dices?
Las llamas seguían crepitando debajo. Un humo invisible, espeso y acre, propio de vegetación verde que no debía haber ardido, llenó nuestras narices. Tosí un poco mientras trataba de apartarlo abanicando con la mano.
–Muchachos, no puedo tomar decisiones importantes tan rápidamente. Todavía estoy pagando la última decisión equivocada que tome.
Menearon sus cabezas sin decir nada y guardaron silencio.
–Tengo que hacer algo para mejorar mi situación aquí. –Agregué– tengo que reconciliarme con mi gente.
–¿Y como piensas hacerlo?
–Y sobre todo, tengo que aumentar mi seguridad y mis comodidades.
–Hey, tal vez podrías formar una banda de ladrones. –Sugirió Ulio entusiasmado– Se de muchas caravanas comerciales que podrías asaltar.
–No le des ideas –le amonestó Jandro– Te liquidarían en un santiamén. –Dijo volviéndose a Omas– Van alertas y bien armados.
–Pierde cuidado, no se me había ocurrido. –Pero en este mundo difícil, todo es posible, pensé.
–Podrías esperar que le ocurriera, a tu pueblo, una catástrofe y salvarlo en el momento oportuno –agregó Ulio abriendo mucho los ojos. De él nunca sabría si me estaba hablando en serio o no. Por el contrario, Jandro permanecía serio y cortés, y si te decía algo, podías tener la seguridad que al menos lo creía.
–Por el momento, chicos, lo que puedo hacer es ayudarlos a evitar mi poblado, no se los recomiendo.
–¿Algún prejuicio en contra? –preguntó Ulio
–Son un poco complicados. A lo mejor los demoran unos días hasta que sacian su curiosidad. A lo mejor los apresan de por vida. A lo mejor simplemente los dejan pasar. Pero no les conviene llegar por otras razones. Podrían informar a la partida de caza que los está siguiendo.
–Los despistamos –insistió Ulio
–Tienes razón. –Convino Jandro conmigo– Ya que conoces la zona, podrías guiarnos haciendo un rodeo. Y podrías acompañarnos hasta la latitud 16.
–Está bien. Dado el llamativo incendio que ha hecho tu amigo, deberíamos sin embargo, esperar un poco a que se calmen los posibles testigos. Callémonos la boca un rato, que aquí estamos a salvo. Nadie mirara hacia arriba.

Así lo hicieron. Se arrebujaron en sus mantas, sobre el duro suelo del puente y al rato estaban dormidos. Asombrado por su despreocupación, no tuve más remedio que iniciar la primera guardia del grupo.
Por suerte todo seguía calmo allá abajo. Las hileras iluminadas de las salidas de las cuevas se perdían hasta el horizonte en cada una de las dos direcciones. Ninguna bestia ni persona se perfilaba en su claridad. Ningún arbusto se movía. Nadie había presenciado el alarde de Ulio.
Miré de nuevo los muchachos dormidos. Sin duda venían de un pueblo rico, capaz de darse el lujo de construir poderosas armas y de inspirar sus cachorros para explorar el Mundo como deporte. ¿Sería esa la famosa decadencia que nombraban los más viejos? ¿Sería ese el gran pecado de la riqueza? Una riqueza que podría caerle muy poco simpática al resto de la gente del Mundo.

11 comentarios:

  1. Muy bueno el primer capítulo!! Después seguiré leyendo los q faltan... seguí así, Sol

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  2. Hola. Te dejo una crítica constructiva, si quieres que el relato sea leído y evaluado por muchos lectores corrige los errores ortográficos. Yo no he podido leer más allá del segundo párrafo. He notado que el 99% de las palabras que llevan acento ortográfico (tilde) no lo tienen. Otros: "¿Porque hicieron....?", "alrrededor".
    Gustavo.

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  3. Tengo la costumbre de no usar acento. Hasta tengo motivos filosoficos en contra del acento. Por ejemplo, solo le servira a los linguistas del futuro para saber como pronunciabamos. Me han dado ejemplos de frases que con y sin acento cambian de significado. Pero existe la redundancia de informacion, que es la que evita equivocos. Por otro lado, existen idiomas que no usan acentos, y sus sociedades nos han superado.
    Pero si mucha gente comienza a criticarme por eso, debere ponerlos. Me harta escribir Alt + tilde y luego la vocal. Tambien podria usar el Word.
    Por suerte los aficcionados a la ciencia ficcion no son puristas del idioma.

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  4. Ya entendi lo del "porque". No lo recordaba. Esa es la forma para las respuestas, y en las interrogativas se separa. Gracias. Me vino a la mente mi maestra de tercer grado explicandonos eso :)

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  5. Gracias, Mostro ! No sabes lo dificil que es imaginar que les parecera a otras personas. Imposible. De paso te cuento que tu nick me recuerdo un compañero de trabajo, que de vez en cuando mencionaba las "altas esferas" de la empresa y el sindicato como "los grandes mostros", y hacia un cabezazo señalando el techo. :)
    Julio Duran

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  6. Acabo de leer tu "A modo de backstage", que es lo que comentaré ahora, luego regresaré a seguir comentando cada uno de los capítulos.
    Me sorprendió esa analogía que hacés entre las estructuras de un barco y la de una novela; siempre sentí que desarrollar una novela era como un viaje marítimo, pero asocié más rápidamente siempre a la novela con el mar, o con el propio viaje. Pero que la novela misma sea la misma embarcación, sí, está muy bien, y ¿sobre qué sería que navegamos?, ¿sobre nuestro inconsciente o nuestras fantasáis?; es probable.
    Por lo demás, no creo ya que queden temas originales respecto de ningún género, uno recrea, agrega, da su punto de vista; de alguna manera, completa.
    La humanidad se la ha pasado hablando de lo mismo, creo, desde sus inicios, y está bien que así sea, porque probablemente existan apenas un puñado de tópicos reales y fundamentales, los que seguramente también nunca terminamos de desentrañarlos del todo. En eso consiste la aventura, creo, en echar luz sobre el misterio, cada vez un poco más. Es como esos juegos por niveles, con partidas que uno va guardando, para ir adentrándose cada vez más; cambian los escenarios y las complejidades, pero el juego es siempre el mismo.
    Yo al menos celebro tanto entusiasmo. Un abrazo.

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  7. Observación 1: En la publicación de escribeya creo que habías omitido el epígrafe-poema introductorio. Creo que no es menor, porque desde ya es una invitación o una advertencia al lector, de que debe desestructurarse de todos sus esquemas de pensamientos para avenir a esta historia. Vamos a adentrarnos a una nueva realidad, razonable y lógica, pero con características que le son del todo propias. Tolkien parece jugar a lo mismo en su Señor de los Anillos, pero en definitiva no pasa de dibujar un mapa raro de la Tierra Media. Los anillos y los hobbits son símbolos estandares para cualquiera.
    Sin dudas también lo son escaleras, manzanas,túneles, etc, pero aquí las implicancias y significados parecen redimensionados, quizás hasta redefinidos; quizás como en las Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar, si nos avenuramos a tomar un poco en serio esta última obra.
    No es nada fácil comentarte, amigo, por eso he decidido expresar mis impresiones por estas "observaciones". Salud.

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  8. ¿Rusell Crowe para Omas, en la versión filmica?... No me digas que no soñás con hacer la peli de esta novela; yo tengo armados los elencos ideales para todas mis novelas, ja!.
    Vaya mitología te estás montando...

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  9. Hola Roberto. Contame si te llego mi respuesta hecha desde mi casilla.
    JDuran

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